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'The Man I Love': vivir también es la batalla

Ira Sachs propone un filme que observa la fragilidad humana sin convertirla en espectáculo
Foto: Fotograma

Hubo un tiempo en el que una película sobre VIH parecía obligada a escoger entre tres caminos: el horror, el milagro o el activismo. La enfermedad aparecía como sentencia colectiva, como símbolo político o como tragedia inevitable. Era lógico. Durante décadas el VIH fue eso: miedo, estigma, muerte acelerada y silencio social.

Por eso The Man I Love, de Ira Sachs, resulta tan profundamente poderosa en este Cannes 79. Porque quizá por primera vez en mucho tiempo podemos mirar el VIH con la distancia emocional e histórica suficiente para devolverlo plenamente al territorio de las historias humanas.

Ya no como monstruo. Ya no como símbolo. Ya no como excepcionalidad. Sino como parte de la vida. Y precisamente ahí la película encuentra toda su fuerza.

Sachs no filma una pandemia. No hay hospitales desbordados, marchas, funerales masivos ni discursos sobre resistencia colectiva. Lo que hay es algo mucho más difícil de filmar: la normalidad emocional de vivir con una enfermedad crónica dentro de relaciones complejas, cansadas, imperfectas y profundamente humanas.

Hay un hombre. Hay una pareja. Hay un triángulo. Hay deseo, culpa, agotamiento, irresponsabilidad, necedad y una sensación permanente de crisis de mitad de vida. El VIH atraviesa todo eso, pero no domina completamente la existencia de nadie. Es una condición que modifica los ritmos emocionales, las conversaciones y ciertas formas de intimidad, igual que lo hacen el envejecimiento, el miedo o la soledad.

Y esa mirada cambia por completo el peso de la película. Porque The Man I Love entiende algo fundamental: las grandes victorias históricas suelen volverse invisibles precisamente cuando triunfan.

Hubo una época en que decir públicamente “the man I love” era un acto de valentía política. Una declaración de guerra contra el rechazo social, el miedo y la exclusión. La frase contenía riesgo. Contenía desafío. Contenía incluso peligro físico y profesional. En el 2026 la película de Sachs puede usar ese mismo título para hablar de algo distinto: no de la supervivencia identitaria, sino de las complejidades íntimas del amor, del desgaste emocional y de las maneras imperfectas en las que seguimos intentando acompañarnos, pese a nosotros y nuestras enfermedades.

Y eso representa un avance civilizatorio gigantesco que a veces olvidamos dimensionar. La película nunca convierte el VIH en sentimentalismo. Tampoco en discurso médico. Lo incorpora con una naturalidad brutal a la textura cotidiana de la existencia. Medicamentos sobre una mesa. Conversaciones incómodas. Decisiones emocionales atravesadas por la vulnerabilidad física. La conciencia silenciosa de que el cuerpo siempre está negociando algo con el tiempo.

Sachs filma todo esto con una sensibilidad extraordinaria. Hay departamentos silenciosos, cenas tensas, calles nocturnas y rostros agotados por el peso de decisiones acumuladas. Los personajes no están peleando únicamente contra una enfermedad; están peleando contra ellos mismos, contra sus propias incapacidades emocionales, contra el miedo a quedarse solos y contra la sensación de que vivir plenamente o empezar a vivir plenamente exige una energía que a veces ya no poseen.

En algún momento de la película aparece una línea breve pero devastadora: vivir es una batalla permanente. Y quizá esa frase resume perfectamente el corazón de The Man I Love. Porque la película entiende que el verdadero triunfo histórico alrededor del VIH no fue solamente médico. Fue narrativo y humano. Consistió en devolverles a las personas el derecho a tener vidas complejas más allá de la enfermedad. El derecho a equivocarse, amar mal, cansarse, desear, fracasar, ser incluso negligentes como lo somos absolutamente todos y seguir viviendo.

Eso hace tan importante esta película dentro de Cannes 79. En un festival lleno de historias sobre comunidades fracturadas y sociedades incapaces de convivir con sus propios miedos, Ira Sachs entrega algo mucho más íntimo y quizá más difícil: una película que observa la fragilidad humana sin convertirla en espectáculo. Y en tiempos donde casi todo necesita exagerarse para existir, esa delicadeza termina siendo profundamente radical.

Edición: Fernando Sierra


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