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Se fue la luz

Gobernanza y sociedad
Foto: La Jornada Maya

La modernidad nos deja crecientemente inermes. Enfrentados al avance implacable de la inteligencia artificial y al dominio del celular sobre nuestras vidas, otras circunstancias hacen que hasta las cosas más simples se vuelvan difíciles. La existencia cotidiana depende de que una enorme cantidad de servicios y aparatos funcionen correctamente, porque es muy poco lo que podemos hacer para solucionar su descompostura. Hasta hace muy poco bastaba apretar una bujía, cambiar un empaque del ventilador o destapar una manguera para que un automóvil volviera a la vida. Hoy se requiere para ello un técnico en sistemas computarizados que efectuará una serie de pasos complejos, nos cobrará mucho dinero y no nos podrá explicar exactamente qué es lo que pasó excepto que, por supuesto, “falló el sistema” y gracias a su intervención, ya se restableció.

Esta mañana me despertó el bip-bip del interruptor de la computadora, anunciando que había un corte de corriente eléctrica. Me proponía escribir mi columna para La Jornada Maya, para la cual organicé mi información desde hace dos noches, así que crucé los dedos para que se resolviera pronto y pudiera yo ingresar a los archivos. Mientras, saqué la laptop que aún conservaba algo de batería. 

Los cortes eléctricos son frecuentes en Cholul, donde vivo, porque los transformadores son viejos, los cables aéreos numerosos y caóticos y cualquier ráfaga fuerte como las que se dieron por la mañana temprano causan cortos circuitos e interrupciones. Sin embargo, la causa más importante es que la población ha aumentado y cada vez hay más personas conectadas a transformadores que estaban pensados para un consumo eléctrico mucho menor (menos usuarios, menos aires acondicionados, menos amplificadores sabatinos). 

A veces se alcanza a oír el zumbido del transformador herido antes de que nos quedemos todos a oscuras – o si es de mañana, simplemente transportados a un universo distópico, en donde hay escasez de agua porque la bomba -primero la de la casa y luego la del pueblo- requieren de electricidad; el Internet está apagado; el sistema de datos del teléfono se vuelve intermitente y la puerta eléctrica del garaje nos mantiene encerrados hasta nuevo aviso. 

La llamada al 071 de  la CFE es atendida siempre con atención y cortesía por un empleado o empleada que desde algún lugar lejano generalmente informa que sí, ya están informados del problema, que ya va una cuadrilla en camino (o tal vez ya está ahí) y que estará resuelto en no más de cuatro horas que  -eso no lo dicen- seguramente se ampliarán a 5, 6 o 7.  Afortunadamente  funciona el gas para hacerse el desayuno y calentar café, pero hay que buscar la caja de cerillos porque el encendido eléctrico de la estufa no funciona. Mejor no abrir el refrigerador para que no entre el calor del medio ambiente que va en aumento. Y claro, ni ventiladores, ni aire acondicionado, ni radio, ni TV…. 

Ya son las 10:30. El celular y la vieja laptop me recuerdan cada diez minutos que no tengo conexión y, por lo tanto, no puedo ver las noticias del día, ni acceder a ninguna información adicional vía Google o cualquier otro método, ni siquiera consultar mis archivos que antes se guardaban en el equipo, pero ahora están en una lejana nube que requiere encendido el aparatito mágico con lucecitas verdes que garantiza mi conexión con el mundo externo. El WhatsApp se interrumpe continuamente. 

Llevo viviendo seis años en Mérida y durante todo ese tiempo he conocido el constante reclamo por un mayor abastecimiento de electricidad. Las respuestas van desde el de “La CFE está trabajando en eso” y “Es un apagón programado por reparaciones”; hasta las numerosas explicaciones de por qué no se mejora la situación. “Falló el suministro esperado de gas para aumentar la capacidad de las centrales eléctricas”; “Las centrales eléctricas están aún funcionando a solo un porcentaje de su capacidad”; “Se suspendieron los tratos pactados con las compañías extranjeras”; “Bartlet no cumplió”; “No alcanzan las instalaciones de energía eólica”; “Hay un déficit en las finanzas y la Auditoría de la  Federación tiene suspendidas las obras”.  

El avance reciente anunciado por el gobernador Díaz Mena en junio de 2025, cuando inauguró nuevas plantas en Mérida y Valladolid abrió al mismo tiempo la expectativa de una solución y un doble compás de espera, por la falta de insumos adecuados para garantizar el funcionamiento de las nuevas plantas y por el misterioso apagón que dejó durante varias horas a toda la península apenas cuatro meses después. Su propia respuesta al problema de la lenta restauración del servicio en aquella ocasión es tal vez la que más se acerca a la dramática realidad del estado: “décadas de abandono y una falta de planeación en el desarrollo y mantenimiento de la infraestructura eléctrica… “, todo lo cual, seguramente requiere tiempo y una inquebrantable esperanza ciudadana antes de un cambio sustantivo.

Con optimismo yucateco, los meridanos suelen proveer al público de numerosas soluciones alternativas: “Cómprate una planta portátil”, “Instala energía solar”, conéctate al automóvil…. Los vecinos usan esos y otros recursos para mantener encendido el refrigerador de la tienda, la música del puesto de fruta o, cuando el corte es por la tarde o noche, la iluminación mínima para la hora de la cena y la telenovela. Pero generalmente, en estos casos, hay también un agradable regreso a la convivencia familiar. Cuando el apagón se prolonga, los vecinos, sin posibilidad de refrescar las casas, sin verse casi las caras, sacan las sillas a la banqueta y se sientan a platicar mientras esperan tranquilamente a que un misterioso poder oculto detrás de las siglas CFE ajuste el cable suelto, reemplace el transformador fundido, apriete el interruptor apagado y decrete el esperado “Hágase la luz” …

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Edición: Fernando Sierra


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