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Cannes 79: películas para un mundo que ya no sabe convivir

El arte, la receta para mirar de nuevo a otro ser humano y soltar el miedo
Foto: Ap

En el 79 Festival de Cannes hubo este año una sensación extraña que aparecía incluso antes de entrar a las salas. Estaba en las conversaciones interminables de las filas, en los silencios incómodos después de las proyecciones, en los cuerpos agotados caminando sobre la Croisette a las dos de la mañana y en la cantidad descomunal de películas donde alguien intentaba desesperadamente encontrar una forma de seguir viviendo junto a otros seres humanos sin destruirse en el proceso.

Cannes 79 terminó convirtiéndose, quizá involuntariamente, en un festival obsesionado con el miedo contemporáneo. No solamente el miedo político o económico. Algo más íntimo y profundo: el miedo a convivir. El miedo a heredar un mundo roto. El miedo a quedarse solo. El miedo a perder el deseo. El miedo incluso a seguir creando.

Y por eso resultó tan revelador que muchas de las películas más importantes del festival hablaran exactamente de eso.

En Hope, Na Hong-jin construyó una gigantesca pesadilla paranoica donde una comunidad armada hasta los dientes intenta defenderse de una amenaza exterior que termina revelando algo mucho más incómodo: el verdadero monstruo no siempre viene de afuera, sino de sociedades que han aprendido a reaccionar al miedo únicamente mediante violencia.

En Coward, quizá una de las películas más comentadas de la segunda mitad del festival, Lukas Dhont colocó el deseo masculino y la fragilidad emocional en medio de la Primera Guerra Mundial para preguntarse si incluso dentro de la maquinaria más brutal todavía puede sobrevivir algo parecido a la ternura.

En The Man I Love, Ira Sachs observó algo todavía más difícil: la normalidad íntima de personas intentando amar y envejecer dentro de cuerpos vulnerables. Y justamente por negarse al melodrama fácil la película terminó encontrando una forma profundamente radical de mirar la fragilidad humana.

Incluso Pedro Almodóvar, con Amarga Navidad, parecía atrapado dentro de otra ansiedad contemporánea: el agotamiento creativo de un cine de autor europeo que comienza a mirarse obsesivamente a sí mismo porque ya no sabe muy bien cómo volver a mirar el mundo.

Y sin embargo, entre tanta fractura, apareció también algo inesperado: una búsqueda desesperada de ternura.

Ahí la presencia mexicana tuvo un peso mucho más importante de lo que podría parecer a simple vista.

Guillermo del Toro sobrevoló Cannes entero incluso más allá de sus propias apariciones públicas. La restauración de El laberinto del fauno recordó algo que el festival entero parecía estar redescubriendo este año: los monstruos más importantes del cine nunca son solamente criaturas fantásticas. Son formas de mirar el miedo humano.

Y quizá ninguna película entendió eso mejor que La Bola Negra.

La película de Javier Calvo y Javier Ambrossi terminó convirtiéndose en una de las experiencias emocionales más fuertes del festival. No solamente por su extraordinaria reconstrucción de la Guerra Civil Española, sino porque entendió algo muy difícil: las guerras civiles nunca destruyen únicamente países; destruyen también la capacidad de las personas para imaginar una vida distinta de la que heredaron.

Mientras gran parte del cine contemporáneo parecía obsesionado con sociedades aisladas y personajes incapaces de convivir, La Bola Negra insistió en algo profundamente incómodo y hermoso: incluso dentro del horror todavía pueden sobrevivir pequeños actos de humanidad capaces de desafiar la lógica completa de la violencia.

Por eso resultó tan coherente que la película terminara compartiendo el premio a Mejor Dirección. No se sintió únicamente como un reconocimiento cinematográfico. Se sintió también como el festival premiando una forma de mirar.

La Palma de Oro para Fjord, de Cristian Mungiu, confirmó además muchas de las obsesiones que atravesaron el festival entero. La película, centrada en tensiones ideológicas, polarización y comunidades fracturadas, parecía condensar perfectamente la ansiedad política y emocional que recorrió Cannes 79 desde el primer día.

Eso terminó uniendo silenciosamente muchísimas películas del festival.

Personajes intentando escapar. Empezar otra vida. Encontrar comunidad en un mundo que parece haber convertido la desconfianza en idioma universal.

Y quizá por eso Cannes 79 se sintió este año tan agotado y humano al mismo tiempo.

Porque detrás de las alfombras rojas, los flashes y las ovaciones interminables aparecía constantemente la misma pregunta: cómo seguir viviendo juntos cuando el miedo se ha vuelto la principal forma contemporánea de mirar a los demás.
Tal vez esa fue la verdadera conversación secreta del festival.

Y quizá por eso las películas que permanecieron al final no fueron necesariamente las más grandiosas, sino aquellas donde alguien todavía encontraba una manera de mirar a otro ser humano sin miedo.

Lea, del mismo especial:

Edición: Fernando Sierra


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