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En los primeros tres días de la ofensiva israelí-estadunidense contra Irán, las mentiras volaron más rápido que los misiles. De hecho, la agresión se sustenta en casi un siglo de bulos occidentales contra la nación persa, que se iniciaron cuando ésta intentó sacudirse el yugo colonial británico. En la actualidad, Irán es uno de los países más demonizados por la propaganda de Washington y sus aliados, la cual critica los excesos autoritarios de régimen teocrático pero omite deliberadamente el papel occidental en el surgimiento y consolidación del gobierno de los ayatollah.

Políticos, medios de comunicación, académicos y los grupos paraempresariaes que se autodenominan representantes de la “sociedad civil” aseguran desear para los iraníes un régimen laico, democrático, modernizador y moderado, pero olvidan mencionar que Irán ya se había dado a sí misma un gobierno con todas esas características, el del primer ministro Mohammad Mosaddegh (1951-1953). Cuando el dirigente intentó nacionalizar la Anglo-Persian Oil Company (antecesora de la actual British Petroleum), el imperio británico reaccionó con un guion que Estados Unidos repetiría una y otra vez al tomar la batuta del imperialismo mundial: acusó al mandatario de “comunista”, saboteó la economía del país, le impidió comerciar con su propio petróleo y, finalmente, con la ayuda de Washington, depuso a Mosaddegh e instaló un gobierno títere encabezado por un monarca inventado, el sha Mohammad Reza Pahlavi. Reza sumió a Irán en un permanente baño de sangre perpetrado por sicarios entrenados por la CIA y el Mossad. La policía política del sha, Savak, torturó y asesinó a todos los políticos y simpatizantes de la democracia, además de despilfarrar la riqueza petrolera en una vida de lujos y excesos que se exhibían sin pudor frente a un pueblo depauperado.

La eliminación de todos los liderazgos modernizadores explica por qué, cuando Irán estalló finalmente contra la opresión, la única institución capaz de canalizar y coordinar la ira popular fue la jerarquía del chiísmo, rama del Islam mayoritaria en el país. Tras la revolución de 1979, Occidente azuzó a Saddam Hussein para que invadiera a su vecino, pese a que para entonces ya eran bien conocidos el carácter despótico del presidente iraquí y las masacres que ejecutaba sobre su propia población. Hussein recibió cobertura mediática, apoyo de inteligencia y armamento ilimitado, incluidas armas químicas provistas por Alemania, durante los ocho años que duró su fallido intento de acabar con su vecino. Al término de la guerra, un millón de iraníes habían muerto y más de 2 millones estaban heridos, muchos de ellos con daños devastadores por la inhalación de los gases mostaza y sarín.

Este apretado resumen no da cuenta de todo el sufrimiento causado por Occidente al pueblo iraní, pero basta para mostrar la hipocresía de Donald Trump, Benjamin Netanyahu, Emmanuel Macron, Keir Starmer y Friedrich Merz, así como de la práctica totalidad de los medios de comunicación, al justificar sus agresiones contra Irán en nombre de la “defensa propia”.

El propio gobierno estadunidense ha desmontado esa burda manipulación: en un principio, la Casa Blanca dijo que llevó a cabo un “ataque preventivo” ante una “amenaza inminente” de Teherán, pero luego el secretario de Estado, Marco Rubio, admitió que la “amenaza inminente era que sabíamos que si Irán fuese atacado (por Israel) –y creíamos que iba a ser atacado–, entonces ellos vendrían de inmediato por nosotros, y no nos íbamos a quedar sentados esperando a ser golpeados antes de responder”. Es decir, que Tel Aviv ya había tomado la decisión de atacar y que Washington no dirigió la operación ofensiva, sino que la siguió, tal como argumenta The New York Times. De ser así, Trump dejó que su complicidad con el sionismo lo arrastrara a una guerra a la que ahora no le encuentra salida, como ha evidenciado al extender el plazo del conflicto de “dos o tres días” a “cuatro o cinco semanas” y un indefinido “requerirá tiempo”. El incendio en la embajada estadunidense en Riad y las revueltas en Bahréin ilustran en forma contundente la velocidad con la que el magnate está perdiendo el control sobre su última aventura bélica.



Edición: Ana Ordaz


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