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'Hope': el blockbuster imposible que Cannes necesitaba

Excesiva, agotadora, frenética y profundamente inteligente
Foto: Fotograma

En un Festival de Cannes obsesionado este año con las fracturas sociales, las comunidades aisladas y las formas contemporáneas del miedo, Hope, del director surcoreano Na Hong-jin, aparece como una anomalía colosal. Una película monstruosa en el mejor sentido de la palabra. Excesiva, agotadora, frenética y profundamente inteligente detrás de toda su furia visual.

Sobre todo, Hope es una película obligatoria.

Obligatoria porque demuestra algo que Hollywood parece haber olvidado: todavía es posible hacer una película de acción gigantesca, paranoica, repleta de disparos, persecuciones, explosiones y criaturas extraterrestres sin que el resultado termine convertido en propaganda involuntaria de sí mismo.

Na Hong-jin toma prácticamente todos los ingredientes del blockbuster norteamericano contemporáneo y los reutiliza para fabricar un animal completamente distinto.

La película ocurre en una comunidad aislada obsesionada con las armas. Todos tienen rifles. Todos saben disparar. Todos desconfían del exterior. Todos están convencidos de que la supervivencia depende de defender violentamente su territorio. La amenaza llega desde afuera. Desde algo desconocido que altera el orden local. Hay discursos sobre proteger la comunidad, defender la frontera, preservar la nación y resistir una invasión.

Vista superficialmente, Hope podría parecer una película hecha en Texas para públicos norteamericanos alimentados durante décadas por el cine post-11 de septiembre. Tiene cazadores armados hasta los dientes, héroes locales improvisados, paranoia colectiva y una comunidad masculina que entiende el mundo como una frontera permanentemente sitiada.

Y precisamente ahí está la genialidad radical de la película. Porque Na Hong-jin utiliza todos esos clichés para desmontarlos desde dentro.

Los diálogos son deliberadamente reconocibles: hombres gritándose órdenes absurdas, discursos improvisados sobre patriotismo, escenas donde cualquiera responde a lo desconocido sacando un fusil del clóset. Sin embargo, mientras Hollywood normalmente utiliza esos elementos para reforzar una fantasía heroica nacionalista, Hope los conduce lentamente hacia lo cómico, lo irracional y lo profundamente insostenible.

La película entiende algo muy importante: el problema no son únicamente las armas o los extraterrestres o la paranoia fronteriza. El problema es la lógica emocional que sostiene todo eso. Por eso Hope nunca se burla de sus personajes. Los observa atrapados dentro de una manera de entender el mundo. Son hombres que creen sinceramente que responder con más violencia les devolverá control sobre una realidad que ya dejó de obedecerles. Y cuanto más intentan controlar el caos, más absurdo y devastador se vuelve todo.

Ahí la película encuentra algo extraordinario: logra ser una película de acción monumental y al mismo tiempo una crítica feroz a la imaginación política contemporánea.

Lo más impresionante es cómo Na Hong-jin consigue esto sin abandonar jamás el espectáculo. Hope no es un ensayo disfrazado de cine de género. Es cine de género llevado hasta un punto de delirio casi operístico. Las secuencias de acción son tan largas, tan físicas y tan agresivas que terminan agotando al espectador. Hay persecuciones interminables, criaturas imposibles, explosiones emocionales y una sensación constante de que la película está a punto de desbordarse completamente.

Y sin embargo nunca pierde el control.

En muchos sentidos, Hope parece dialogar directamente con el estado actual del cine norteamericano. Demuestra que las obsesiones contemporáneas: la frontera, la invasión, la defensa comunitaria, el miedo al extraño, el colapso social y, de forma muy especial, la vejez, no pertenecen exclusivamente a Estados Unidos. Son ansiedades globales. Eso sí, el director coreano demuestra que esas obsesiones pueden producir relatos radicalmente distintos dependiendo de quién los cuente.

Hollywood suele transformar esos miedos en épica patriótica. Na Hong-jin los transforma en una tragicomedia histérica sobre sociedades incapaces de escapar de sus propios reflejos violentos. Y quizá por eso Hope encaja tan perfectamente en este Cannes 79.

Porque el festival entero parece obsesionado este año con una misma pregunta: cómo seguir viviendo juntos cuando las comunidades modernas han empezado a verse unas a otras como amenazas permanentes. Na Hong-jin responde con una película brutal, delirante y extrañamente esperanzadora.

Una donde incluso en medio del caos absoluto todavía parece existir la posibilidad de que una comunidad hiper-masculina descubra otra forma de reaccionar frente al miedo y donde la gran heroína, la verdadera guerrera y la que piensa en todos, así nadie la vea en primer plano, es una mujer.



Edición: Fernando Sierra


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