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Foto: Juan Manuel Valdivia

En México existen varios lugares comunes en torno a la pobreza y la denominada pobreza extrema. Entre ellos, que la persona que experimenta prácticamente todas las carencias que componen esta segunda categoría es una mujer indígena. Hoy podemos agregar que el rostro de la pauperización es del de una mujer adulta mayor; esto a pesar de políticas como la pensión del Bienestar para este sector de la población.

La investigación de la doctora Gabriela Luna Ruiz, del Departamento de Economía de la Universidad Iberoamericana (Ibero) concluye que las mujeres mexicanas, al envejecer, experimentan mayor riesgo de pobreza que los hombres por desigualdades acumuladas a lo largo de la vida. Debemos aclarar que éste no es un estudio pionero. En otras instituciones académicas, repartidas en casi todos los estados, hay al menos un indagaciones semejantes que llegan prácticamente al mismo resultado.

Ahora, la investigación de Luna Ruiz refiere que las mujeres destinan sus ingresos mayoritariamente al cuidado, alimentación y el hogar, postergando su salud, consumo personal y capacidad de ahorro. La presentación de resultados, sin embargo, no incluyó su metodología, aunque debemos suponer que su muestra fue lo suficientemente amplia como para incluir hogares en los que existe una pareja, los encabezados únicamente por una mujer y en los que conviven varias generaciones; de manera que no sería lo mismo el hogar que cuenta exclusivamente con el ingreso de una mujer que aquel a cuyo sostén aportan dos o más individuos.

Lo que sí queda claro es que existen factores estructurales en la economía mexicana pero también otros de orden cultural que llevan a la mujer a colocarse en una situación de vulnerabilidad financiera justamente en sus últimos años de vida. Aquí debemos incluir principalmente que, en el aspecto laboral, las mujeres tienden a predominar en la economía informal, lo que las priva de acceso a la seguridad social y eventualmente a una pensión.

Agreguemos que la estructura de las instituciones de seguridad social parte de que es el hombre quien tiene acceso al empleo formal y es quien asegura a sus dependientes económicos. Desde hace algunas décadas es posible que los hijos aseguren a sus progenitores, cuando estos no cuentan con ingresos formales, y aunque así ha sido posible brindar cierto grado de protección -sobre todo en cuanto al acceso a la atención médica -para las mujeres, sigue privando la solidaridad familiar y esta inscripción no se refleja en una pensión por viudez o invalidez.

Agreguemos que la cultura mexicana, también, naturaliza e incluso valora que la mujer llegue al sacrificio por su familia. Mientras más sufre, más sueños abandona, más renuncia a un empleo o emprendimiento, se le considera mejor madre, hija o mujer; cuando lo natural debiera ser que, como cualquier persona, tenga todo el derecho y los medios para realizarse.

Y en cuanto al esquema laboral formal, apuntamos que el actual sistema de ahorro para el retiro a través de administradoras de fondos (Afores) mediante cuentas individualizadas, si bien permite a las mujeres acceder a la jubilación a los 28 años de servicio en algunos casos -como en la burocracia -el beneficio de la cuenta se reparte por tiempo limitado. Es decir, las mujeres dejan de aportar para su retiro antes que los varones, pero tienen mayor esperanza de vida; por lo que el riesgo a que su ahorro se consuma cuando se es más vulnerable a enfermedades oportunistas o cuando su red de apoyo haya disminuido por el fallecimiento de sus familiares.

La catedrática concluye planteando la necesidad urgente de implementar políticas públicas integrales de inclusión financiera y avanzar hacia un sistema nacional de cuidados, así como fortalecer un sistema de salud universal. Sobre esto último, ya se ha anunciado que hacia 2030, todos los mexicanos tendrán acceso a la atención en cualquier sistema de los existentes: Issste, IMSS e IMSS -Bienestar, pero esto debe verse como el inicio de una ruta de justicia para ese 37 por ciento de las mujeres en México que viven en situación de pobreza. 

Lea, de la misma columna: Una credencial y una garantía

Edición: Fernando Sierra


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