Antes de cualquier palabra, el ser humano entra en el mundo a través de una experiencia más silenciosa: ser mirado. No es un detalle menor. La primera mirada —la de la madre o de quien ocupa ese lugar— no solo observa, sino que confirma. En ella no solo aparecemos: empezamos a existir para alguien.
Esa mirada nunca es neutra. Puede sostener o puede perderse, puede acoger o dejar en suspenso. Y en esa diferencia se juega algo decisivo: la sensación de tener un lugar o de quedar a la intemperie. No recordamos esa escena, pero de alguna manera la repetimos. Aprendemos a habitar el mundo como fuimos mirados.
Con el tiempo, la escena cambia de forma, pero no desaparece. Ya no es la madre, sino los otros: quienes nos rodean, quienes nos escuchan o parecen no hacerlo. Basta observar algo cotidiano. Alguien habla y el otro no levanta la mirada, la desvía hacia el teléfono o la dispersa en cualquier otra cosa. No hay un rechazo explícito, pero algo se rompe. La palabra pierde peso, queda suspendida. No es solo que no se escuche: es que quien habla deja de sentirse reconocido.
En cambio, cuando la mirada se sostiene, incluso sin acuerdo, ocurre algo distinto. No hace falta coincidir para que haya encuentro. Basta con que el otro no sea reducido ni ignorado. Entonces la palabra encuentra un lugar donde caer. Hay diálogo. No porque desaparezca la diferencia, sino porque se vuelve habitable.
Mirar al otro no es un gesto simple. Tampoco es solo educación. Es una forma de admitir su existencia sin intentar dominarla ni rechazarla. Y por eso incomoda. Hay quienes evitan la mirada porque en ella se sienten expuestos. Otros la esquivan por prisa, por costumbre o porque escuchar exige algo que hoy resulta difícil: suspenderse a uno mismo, dejar de preparar la respuesta mientras el otro aún habla.
Tal vez por eso la comunicación se ha vuelto más difícil de lo que solemos reconocer. No por falta de medios —nunca hemos tenido tantos— sino por una carencia más básica: la incapacidad de escuchar de verdad. Se habla mucho, se escribe sin pausa, pero con frecuencia no se escucha. Y escuchar no es oír. Escuchar implica una atención que no se improvisa y que no depende de ningún título ni formación.
Resulta paradójico que en una época que ha convertido la comunicación en objeto de estudio y profesión, la experiencia misma de comunicarse parezca empobrecerse. Como si hubiéramos perfeccionado los instrumentos y descuidado lo esencial. En ese contexto, la mirada se vuelve un signo silencioso: donde falta, algo fundamental se ha perdido.
No se trata de idealizar el origen ni de explicar todo desde la primera infancia. Pero sí de reconocer que seguimos viviendo, de alguna manera, en continuidad con esa primera experiencia. En cada conversación se juega algo más que un intercambio de ideas: se pone en cuestión la posibilidad misma de ser reconocido.
Quizá por eso, en un tiempo saturado de palabras, recuperar algo tan simple como mirar al otro mientras habla no es un gesto menor. Es una forma de restituir, aunque sea por un instante, aquello que hizo posible que alguna vez empezáramos a ser.
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Edición: Fernando Sierra