Opinión
La Jornada Maya
08/03/2026 | Mérida, Yucatán
Las manifestaciones feministas del 8 de marzo son ya un fenómeno esperado, tanto por quienes participan en ellas como por quienes tienen entre sus pendientes evitar el derrotero, y las autoridades que anticipan la colocación de vallas alrededor de edificios públicos.
Este año, sin embargo, ha sido diferente. Si bien hay repetición de acciones (performances, tendederos, actividades culturales, etc.), y en algunas ciudades como Mérida se anunció que los edificios sede del gobierno municipal y estatal no estarían protegidos por vallas, también ha sido la diversidad de motivos para alzar la voz; una variedad tal que lleva a cualquiera a valorar la perspectiva femenina sobre varios problemas sociales, para empezar.
Pero por otro lado esa misma diversidad de reclamos lleva a un tema mucho más profundo y que se remonta a los principios de la filosofía occidental, como es el de las esencias. Entre tantas voces y gritos legítimos, al fondo está la cuestión de lo que implica, en esencia, ser mujer.
En años previos, la colocación de barreras fue respondida con el deseo de sentirse tan protegidas como los monumentos y edificios históricos. Ahora, cuando las sedes de los Poderes han sido iluminadas en color violeta, el cuestionamiento es si en verdad las instituciones han servido para reducir los índices de violencia, desaparición de personas, o si en verdad garantizan oportunidades de acceso a la educación, a la libertad económica o a mejores oportunidades para llevar una vida digna. En otras palabras, si a esa iluminación corresponde a una realidad conforme con lo que se reclama.
“También somos feministas”, parece ser el mensaje de esas luces. Pero cuando se trata particularmente de una mujer, las barreras históricas que, hoy se dice, “durante décadas limitaron la participación de las mujeres en la vida pública, política y social”, siguen ahí, aunque con un lenguaje más refinado.
El problema sigue ahí: a quién se reconoce como mujer para reconocerle también el espacio, el liderazgo; el poder, a fin de cuentas. Porque ahí siguen las exigencias de equidad de salarios, pronta y correcta actuación de las autoridades ante una denuncia por acoso y demás delitos sexuales, de igualdad de oportunidades en educación, trabajo y por supuesto, presencia pública.
Existe también un nuevo marco normativo que busca ser garante del derecho de las mujeres a una vida libre de violencia. Sin embargo, este mismo ya es cuestionado en cuanto a su aplicación en los distintos Poderes Judiciales. Aquí, debe reconocerse que uno de los principios de la ley es que siempre es perfectible; lo que no puede ser es que se preste a equívocos por parte de quienes tienen el encargo de impartir justicia.
Y precisamente hoy es que también debe darse espacio en las manifestaciones a quienes se han dedicado a la búsqueda de personas; seres queridos de muchos más, pero en la mayor parte de las ocasiones familiares directos. Cuando quienes enfrentan dolor y angustia por no saber de esposos, hijos, hermanas, encuentran trabas en las fiscalías, queda ahogado un grito que en algún momento puede hacer que todo estalle. Esas voces están ahí, entre esos muchos feminismos que hoy tienen lugar. Pero para ellas, no basta una marcha, y sí urgen respuestas.
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Edición: Fernando Sierra