Opinión
Sara Esperanza Sanz Reyes
15/03/2026 | Mérida, Yucatán
Esta columna está orientada a la presentación de diferentes expresiones de la participación ciudadana, vinculada o no al gobierno. Preferimos experiencias constituidas, describibles, identificables en tiempo y lugar que nos permitan hacer análisis a conciencia desde la perspectiva de la gobernanza. Pero cómo le hacemos con las marchas que ocurren una vez al año, pero producen reacciones tan diversas que después de una semana seguimos constatando su paso por las calles. Primero, se deben reconocer como una forma legítima de ejercer el derecho a la libre expresión y la protesta. Particularmente, las marchas del 8 de marzo tienen una convocatoria plural y libre porque no necesitas pertenecer a ningún grupo o asociación para asistir, basta con tener la intención, juntarte con amigas o familia, saber el lugar y el horario de reunión.
Los contingentes pueden identificarse o no, lo cierto es que la mayoría va guiada por su inconformidad con las condiciones de vida de las mujeres sea un asunto personal o no. Al caminar por las calles e ir codo a codo con las otras, siguiendo las consignas, gritando “Vivas las queremos” después de que se lea el nombre de una mujer asesinada o desaparecida, se produce lo que Amelia Valcárcel (2008) describe muy bien: “Cuando emergió el “nosotras”, se estableció también el paisaje de la solidaridad, la ayuda mutua, los caracteres meliorativos y, si fuera el caso, la parcialidad. Debió de ser un momento colectivo de tal fuerza emocional que a aquellas que lo vivieron les justificó la vida. Baste con que recuerde cada quien el momento personal en que advirtió en otra la mirada especial de la solidaridad. Es imborrable”.
Segundo, la iconoclasia feminista que desde el 2020 es prácticamente un elemento indispensable en las marchas es también una forma de acción política para resignificar el espacio público y la memoria (Loaiza y Moreno, 2024), se intervienen las paredes, las bancas y los monumentos a los próceres para expresar la impotencia ante el sistema de justicia, y no me refiero solo al poder judicial, si no a toda institución donde se deben atender la violencia de género y se hace poco o nada, por eso, también vemos siglas de universidades y empresas. Es una forma de impostarse y hacer presión pública. En Yucatán, los feminicidios no suceden en el mismo número que en otros estados, no obstante, las maneras en las que se cometen muestran la tolerancia a la violencia hacia las mujeres en las familias y demás instituciones, por decir un dato: la ENDIREH (2020) mostró que en los hogares yucatecos la violencia de género supera la media nacional y si revisamos las brechas salariales, el panorama no es alentador.
Tercero, las reacciones a la marcha pueden verse desde tres posiciones: completamente de acuerdo, de acuerdo, pero no con la iconoclasia feminista y totalmente en desacuerdo. En los últimos días el Colegio de Abogados de Yucatán subió a sus redes sociales una carta expresando su “profunda preocupación por los actos vandálicos registrados durante la manifestación” suscitando respuestas inmediatas por parte de feministas yucatecas y muchas personas más, señalando lo inoportuna de la carta y falta de compromiso real con la justicia hacia las mujeres. ¿Cómo un colegiado de abogados (mayoría hombres si revisamos la conformación de su junta directiva) hizo esta mención y no dice nada cuando se cometen feminicidios? La misma discusión se puede encontrar en otros foros donde se acusa con muchos improperios las intervenciones durante la marcha, lo cual muestra un conflicto social abierto y agudo en la sociedad yucateca o cuando menos meridana.
Cuarto, como sociedad nos hace falta movernos hacia una justicia real, con acceso al debido proceso, con reparación del daño y resolución del conflicto. Partir del reconocimiento e indignación por la violencia hacia las mujeres, cero impunidad y una pedagogía restaurativa que procure la memoria: “Aprender implica transitar del dolor y la rabia a la alegría, permite reconstruir juntas y juntos horizontes y perspectivas de amor, de imaginación, asombro y emoción” (Cruz, González, Sánchez y Pérez, 2022). Podemos comenzar por pequeños espacios, por ejemplo, nuestras aulas o familias, dialogar sobre esto, recorrer y desatar los nudos para hacer comunidad.
*Programa Becas Posdoctorales por México de la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación, adscrita al Centro Peninsular en Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México. Mérida, Yucatán (México).
Edición: Fernando Sierra