Opinión
La Jornada Maya
03/03/2026 | Mérida, Yucatán
En el léxico del futbol americano, “mover las cadenas” es una frase que se utiliza cuando un equipo busca demostrar que ha conseguido avanzar las 10 yardas necesarias para mantenerse a la ofensiva y tener otras tres oportunidades para seguir adelantando. Esto sucede cuando a simple vista resulta imposible establecer con exactitud la distancia recorrida, y por eso los árbitros recurren a una cadena. En múltiples ocasiones, las imágenes muestran que el balón rebasó la meta parcial por unos cuantos centímetros, y eso basta, momentáneamente.
Así, la participación de las mujeres en la economía mexicana, según el Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO), en su herramienta “Monitor Mujeres en la Economía”, presentada a finales de febrero, da una idea de lo difícil que ha sido para las mujeres la conquista de la libertad económica.
Las estadísticas del IMCO indican que de 2005 a 2025, la tasa de participación de las mujeres pasó de 41 a 46 por ciento, mientras que la de los hombres disminuyó en cuatro puntos porcentuales, que era de 81 hace 20 años y ahora es del 75 por ciento. Esto ha permitido una reducción de 11 puntos en la brecha de participación, que queda en 29 puntos; pero el comportamiento del país resulta de mera sustitución de personas, sin un crecimiento real que incorpore tanto a unos como a otras a la población económicamente activa.
Hay otros datos sumamente interesantes en el Monitor del IMCO. Destaca la relación entre años de escolarización de las mujeres y el impulso a la participación económica. Aquí indica que más de la mitad de las mujeres de Ciudad de México, Baja California Sur y Sinaloa, entidades en las que la participación femenina supera el 50 por ciento, cuenta con al menos bachillerato. Y aunque el Instituto no proporciona mayor información, es de suponer que algo semejante sucede en Yucatán y Quintana Roo, que también se encuentran entre las más mujeres han incorporado a sus respectivas economías.
Queda también la brecha de género en cuanto a remuneración por trabajo. Aquí, el IMCO marca dos rubros, y el que en apariencia arrastra a las mujeres a una situación de estancamiento es la asignación de las labores de cuidado y trabajo del hogar, por las que no reciben pago alguno. Pese a ello, de 2005 a 2025 hubo una reducción ligera de la brecha salarial: del 20 al 14 por ciento. Esto es también porque las mujeres han terminado por encontrar flexibilidad en las actividades que se tienen como informales; es decir, en el mercado que no ofrece prestaciones. En resumen, posiblemente algunas encuentran el sustento en actividades como la venta en multinivel, o emprendimientos, lo que les da un ingreso nominalmente competitivo, pero no tienen acceso a la salud, créditos de vivienda y menos ahorro para el retiro.
Ahora bien, hay varias razones para favorecer la participación económica de las mujeres. En lo individual, porque toda persona tiene el derecho de realizarse como mejor le parezca, y esto incluye el estudio y el trabajo en el área que se desee, sin imposiciones asociadas a roles culturales; en lo nacional, porque una mejora en las condiciones de acceso al mercado laboral formal acarrea consigo adelantos en lo colectivo. Esto independientemente del incremento del Producto Interno Bruto en unos 630 mil millones de pesos en la próxima década, según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo (OCDE).
La meta es que poco más de 18 millones de mujeres se incorporen al mercado laboral de aquí a 2035, pero esto implica reorganizar algunas estructuras y aquí hay propuestas que benefician a la totalidad de la población. Lo primero, un sistema nacional de cuidados fuerte, que incluye ampliar el acceso a servicios de salud, educación y cuidado infantil; pero la consecuencia de este sistema es, curiosamente, beneficios más amplios para todos, pues para promover la corresponsabilidad de cuidados es necesario que las licencias de paternidad sean más amplias. Al sector privado le correspondería desarrollar estrategias de flexibilidad laboral y políticas de cuidados, que incluyen licencias parentales extendidas y remuneradas, así como otros subsidios que favorezcan el desarrollo familiar.
Es tiempo de reconocer que las mujeres son un gran motor que no ha alcanzado todo su potencial, y que su realización como individuos no puede ser impuesta por la tradición. Dejemos de “mover las cadenas” y empecemos a retirarlas, porque una mayor participación femenina debe conducir a una sociedad más justa.
Edición: Fernando Sierra