Opinión
Lourdes Álvarez
15/04/2026 | Mérida, Yucatán
Los seres humanos siempre estamos esperando algo: algo diferente, algo que deseamos o que no desearíamos que pasara, algo que aún no sabemos nombrar.
Esa espera es el deseo, y eso es lo que nos mueve. El deseo apunta siempre a algo posible, aunque no sepamos cuándo ni cómo. Se organiza en distintas categorías: puede estar ligado a necesidades físicas, mentales o emocionales. Incluso cuando parece desbordarse, sigue teniendo un objeto, algo que se imagina alcanzable. Pero esperar lo imposible es otra cosa.
Es un deseo distinto: no busca cumplir, busca abrir. Es la necesidad de asombrarse, de ser tocados por lo inesperado o por lo maravilloso. Está profundamente ligado a la experiencia de la belleza, pero no solo a ella. Puede aparecer al mirar una flor y advertir, de pronto, que se mueve buscando el sol; o en el hallazgo inesperado de alguien que realmente escucha.
Pero el asombro no es solo luminoso. También puede irrumpir como ruptura: un dolor repentino que anuncia la cercanía de la muerte, una imagen que no quisiéramos ver —la violencia, la pérdida, el inicio de una guerra—. El asombro no elige entre lo bello y lo terrible: nos expone.
El asombro es una forma de reconocimiento. Nos devuelve a lo que somos: seres sensibles, frágiles, limitados. Ante él quedamos, por un instante, sin defensa. Suspendidos. Antes de actuar, hay un tiempo en el que solo podemos sentir: disfrutar o horrorizarnos.
Por eso, esperar lo imposible y asombrarse no es desear en el sentido habitual. Es otra operación: tiene que ver con la imaginación.
Imaginar no es evadir la realidad, sino trabajar con ella. Es una práctica cercana al arte: crear, pero sobre todo recrear. Porque nunca partimos de cero; siempre transformamos lo que ya existe. La imaginación toma lo conocido —muchas veces ya gastado, ya repetido— y lo desplaza, lo vuelve extraño, lo vuelve sensible de nuevo.
Ahí aparece el asombro: cuando lo conocido deja de ser obvio.
Entonces algo se detiene. Se abre un silencio. Y en ese silencio, el mundo puede ser visto de otra manera. Surgen nuevas miradas, nuevas preguntas, nuevas reflexiones. Nos sorprende que eso —que siempre estuvo ahí— ahora aparezca como si fuera imposible.
Y no es algo exclusivo del arte.
Puede ocurrir en cualquier oficio humano, en cualquier vida. No quedarse en lo repetido, en lo seguro, en lo ya sabido. Buscar —aunque sea a tientas— algo distinto. Algo que quizá no sepamos si es posible. Atreverse a no comprender del todo, a no controlar del todo.
Sin esa apertura, la vida se vuelve plana.
El deseo, en cambio, suele organizarse como expectativa: espero que algo ocurra, que alguien responda, que la realidad se ajuste a lo que imagino. Y cuando no ocurre, aparece la frustración. No hay ahí apertura, sino medida.
Esperar lo imposible no mide: deja lugar.
No se trata de intensificar la experiencia ni de volverla extraordinaria, sino de no reducirla. De no pasar por ella como si ya estuviera entendida.
El asombro no añade nada: interrumpe.
*También puedes leer el contenido de Lourdes Álvarez en Substack.
Edición: Estefanía Cardeña