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Foto: Cristina Rodríguez

La conmemoración del 8 de marzo en México y en el resto del mundo hace pertinente señalar algunos de los logros y de los pendientes en la lucha por la igualdad sustantiva, la eliminación de las violencias y la superación de la opresión patriarcal que ha padecido durante milenios la mitad de la humanidad.

Por lo que hace a nuestro país, es innegable que la presencia de una mujer en la Presidencia con un programa de gobierno claramente feminista, la creciente participación femenina en altos cargos en los tres poderes y en los ejecutivos estatales, así como la aplicación de programas sociales específicamente destinados a mujeres, han contribuido, en mucho, a la dignificación, el empoderamiento y el ejercicio de derechos de género. Mucho más lentamente de lo que sería deseable, pero en forma sostenida, tales circunstancias han ido transformando la moral social, y son cada vez mayores los sectores de la sociedad que consideran impresentables las expresiones de discriminación, machismo y violencia en contra de las mujeres.

Al mismo tiempo, debe reconocerse que tales miserias persisten, que aún falta un largo camino para cerrar la brecha entre el discurso y la práctica, y que en los hechos todavía quedan grandes zonas de impunidad en la aplicación de un marco legal cada vez más avanzado. Basta con revisar el alud de relatos divulgados en el curso de las movilizaciones de ayer para hacerse una idea de las violencias familiares, escolares, laborales y médicas que siguen padeciendo las mujeres, así como de las inercias administrativas, policiales y judiciales que impiden sancionarlas, por no mencionar el número de víctimas femeninas que se sigue cobrando la delincuencia organizada en sus diversas expresiones. Eso explica la exasperación que caracterizó a la movilización de ayer en Cuernavaca, en la que proliferaron las protestas por los recientes feminicidios de Kimberly Joselin Ramos Beltrán y Karol Toledo Gómez, ambas estudiantes de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos.

En el ámbito internacional, el avance político y mediático de la derecha y la ultraderecha constituye, sin duda, la principal amenaza de regresión en la situación de las mujeres en el mundo. Por lo general, ese fenómeno se traduce en la reducción, e incluso supresión, de derechos reproductivos, programas de acción afirmativa y políticas públicas de impulso a la igualdad sustantiva, y suele ir acompañado de posturas ideológicas inherentemente asociadas al chovinismo masculino –y misóginas, por ende–, racistas, clasistas, homofóbicas, aporofóbicas y belicistas que alientan, a su vez, violencias en contra de las mujeres, especialmente de las más desfavorecidas, marginadas y vulnerables.

En este contexto, resulta imprescindible recordar que el 8 de marzo no es un día de fiesta, sino una jornada de conmemoración, reflexión, movilización y lucha, y que la causa feminista camina siempre con las mejores causas.



 Edición: Ana Ordaz


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