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Además del desastre militar y político que significa para el gobierno estadunidense, la guerra contra Irán lanzada por Washington y Tel Aviv hace un mes se traduce también en consecuencias desastrosas para la economía, el comercio y la agricultura mundiales. Hace una semana, la Organización de Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo (Unctad) dio a conocer un preocupante informe sobre las consecuencias potencialmente catastróficas que la prolongación del cierre del estrecho de Ormuz puede tener en el estrechamiento del suministro de fertilizantes para la agricultura mundial “en plena temporada de siembra de primavera, cuando los países y los agricultores suelen comprar fertilizantes para la próxima cosecha”. El organismo advierte que el rendimiento de los cultivos podría disminuir y que “las economías menos desarrolladas del mundo tienen la menor capacidad para absorber crisis y son las que sentirán los efectos con mayor intensidad”.

Ciertamente, el efecto más comentado de las dificultades a la navegación en ese paso marítimo introducidas por la guerra de Israel y Estados Unidos contra Irán es la disminución de los suministros petroleros –20 por ciento de ellos pasan por el estrecho de Ormuz– y el encarecimiento de los hidrocarburos en los mercados internacionales. A tal fenómeno deben agregarse el incremento de los seguros marítimos, la consiguiente subida de las tarifas de transporte, el impacto inflacionario resultante y “presiones sobre las finanzas públicas y presupuestos familiares”.

Aunque en México la producción nacional de hidrocarburos puede amortiguar en cierta medida el impacto de la carestía en este rubro, en el de fertilizantes nuestra balanza comercial es mucho más deficitaria: en 2024, el país exportó 339 millones de dólares de esos insumos agrícolas e importó mil 920 millones. En ese contexto, debe analizarse con especial preocupación el señalamiento de la Unctad en el sentido de que el aumento de los costos del combustible, los fertilizantes y el transporte pueden reducir la producción de alimentos y aumentar la inseguridad alimentaria, especialmente en países con alta dependencia de las importaciones.

Si bien en el sexenio pasado la producción nacional de fertilizantes se incrementó 145 por ciento, tal esfuerzo sigue siendo insuficiente y la dependencia del exterior es aún un punto sumamente vulnerable para el agro mexicano y, por consiguiente, para el abasto alimentario de la población. Con esas consideraciones en mente, es claro que la autosuficiencia alimentaria no sólo depende de que el país produzca su propia comida, sino también de que lo haga con insumos agrarios de origen nacional, lo que implica, entre otros temas, avanzar en la reconstrucción de la petroquímica secundaria, saqueada y desmantelada durante el periodo neoliberal, impulsar procesos de aprovechamiento de la biomasa que genera el agro y reforzar la colaboración entre el Estado y todas las modalidades de producción agraria.


Edición: Ana Ordaz


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