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La prisa y la muerte

Vivir no es acelerar, es permanecer
Foto: Fernando Eloy

La prisa se ha vuelto el lenguaje de nuestro tiempo. Decimos “qué gusto verte” mientras el cuerpo ya se va. Prometemos “nos vemos pronto” sabiendo que no habrá pronto. Enviamos corazones en lugar de palabras y flores digitales en lugar de presencia. El gesto sustituye al decir, y el decir ya no alcanza a tocar.

Yo no quiero símbolos. Quiero la voz. Quiero que alguien diga te quiero y que esa frase tenga peso, respiración, riesgo. Quiero un buenos días que no sea un reflejo automático, sino un modo de reconocer que el otro existe.

Despertamos y salimos corriendo. Así comienza el día: con una huida. Quizás podríamos despertar una hora antes y despedirnos de la noche, tomar un café lentamente, dejar que el agua caliente nos devuelva al cuerpo. Pero no lo hacemos. No hay tiempo. O eso decimos. Vivimos con prisa, como si algo nos persiguiera. Una vez mi hijo lo nombró sin rodeos: la muerte.

Pero la muerte no persigue. La muerte espera. Somos seres para la muerte y lo sabemos desde siempre. Ese saber no debería empujarnos a correr, sino a cuidar. Sin embargo, confundimos aprovechar la vida con agotarla. Creemos que vivir es acelerar, cuando en realidad vivir es permanecer.

La prisa promete intensidad, pero entrega vacío. Nos mantiene ocupados para que no estemos presentes. Nos empuja hacia adelante para que no miremos lo que dejamos atrás. Bajo su mandato, el tiempo deja de ser morada y se convierte en amenaza.

La muerte física es apenas un segundo: el instante en que el cuerpo se suelta. Los que quedan son quienes, por amor o por costumbre, aprenderán a extrañar. Pero hay otras muertes, mucho más frecuentes, que nadie nombra. Muertes pequeñas, cotidianas, persistentes.

Muere algo cada vez que alguien se va sin explicaciones. Cada vez que una cita esperada no llega. Cada vez que somos traicionados, despedidos, despojados. Muere algo cuando perdemos trabajo, dinero, certezas. Cuando nos roban cosas, pero también cuando nos roban la confianza, la fe, la calma.

Son muertes anticipadas. Duelos sin rito. Pérdidas sin tiempo para el llanto. Vivimos acumulando duelos que no nos permitimos atravesar. Incluso hay un duelo más silencioso todavía: el duelo por nuestra propia muerte, esa que sabemos inevitable y que no queremos mirar de frente.

Tal vez la prisa sea una forma de negación. Corremos para no sentir. Para no detenernos en el dolor. Para no escuchar el silencio donde habitan nuestras preguntas más hondas. Pero lo no vivido, lo no llorado, lo no dicho, no desaparece: se queda, espera.

La prisa no nos salva de la muerte. Solo nos aleja de la vida. Nos vuelve extranjeros de nuestra propia experiencia. Quizás vivir sabiendo que vamos a morir no debería llevarnos a hacer más, sino a estar mejor. A elegir con atención. A decir te quiero sin abreviaturas. A permitirnos la pausa, el duelo, el temblor. Porque la vida no se aprovecha corriendo hacia el final, sino deteniendose a vivir mientras sucede.


Lea, de la misma autora: Perdonar para volver a habitar el mundo

Edición: Fernando Sierra


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