Opinión
Óscar Muñoz
10/03/2026 | Mérida, Yucatán
Desgraciadamente, lo que la gente más escucha en las plataformas streaming no es música creada sino música fabricada. Queda entendido que la primera es una expresión humana y artística, pero la segunda es un producto neurológico que ha sido diseñado para mentalidades que han abandonado el pensamiento crítico. Esta situación no es un asunto de gustos, sino de presencia o ausencia de criterios. Es decir, en tanto que el arte musical ha sido siempre una expresión del espíritu humano, la producción actual de sonoridades que son presentadas como música buscan eliminar la apreciación por las expresiones del espíritu humano.
La llamada “homogeneización del espectro sonoro”, como la llaman los expertos en la materia, en realidad busca aniquilar la melodía y la lírica en las canciones; todo está siendo sustituido por frecuencias y ritmos monótonos, pero sin armonía. En las canciones actuales, la música es cada vez más simple, más ruidosa y más pobre en vocabulario. Las metáforas de las canciones están siendo sustituidas por un lenguaje directo, crudo y descriptivo.
En cuanto a los acordes de la música actual, éstos han sido reducidos en cantidad, por lo que, en las canciones populares de hoy, apenas hay la mitad de variaciones tonales que se usaban anteriormente. De ahí que las canciones resulten más planas cada vez. La llamada industria musical ya no busca artistas talentosos, sino fórmulas que encajen en la llamada “compresión de la sonoridad”, una manera de eliminar los rangos dinámicos de la música para que todo resulte grueso y plano. Esta circunstancia favorece el estado de vigilia pasiva del cerebro, lo que conduce a la pereza mental.
En la actual era de los instantes y los segundos, si una canción no permite un estímulo inmediato, el usuario de Spotify aplica enseguida el scroll (desplazar algo en la pantalla). Por esta razón, la industria musical ha decidido eliminar la introducción y desarrollo en las canciones y manejar solamente estribillos que parecen repetirse de principio a fin, como si se tratara de un simple fondo musical. En realidad, no se trata de canciones auténticas, sino de dosis sonoras que mantienen al cerebro en vigilia, sin reflexión y sin emoción. Ya Theodor Adorno, crítico musical alemán, había predicho que la música llegaría a ser una especie de cemento social, que dejaría a la gente sin criterio.
Las audiencias ya no exigen calidad debido a que el pensamiento crítico está siendo eliminado cuando la industria musical ofrece productos sonoros y crea un público inerte ante al arte. Lo peligroso de esta situación es que el pensamiento crítico desaparece y, en consecuencia, el pensamiento abstracto se apaga. Junto con ello, la emoción humana también se ve sustituida por una especie de adicción por la música industrial.
Mientras la música compleja activa las áreas cerebrales relacionadas con el análisis, la reflexión y la emoción, la música simplificada, que incluye frecuencias graves monótonas y ritmos binarios, solamente estimula las áreas primarias del cerebro. El riesgo de ello es que la gente, al aceptar música simplificada e industrial, a la larga terminará aceptando discursos políticos totalitarios sin chistar.
De acuerdo con el filósofo Byung-Chul Han, quien afirma que la sociedad actual es la de la Transparencia, cuando todo lo que es difundido es obvio y directo, el misterio del conocimiento y el arte es eliminado. En este sentido, la música simplificada ya no encierra ningún misterio que descubrir, y las personas no tendrán la necesidad de analizar y reflexionar acerca de nada.
Y si la gente está impedida para descubrir los detalles de la realidad, nadie podrá ser capaz de advertir la complejidad de algún evento de la geopolítica, como el caso de la guerra EU/Israel vs Irán, o de la política interior, como las implicaciones partidistas en la Reforma Electoral que propuso recientemente el Ejecutivo federal. De aquí la urgencia de promover la música compleja y creada en el arte y no en la música simplificada e industrial.
Edición: Fernando Sierra