Opinión
Ulises Carrillo Cabrera y Ana Brun
18/05/2026 | Cannes, Francia
En mayo de 1946, apenas un año después de que Europa dejara de incendiarse, nació el Festival de Cannes. No como un acto de frivolidad mediterránea, sino como una respuesta cultural al desastre. El cine europeo acababa de sobrevivir a la censura, a la propaganda y a ciudades reducidas a cenizas. Había que volver a reunirse frente a una pantalla para recordar que todavía existía algo parecido a una civilización.
Quizá por eso Cannes nunca ha sido únicamente un festival de cine. Cannes es una conversación sobre el estado del mundo disfrazada de alfombra roja. Y este 2026, en su edición 79, el festival parece atravesado por una sensación extraña: la de estar mirando simultáneamente hacia adelante y hacia atrás. Como si el cine estuviera intentando decidir qué partes de sí mismo quiere conservar antes de entrar a otra época.
Eso se nota menos en los discursos oficiales que en las pequeñas escenas que siguen ocurriendo alrededor del Palais. En los directores jóvenes haciendo filas eternas con acreditaciones secundarias mientras, a pocos metros, viejas leyendas del cine avanzan lentamente por la alfombra roja sabiendo que quizá ya no regresen el próximo mayo. En
productores hablando obsesivamente de inteligencia artificial durante el desayuno y luego emocionándose como niños cuando una sala completa aplaude durante diez minutos seguidos. En actores que pasan el día tomándose fotografías y la noche entera escondidos en terrazas hablando del miedo a desaparecer.
Cannes siempre ha vivido de esas contradicciones. Aquí un desconocido Quentin Tarantino salió convertido en fenómeno mundial después de Pulp Fiction. Aquí Bong Joon-ho pasó de autor admirado por cinéfilos a director global con Parasite. Aquí Martin Scorsese entendió que Taxi Driver dividiría al mundo incluso de terminar la proyección. Pero Cannes también se construye con historias mucho más pequeñas.
Como aquella ocasión en la que Akira Kurosawa caminó bajo la lluvia por la Croisette completamente solo porque nadie se atrevía todavía a acercarse al director japonés que
cambiaría el lenguaje visual del cine moderno. O cuando Federico Fellini desapareció horas enteras durante el festival porque prefería sentarse en cafés observando turistas antes que asistir a entrevistas. Incluso Alfred Hitchcock pasó más tiempo mirando los movimientos de camareros y huéspedes en el Carlton que hablando de sus películas, buscando nuevos sospechosos para sus filmes.
Cannes siempre ha sido eso: un lugar donde la gente viene a observar y ser observada. Ciudad coleccionista de imágenes luminosas de personas que avanzan una junto a otra sin tocarse completamente. Historias que apenas se cruzan unos segundos antes de volver a separarse. Familias rotas por el tiempo. Viejos amores reencontrados demasiado tarde. Ciudades llenas de desconocidos compartiendo silencios. Como si el cine entero estuviera intentando entender qué nos sigue conectando en una época donde todo parece fragmentarse.
Lea, de los mismos autores:
Edición: Mirna Abreu