Opinión
José Díaz Cervera
05/03/2026 | Mérida, Yucatán
Desde niño, siempre me he hecho preguntas extrañas que usualmente guardo en secreto; algunas veces esas preguntas me divierten, pero también a veces me aterran. Tal vez una de mis interrogantes primigenias tenía que ver con el polvo que yo advertía flotando en un haz luminoso: ¿estaba la luz hecha de polvo? Si esto es así, ¿entonces de qué está hecha la oscuridad?
Hoy sigo preguntándome cosas y a veces lo paso muy gratamente porque descubro asuntos curiosos o construyo conjeturas que me aproximan a certezas que me excitan y me revelan que mi capacidad de asombro parece estar intacta.
La naturaleza de mi vida profesional me pone siempre en contacto con una realidad rica en circunstancias humanas; mi formación me ha permitido desarrollar una consistente imaginación sociológica, pero también me ha llevado al territorio donde las preguntas son cada vez más sencillas y, por tanto, casi imposibles de contestar.
¿Qué hacemos, por ejemplo, cuando damos una clase? ¿Qué hacemos cuando conversamos con alguien? ¿Qué hacemos cuando escribimos un poema o cuando tomamos una fotografía? ¿Qué hacemos cuando leemos un libro o cuando miramos el celaje nocturno? ¿Dónde comienza y dónde termina el acto simple de abrazar?
En estas últimas semanas he pensado mucho en esa circunstancia de la condición humana que llamamos “arte”. A partir de algunas certezas mínimas, he comenzado a hacerme algunas preguntas y las respuestas que se esbozan sólo han servido para que las preguntas se hagan más complejas.
En principio, entonces, el arte está relacionado intrincadamente con la sensibilidad humana, misma que podríamos definir como esa capacidad que tenemos los hombres para ser estimulados emocionalmente por la realidad que nos rodea. Tal estimulación acontece en dos ámbitos de lo sensible (nuestras sensaciones y nuestros sentimientos) y se traduce en una emoción compleja e inefable.
Desde la filosofía se plantea que el primer contacto humanizado con el mundo fue decisivamente emocional, lo que implica que el primer juicio cabalmente humano fue estético, es decir, fue un juicio de gusto. Frente a una realidad que lo interpelaba de muchas maneras, el hombre sólo acertó a decir: “me gusta” o “no me gusta”.
Lo interesante, sin embargo, está en averiguar por qué el hombre puede hacer una u otra afirmación sin el concurso de su raciocinio (“sin conceptos”, diría Kant) y qué circunstancias mueven la balanza hacia alguno de los dos polos. Además, cabría preguntar si en ese veredicto sólo interviene nuestro fuero individual o si éste tiene algunas determinantes sociales, culturales y hasta biológicas.
Nuestra capacidad para ser afectados emocionalmente por los estímulos del medio es ciertamente una capacidad innata, que se desarrolla o inhibe según nuestras circunstancias vitales. La pregunta sería: ¿cómo se potencian las habilidades necesarias para “pulsar” emocionalmente la realidad que nos rodea y juzgarla en consecuencia?
Si consideramos, entonces, que la sensibilidad es algo que se cultiva, la tarea sería encontrar los factores que hacen posible la fertilización de la misma para, desde allí, hacer un esfuerzo que nos permita desarrollar las estrategias de Ingeniería Social y de Desarrollo Humano que den pie a la conformación de sociedades de hombres refinadamente sensibles ante la realidad que los rodea.
De momento podríamos suscribir que nuestra sensibilidad personal está configurada por todo aquello que constituye nuestra individualidad, pero que es justamente el medio en el que nos desenvolvemos el factor decisivo para que todo aquello que es potencial en cada uno de nosotros se desarrolle plenamente y florezca, lo que supone, entonces, que hay dinámicas de nuestras formas de asociación que ayudan a desarrollar esa “porosidad” que nos conecta profundamente con nuestro tiempo y nuestra circunstancia, pero también hay factores decisivos que la inhiben y hasta la desertifican.
Edición: Estefanía Cardeña