Opinión
Rafael Robles de Benito
14/04/2026 | Mérida, Yucatán
Una demostración más de que nuestro modelo de desarrollo está atrapado en una narrativa que establece que los hidrocarburos son indispensables para la producción socialmente relevante, y parte del absurdo de que la naturaleza está compuesta de “externalidades” a la economía es la idea de incorporar alguna forma de “fracking” para acceder al gas natural presente en las lutitas y otras rocas en diferentes porciones del territorio nacional. Se deja de lado todo asomo de criterio precautorio, que tendería a dejar el gas donde está, sin quebrar la roca para obtenerlo con costos energéticos y ambientales difíciles de estimar; y se deja de lado cualquier consideración alternativa, que permita generar energía y materias primas para la industria química de alguna forma genuinamente sustentable. Hay que recordar que el término “fracking” es el gerundio de un verbo que implica fracturar, o fragmentar, y que se trata entonces de hacer añicos la misma base pétrea del territorio. Tampoco está de más recordar que el gas natural, en cualquiera de sus presentaciones, es un recurso finito, que no se repone ni se recicla. Hablar de sustentabilidad en este contexto resulta una contradicción insuperable.
No obstante, al parecer se trata de una decisión ya tomada. Se nos ha dicho que, antes de poner en marcha su ejecución, se creará un comité que en dos meses tendrá que decir que es posible hacerlo de manera sustentable. Aparte del sesgo implícito en el fraseo, que deja muy poco espacio para que se concluya que no es conveniente transitar esa vía de extracción de gas, me da la impresión de que aquí cabe muy bien aquella vieja definición del camello: “un camello es un caballo diseñado por un comité”. Esperaremos entonces el informe de un “comité interdisciplinario” que nos dirá que sí es viable hacer fracking (cosa que ya sabemos), y que se hará con una tecnología capaz de garantizar que no habrá daños al ambiente. Además, seguramente se nos intentará demostrar que el proceso brindará beneficios adicionales para el país, porque al “secar” el gas se recuperarán aceites que servirán para fortalecer la petroquímica y ramas diversas de la industria de transformación, como las que formulan plásticos. Pero se dirá muy poco acerca de los impactos que podría ocasionar la actividad, o se nos dirá que pueden remediarse o compensarse. Y tengo la impresión de que los trabajos de este comité no permitirán que se escuchen más voces que entiendan del tema, como no sean aquéllos que resultan autoridades incontestables a ojos del Ejecutivo y de Pemex.
El camello de marras será el inicio de una actividad sin consultar a los dueños originarios de la tierra, que partirá de la idea de que como no se usa agua potable, no importa cuánta agua demanda el proceso (como si este líquido solamente fuera importante cuando se trata del consumo humano, sin valorar el hecho de que el ciclo del agua es toral para la existencia y funcionamiento de la ecosfera toda). Se nos dirá que se trata de un proceso admisible porque las nuevas tecnologías permiten reciclar 80 por ciento del agua utilizada. Hagamos caso omiso del hecho de que cada vez que se reinicia el proceso habrá que sumar al menos 20 por ciento adicional de agua (supongo que hasta que toda resulte imposible de reutilizar, o cuando su reutilización resulte más cara que la continuidad del proceso) También se nos dirá que se trata solamente de una parte de la transición energética, que permitirá seguir haciendo uso de combustible fósiles, en tanto se logra invertir los recursos necesarios para generar energía más ambientalmente inocua. Pero el costo del fracking podría llegar a dimensiones tales que entonces resulte inviable transitar hacia otras fuentes de generación en un plazo razonablemente breve. Quienes sostienen que no podemos renunciar al fracking y continuar promoviendo el desarrollo harían bien en revisar las economías de los países que han prohibido definitivamente esta práctica: más de quince, incluidos Francia, Escocia, Alemania, Suiza, Italia, Inglaterra y España.
El trabajo que realice el comité convocado puede hacernos pensar que la decisión de emprender el fracking en áreas del territorio nacional responde objetivamente a argumentos técnicos robustos y objetivos. Pero lo cierto es que se trata de una decisión política. Se trata de continuar haciendo todo lo posible para apuntalar la existencia de Petróleos Mexicanos, que de industria del estado se ha ido convirtiendo en un símbolo de soberanía. No importa que cada vez haya menos yacimientos rentables, que la extracción de petróleo y gas resulten cada vez más onerosas, la refinación resulte insuficiente para alimentar una creciente demanda de combustibles y otros derivados del petróleo, o que se incrementen los riesgos de accidentes catastróficos en plantas, ductos y plataformas con crecientes problemas de operación y mantenimiento a medida que envejecen. Hay que mantener a Pemex en operación, y reportar datos triunfantes en cada informe, porque “el petróleo es nuestro” y vivir al calor de esa consigna nos reafirma soberanos.
¡Qué razón tuvo López Velarde cuando escribió que nos escrituró “los veneros de petróleo el diablo”! Encandilados por su negro brillo, y la flama naranja de los quemadores de gas, convencidos de que son la garantía de una generación de riqueza sin dependencia, obstinados en la idea de que sin el uso de los hidrocarburos fósiles nuestra economía estará condenada al derrumbe, somos capaces de continuar por una vía de desarrollo que más temprano que tarde resultará insustentable, continuará convirtiendo zonas de nuestro territorio en eriales inhabitables y nos atrapará en una propuesta económica inevitablemente carbonizada, incapaz de abatir las emisiones de gases de efecto invernadero a la atmósfera a tiempo para contribuir con el resto del planeta a ralentizar los fenómenos del cambio climático. No dejemos que el equívoco prestigio de objetividad de la ciencia y la técnica sirva para mimetizar lo que en realidad, al final del día, resulta ser una decisión política
Edición: Fernando Sierra