Opinión
José Díaz Cervera
24/03/2026 | Mérida, Yucatán
La Revolución Mexicana tiene ángulos y vericuetos muy interesantes. No soy historiador, pero mi formación me ha permitido tener una perspectiva panorámica de ese movimiento y entiendo a grandes rasgos sus causas y todo el conjunto de correlaciones de poder que entraron en juego en el suceso.
A lo lejos, me doy cuenta que en mayor o menor grado nuestra percepción de ese hecho histórico está en cierta forma contaminada por la literatura, las mitologías y hasta por la cinematografía relacionada con él, donde los hombres de carne y hueso tienden a deformarse y a petrificarse.
No soy historiador (insisto), soy un filósofo de medio pelo, un periodista juguetón y un poeta que sigue buscando sus rutas de escape. Tengo muy bien guardado un trébol de cuatro hojas para cuando me sea necesario, aunque la vida siempre me pone en los territorios más inverosímiles para escaparme airosamente del tedio.
Así, un día aparecí caminando por los pasillos del Centro Estatal de Bellas Artes, sintiéndome un extraño, pero también muy estimulado por el asombro de las nubes, la música y las sonrisas. Estuve en los festejos de los cien años de su fundación y, hace unas semanas, en la celebración de los ciento diez años, motivo por el cual se me dio el encargo de hacer el guion del video conmemorativo.
La realización de esa encomienda me puso de frente con la magia de la institución en la que laboro desde hace trece años. Los poetas vivimos de la fertilidad que produce en nosotros el asombro y así, de golpe y porrazo, descubrí que había algo prodigioso en los aromas, en las texturas y en los sonidos que envuelven al Centro Estatal de Bellas Artes y que todo ello venía desde sus raíces y de su historia. Así, mientras reunía y sistematizaba la información básica para trabajar el guion, descubrí a Salvador Alvarado, un personaje hasta entonces lejano y oscuro para mí.
La primera referencia la encontré en el testimonio de Julio Molina Font, un joven meridano de clase media que luchó en el Batallón de Voluntarios del Comercio, junto con uno de sus hermanos, para tratar de evitar la llegada de Salvador Alvarado a Yucatán.
Derrotado el Batallón de Voluntarios en Halachó por las tropas del Ejército Constitucionalista, los hermanos Molina Font fueron aprehendidos y trasladados a Mérida para ser juzgados. A su llegada a la capital yucateca, se sorprenden al ver la ciudad en orden y sin rastros de violencia, ponderando, además, la disciplina de los revolucionarios y hasta cierto entusiasmo de la población.
Al ser presentado ante Alvarado para un interrogatorio, Julio Molina Font refiere que el general está sentado frente a un modesto escritorio, dato que, desde mi punto de vista, tiene un enorme valor metafórico, sobre todo si consideramos que en ese momento el militar sinaloense era la figura más poderosa de la región. Lo que viene después es de gran relevancia pues el general absuelve a la gran mayoría de los muchachos que venían prisioneros, se muestra comprensivo ante su circunstancia y habla de la Revolución no sólo como un acto de justicia, sino también como un acto de generosidad, algo que —según el general— no sólo deben saber los adversarios, sino que también deben practicar obligatoriamente los propios soldados de su ejército. El mismo Molina Font califica a Salvador Alvarado como un hombre compasivo y generoso.
En Mi actuación revolucionaria en Yucatán, Salvador Alvarado afirma: “…hay que ser inexorable con el enemigo (…) Pero una vez concluida la lucha, se debe ser generoso con los vencidos, sobre todo con los que, inocentemente, fueron engañados y forzados a servir como carne de metralla…”.
Alvarado entiende lo que sucedió en Yucatán, observa que el enemigo desconoce por completo las artes de la guerra, se da cuenta que muchos de quienes tomaron las armas eran adolescentes y no dispone de sus vidas: “Todos contaron con mi amparo (…) ellos son testimonio de lo que aquí afirmo…” —sentenció—. Más adelante, sin embargo, hace una afirmación sorprendente: “…tan necesitados de redención estaban los ricos como los pobres”.
A través de estas ágiles referencias he pretendido dibujar a este personaje, no como una estatua de granito, sino como el hombre de carne y hueso que trajo la Revolución a Yucatán, cargando una utopía compleja y sorprendente para iniciar en la región un proceso de modernización y desarrollar una nueva configuración institucional.
A partir de ese momento no pude evitar preguntarme qué había en la cabeza y en el corazón de un hombre como Salvador Alvarado y cuáles eran las coordenadas que nos podrían ayudar a comprender su utopía de progreso y felicidad para todos.
Consultando algunas referencias biográficas, averigüé que nació en septiembre de 1880 y que en su acta de nacimiento no se consigna el nombre de quien fuera su madre; supe también que vivió en diversas poblaciones del país, que era farmacéutico, que en la adolescencia estudió inglés y que se suscribió a una revista norteamericana con la intención de dominar esa lengua a través de la lectura y de comprender el mundo en que vivía; en mis pesquisas encontré que Salvador Alvarado se casó en Mérida con Laura Manzano y que era un lector consumado, sobre todo de libros de filosofía social, de política, de asuntos ético-morales y de filosofía del Derecho. Poco a poco iba yo descubriendo al personaje, casi de la misma manera en que un narrador va siguiendo la huella de las virtudes y defectos de los protagonistas de las historias que nos cuenta. Literariamente, Salvador Alvarado tenía un perfil dramático muy seductor.
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Edición: Fernando Sierra