Opinión
Lourdes Álvarez
18/02/2026 | Ciudad de México
Tal vez la pregunta no sea solamente qué percibimos, sino cómo habitamos aquello que aparece ante nosotros. El ser humano oscila entre la creación y la destrucción: inventa lenguajes, levanta ciudades, imagina futuros, pero al mismo tiempo deja tras de sí rastros de desgaste, vínculos rotos y paisajes heridos. Somos capaces de mirar un bosque y verlo como hogar o como recurso; de escuchar a otra persona y sentirla como presencia viva o como un espejo de nuestras propias necesidades. En esa elección silenciosa se juega gran parte de nuestro destino.
La existencia contemporánea parece marcada por una tensión constante entre el aislamiento y la posibilidad del encuentro. Las redes, los dispositivos, los satélites y los drones amplían nuestra mirada, pero también dejan nuevas formas de basura material y simbólica. El cielo que antes era promesa ahora guarda restos de nuestra prisa tecnológica, como si incluso el espacio exterior se hubiera convertido en un reflejo de nuestra dificultad para detenernos. Y sin embargo, en medio de esa expansión vertiginosa, surgen personas que limpian mares, que rescatan especies, que recogen lo que otros descartan. El ser humano destruye y crea al mismo tiempo, y quizá la esperanza no esté en negar esa contradicción, sino en aprender a orientarla.
Hablar de alternativas no implica dictar caminos ni imponer soluciones fáciles. Tal vez se trate más bien de recuperar una forma distinta de presencia. Una comunicación que no busque vencer, sino comprender; que deje espacio al silencio y a la duda. En lugar de afirmar con rigidez “así son las cosas”, podríamos ensayar preguntas que abran el mundo: ¿qué estás viendo tú que yo no alcanzo a ver?, ¿qué parte de la realidad se me escapa cuando intento poseerla? No es un método ni una regla, sino una disposición que reconoce que cada encuentro es irrepetible.
La esperanza real no nace de promesas grandilocuentes, sino de la constatación de que aún existen gestos pequeños que transforman el paisaje humano. Personas que cultivan comunidad, que cuidan la tierra sin proclamarse salvadoras, que escuchan antes de responder. Hay belleza en quienes siguen creando música, arte, ciencia o vínculos honestos incluso cuando el ruido del mundo parece imponerse. Mirar hacia esas presencias quizá no cambie todo de inmediato, pero modifica la dirección de nuestra atención y con ella la forma en que participamos en lo real.
Preguntarnos hacia dónde ir no significa encontrar una única respuesta ni escapar de la dureza del presente. Tal vez la salida no sea poseer más verdades, sino aprender a habitar preguntas compartidas. Si el ser humano es capaz de destruir también es capaz de reparar; si ha llenado la tierra y el cielo de restos, también ha sembrado conciencia y cuidado en lugares inesperados. Entre la incertidumbre y el deseo, aún podemos elegir una mirada más humilde: ver sin dominar, escuchar sin imponer, crear sin olvidar que todo lo que tocamos es también un reflejo de nosotros mismos. Quizá allí, en esa atención renovada, la realidad deje de sentirse como un campo de batalla y vuelva a abrirse como un espacio posible para encontrarnos.
Edición: Fernando Sierra