Opinión
La Jornada Maya
14/04/2026 | Mérida, Yucatán
En lo que va del milenio, el estado de Quintana Roo se ha distinguido por una dualidad que estremece: por un lado sus playas son de gran atractivo para el turismo internacional, al grado que su principal aeropuerto es el segundo más conectado del país, y en consecuencia es una de las mayores fuentes de divisas por turismo, pero por el otro es una de las entidades más desiguales y el ingreso que produce no necesariamente se traduce en mejores condiciones de vida para sus habitantes.
Por otra parte, desde la publicación del libro Los demonios del edén, de Lydia Cacho, han salido a la luz, poco a poco, otras estadísticas han ido revelando una realidad que se ha reflejado en índices de criminalidad incompatibles con la actividad turística -aunque algunos delitos son propiciados precisamente por ella, como refiere el volumen de la autoría de Cacho -. La cantidad de circulante, sobre todo dólares estadunidenses, atrajo otros intereses que convirtieron a Quintana Roo en territorio en disputa para casi todas las siglas conocidas de la delincuencia organizada.
Entre las estadísticas preocupantes estuvo la tasa de homicidios dolosos. Todavía al cierre del tercer trimestre del año pasado, la entidad se encontraba entre las que contaban con mayores niveles de violencia hacia las mujeres, homicidio culposo, lesiones, corrupción de menores y las llamadas de emergencia por violación; esto según las propias cifras del Secretariado Ejecutivo del Sistema de Seguridad Pública (SESSP).
Este martes, la titular de ese mismo organismo, Marcela Figueroa Franco, refirió que Quintana Roo mantiene la tendencia a la baja en el promedio diario de homicidios dolosos, con un registro de .52 casos el pasado mes de marzo, lo que equivale a una reducción del 74 por ciento si se compara con los casos documentados en septiembre de 2024, el previo al inicio del gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo.
La disminución es vital para la viabilidad de Quintana Roo, pero también es un objetivo político para el Estado mexicano. Se traduce en el debilitamiento de los factores estructurales que favorecen la violencia, entre ellos la corrupción y el vínculo entre autoridades y el crimen organizado. Debe reconocerse también que la seguridad es difícil de comunicar. Las estadísticas rara vez van acompañadas de una mejora en la percepción sobre el trabajo de policías, ministerios públicos e impartidores de justicia.
Eventualmente, los destinos turísticos de Quintana Roo se vuelven más atractivos para perfiles de visitantes que buscan más la convivencia y el disfrute que la fiesta y el consumo de sustancias. Por supuesto que la vida nocturna es parte importante de la oferta, pero también está asociada a giros negros y negocios diseñados para la distribución de enervantes y el lavado de dinero; de ahí que una vigilancia regular resulte en un valor agregado, pues se compaginan diversión y seguridad. La tranquilidad de los quintanarroenses termina incidiendo positivamente en el mercado turístico.
La recepción de la noticia por parte de los líderes empresariales del ramo va en ese sentido: lo que contribuya a brindar seguridad al turista incrementa la confianza hacia el destino y la intención de viaje.
Es también momento para evaluar la estrategia de comunicación de los logros en seguridad. En una época en la cual la competencia entre destinos es intensa y es posible circular información falsa al grado de hacerla viral, Quintana Roo y sus empresarios de buena fe, deben proteger al estado de quienes a través de mensajes que buscan inhibir las intenciones de viaje mediante notas falsas o que retoman y otras ya superadas por la acción de las autoridades. Falta aún fortalecer la percepción hacia el reconocimiento de que existen esfuerzos importantes por brindar seguridad a todo a quel que llegue al Caribe mexicano.
Edición: Fernando Sierra