Opinión
José Juan Cervera
15/04/2026 | Mérida, Yucatán
La participación de los estudiantes en la vida pública del país puede rastrearse en diversos registros documentales, entre ellos las publicaciones periódicas que editaron durante su paso por los planteles educativos, de permanencia tal vez más azarosa que otras variantes de la palabra impresa porque se les suele mirar con desdén por considerarlas expresiones incipientes de una disciplina que exige el acopio de muchos años, y esto lleva a convertirlas en piezas de descarte. Resulta así que las muestras de ellas que se conservan en acervos públicos y privados adquieren un valor especial.
A pocos meses del atentado que cobró la vida de Álvaro Obregón, y en tanto Plutarco Elías Calles sentaba las bases para prolongar su poder a través del llamado Maximato y de la consolidación de las instituciones a las que abrió paso el proceso revolucionario, Yucatán fue sede del VI Congreso Nacional de Estudiantes, en enero de 1929. Con este motivo, La Antorcha Estudiantil. Órgano de la Nueva Generación, que se editaba en la capital del país, dedicó su número 4 a dicha entidad del sureste mexicano en febrero del mismo año, en el que describió algunos aspectos del encuentro realizado en Mérida.
El hidalguense José María de los Reyes, director de la revista, para ese entonces se había distinguido como fundador de varias escuelas secundarias y preparatorias nocturnas para trabajadores, tanto en el Distrito Federal como en algunos estados de la república. Ciencia fue el nombre de otro impreso que dirigió en el curso de su experiencia estudiantil. Presidió la Sociedad de Alumnos de la Escuela Nacional Preparatoria Nocturna y la Federación Nacional de Estudiantes en 1928, además de asumir un papel activo en el movimiento que hizo posible la autonomía en la Universidad Nacional –cuya ley se expidió en 1929– junto con Alejandro Gómez Arias, Baltazar Dromundo, Ricardo García Villalobos y varios jóvenes más.
Los congresos estudiantiles previos sirvieron como caja de resonancia para sensibilizar a los concurrentes acerca de las iniciativas autonomistas, como el que se realizó en Culiacán en 1928, en el cual se fundó la Confederación Nacional de Estudiantes. Fue un asunto tratado igualmente en Yucatán, sin dejar de lado otros temas. Acorde con los usos retóricos de la época, el tono de las discusiones hacía énfasis en la importancia de satisfacer las necesidades materiales y educativas de las clases marginadas, en ejercicio de una conciencia revolucionaria de la que los delegados se reconocían portadores. En un balance de las jornadas que la redacción de La Antorcha Estudiantil insertó en las páginas del número 4 se hicieron visibles las discordias que minaron la asamblea bajo la influencia de unas cuantas personas que “explotaron hasta el cansancio la desconfianza de la provincia en contra del Distrito. Fue un ataque continuado y como quiera que los antecedentes les permitían, con la experiencia de los anteriores congresos, un sofisma como argumento, ya que no era el mismo caso, pudieron lograr su objeto. Se impuso la política y la astucia perversa por encima de la clásica ingenuidad provincial”.
En la galería de fotos de esa edición aparece un retrato de Álvaro Torre Díaz, gobernador de Yucatán en aquel tiempo; en ella figuran también los rostros de su hija Elsa, de José María Medina Ayora (presidente municipal de Mérida) y de Antonio Betancourt Pérez (presidente de la Confederación de Estudiantes de Yucatán). Este último refiere en sus memorias cómo obtuvo el cargo de presidente del Círculo de Estudiantes Preparatorianos en 1927, en el que Leopoldo Peniche Vallado lo había antecedido. Apunta, del mismo modo, las fricciones que tuvo con el jefe del ejecutivo, cuando pronunció un discurso incómodo ante él durante un homenaje al general Manuel Cepeda Peraza, restaurador de las instituciones republicanas en el estado. También relata las gestiones que realizó en desempeño de su liderazgo para unificar a los círculos de estudiantes existentes en las escuelas de enseñanza media y superior, hasta constituir la Confederación de Estudiantes de Yucatán, que tras un acuerdo tomado en el VI Congreso Nacional de Estudiantes cambió de nombre, erigiéndose así en Federación Estudiantil Yucateca (FEY), la cual fijó entre sus propósitos el de “luchar por la renovación de los sistemas educativos que eran totalmente anacrónicos en Yucatán y se basaban en una filosofía obsoleta”. Entre 1934 y 1935, Betancourt fungió como director federal de educación en la entidad.
Ese número de Antorcha Estudiantil contiene otros escritos de sumo interés, entre ellos una nota en que los redactores deploran el asesinato del dirigente comunista cubano Julio Antonio Mella, quien, tras ser perseguido por la dictadura de Gerardo Machado en la isla antillana emigró a México. Incluye textos que firman Elvira Vargas, Alberto Escalona, José Muñoz Cota y Lamberto Alarcón. En su sección literaria se encuentra uno de los escasos poemas de Leopoldo Peniche Vallado dados a la imprenta (“Las dos fuerzas”). Sus inserciones publicitarias traen anuncios de centros educativos locales, entre ellos el Instituto Alcalá y Alcalá y la Escuela Modelo, así como el Instituto Popular de Extensión Universitaria, creado en aquel año, que impartía cursos nocturnos para obreros. En materia de revistas, dio a conocer la inminente aparición de Acción Estudiantil. Quincenario Independiente y de Combate.
Más que representar curiosidades pasajeras, estas vistas del pasado encarnan el sentido dinámico de los valores a la luz de sus matices históricos.
Edición: Esteanía Cardeña