de

del

El descanso de Fer

Tocó muchos corazones; ahora emprende una nueva aventura
Foto: Cortesía de la familia Durand

“Tratándose de pésames,
todo lo que no es cliché
raya en la inconveniencia
o la aberración”
E. M. Cioran

El pasado 14 de febrero murió Fernando Durand Siller. Él sabía que iba a morir desde hace meses, cuando el oncólogo le espetó el escalofriante diagnóstico de que tenía un cáncer pulmonar demasiado avanzado como para resultar tratable. Renunció a todo tratamiento de los que llaman “heroico” quienes se empeñan en mantener la vida sin importar el tamaño de la agonía y pasó los últimos meses de su vida en su casa, en lo que resultó una larga despedida, que se empeñó en encarar con serenidad y buen humor. Quienes lo visitamos tratamos siempre de compartir con él esa actitud, reservándonos los rostros demudados, la solemnidad y la conmiseración para después, para cuando él no estuviera presente. Pudimos reírnos de sus bromas: “Estoy en la pista de salida”, decía mientras hacía con las manos él además de conducir un Fórmula 1; o se despedía diciéndonos una y otra vez “mucho gusto en haberlos conocido”. Y murió. Calladamente, acompañado por sus hijos, Sofía y Bruno.

Quizá yo no sea la persona más indicada para conmemorar su deceso. Muchos otros amigos fueron mucho más cercanos a él que yo y lo conocieron mucho más a fondo. Siempre me costó un poco de trabajo entenderle, porque hablaba muy bajito y se comía algunas letras, de manera que parecía que estaba relatando algo muy secreto, peligrosamente secreto. Esto le daba cierto aire de misterio, al menos para mí que tuve la sensación de que algo importante se ocultaba detrás de sus susurros, de que él sabía cosas que los demás ignorábamos. La verdad es que sabía muchas cosas.


Foto: Cortesía de la familia Durand

Fue responsable del manejo de áreas protegidas de la talla de la Reserva de la Biosfera Celestún, en Yucatán, y la de Calakmul, en Campeche. En su paso por la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas forjó muy sólidas amistades con lo más granado de la comunidad conservacionistas de nuestro país. Lo apreció Javier de la Maza, con quien seguramente ahora hace pareja en el juego de dominó de los fantasmas, le quiere bien Julia Carabias, y estoy seguro de que lo tendremos siempre en las entretelas del corazón todos los que alguna vez formamos parte del grupo fraterno y solidario que alguna vez fue conocido como el “Sindicato Único de Directores de Áreas Naturales Protegidas (SUDÁN)”. Este grupo tenía una suerte de ritual de iniciación, en el que se le endilga un apodo a cada nuevo miembro. Cuando Fernando se incorporó a la CONANP, le tocó en suerte el mote de “Cepillín”, por su físico flaco y desgarbado. Pero Fer no es ningún payaso. Siempre se tomó muy en serio su papel en la conservación del patrimonio natural, y le dedicó a esa misión los años más productivos de su vida, quizá incluso a costa de su familia.

Que se haya tomado en serio su vida profesional no le quitó nunca la alegría, ni la afición por embromar al más pintado, con un estilo que nos impedía enfadarnos al ser blanco de sus bromas, capaces de sacar sonrisas al más enfurruñado personaje. Su buen humor, la facilidad para contar los chistes más escandalosos y políticamente incorrectos que he oído jamás y su talento para poner en situaciones embarazosas a propios y extraños nunca fueron impedimentos para que realizara su trabajo con una responsabilidad escrupulosa, claro conocimiento de causa y honestidad a toda prueba. Aunque terminó hace algunos años su participación como director de áreas protegidas – se embarcó después en diversas actividades, como consultor en cuestiones de impacto ambiental y emprendedor en innovadoras aventuras para la comercialización de agua de mar, entre otras cosas – la comunidad conservacionista ha perdido con su muerte a un integrante que le aportaba un feliz aroma de quijotismo a la actividad.


Foto: Cortesía de la familia Durand

Las últimas semanas de su vida nos permitieron darnos cuenta de la cantidad de corazones que tocó y puso a vibrar. Desde luego sus hijos, pero también las hermosas mujeres que lo acompañaron durante distintas etapas de la vida, y una lista interminable de amigas y amigos, estuvimos con él en esos días, muchos quizá más cerca de lo que habíamos estado antes. Unos le llevaban comida, otros le invitaban a conservar y recordar, otros más compartimos con él sus últimos juegos de dominó, y me consta que jugó con desparpajo y lúcido tino casi hasta el final. Esos últimos días, aunque parezca un lugar común, Fer recordó muchos momentos de su vida, y nos ayudó a recordarlos con él. Volví a verlo jugar con mi hija, muy pequeña entonces, por las playas de El Cuyo, y reviví, tratando de descifrar sus susurros, noches de desatino en su casa de Zoh Laguna, en la Reserva de Calakmul.

Me queda el agradecimiento con Fernando, por haberme permitido reconectar con tantas amistades que se acercaron a las últimas luces de su vela. Ahora Fernando Durand Siller ha emprendido una nueva aventura. Como siempre, empeñado en probar a hacer algo que no ha hecho antes, que no ha sabido hacer nunca. Hoy se trata de descansar.

Lea, del mismo autor: Agua

Edición: Fernando Sierra


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