Opinión
La Jornada Maya
10/06/2026 | Mérida, Yucatán
El fenómeno de exclusión de la afición popular que se está viendo en el presente Mundial de Futbol no data de estos últimos meses, pero sí lleva por lo menos 10 años gestándose. No se trata únicamente de que los boletos sean impagables para una familia que pretenda ir a un estadio, sino que involucra también la comercialización de la mercancía oficial y la homogeneización de la “experiencia” de presenciar un partido.
Esto está ocurriendo en todos los deportes y en todos los niveles, de manera que prácticamente ya es imposible decir cuál es más elitista que los demás. Lo que ha llamado la atención es que los síntomas se estén presentando en el que por mucho tiempo fue considerado el deporte más popular en el mundo precisamente por el bajo costo que representaba jugarlo, en comparación al equipamiento que se requiere para otras disciplinas, y la simplicidad de sus reglas.
Pero el desplazamiento-exclusión de las clases medias de quienes pueden disfrutar del deporte-espectáculo se está dando en todos los ámbitos. Acudir a un encuentro de la Liga Mexicana de Beisbol, por ejemplo, también se ha vuelto un lujo ocasional para quienes solían acudir en familia, con niños, lo que solía reproducir a la afición. Tras el levantamiento del confinamiento a que obligó la pandemia de Covid-19, y la remodelación de varios parques en todo el país, terminó por perderse la oferta gastronómica específica de cada plaza de esta liga, pues las franquicias desplazaron a los oferentes de comidas tradicionales y que formaban parte de la identidad de cada equipo.
De ahí también que hoy en día se mire con recelo al funcionario del Sistema de Administración Tributaria de Quintana Roo que asistió a uno de los juegos finales de la National Basketball Association (NBA) en el Madison Square Garden, de Nueva York, y para colmo en la zona VIP, donde cada asiento llega a costar hasta 20 mil dólares, o casi 350 mil pesos mexicanos; lo que se interpreta como una contradicción con el axioma de “no puede haber gobierno rico con un pueblo pobre”.
El ánimo de excluir está tocando extremos que resultan insultantes a la dignidad humana, como es el colocar muros y malla ciclónica con recubrimiento para “tapar la pobreza” en los municipios de Monterrey y Guadalupe, especialmente en las rutas que se espera recorran quienes lleguen a esa ciudad que es una de las sedes del Mundial en México.
Tal vez sin pretenderlo, aunque sí de acuerdo a su conciencia de clase, Samuel García Sepúlveda, gobernador de Nuevo León, coincidió con Susanita, el personaje de la tira cómica Mafalda, cuando en una de las historietas responde a la idea de que “habría que dar techo, trabajo, protección y bienestar a los pobres”, con un contundente “¿Para qué tanto? Bastaría con esconderlos”. Y también
limitarles el acceso a presenciar los partidos hasta por transmisiones públicas, podría agregar la FIFA en conjunto con las plataformas a las que autorizó para comercializar las transmisiones para negocios como bares y restaurantes. Según el sapo es la pedrada, es el mensaje de la Cámara Nacional de la Industria Restaurantera y de Alimentos Condimentados (Canirac) de Yucatán, pues van desde establecimientos de cinco mesas hasta los de más de 20, pero a todos se les indica que es “por televisor”. lo que deja fuera especialmente a las empresas más pequeñas y muchas medianas para las que contratar el paquete respectivo puede representarles un gasto que compromete sus ingresos por lo que queda del año, por lo menos.
Queda preguntar qué motiva el convertir el entretenimiento en lujo reservado a unos cuantos, pues el fenómeno de exclusión de la afición popular lleva incluso siglos repitiéndose, y ya se dio antes con la ópera, el teatro, el cine, el circo, y ahora con los deportes. Pero sobre todo, si el esquema de venderle a los ricos que acuden a “ser vistos” deja dividendos a largo plazo, como sí lo hace el contar con una afición que podría acudir todos los días que haya juego, si el costo lo permitiera.
Edición: Fernando Sierra