Opinión
La Jornada
17/04/2026 | Ciudad de México
Cuando Donald Trump metió a su país en la guerra contra Irán a instancias del prófugo de la Corte Penal Internacional Benjamin Netanyahu, el pasado 28 de febrero, no faltó quien vaticinara que en la antigua Persia la situación podría degenerar en un nuevo Vietnam para Estados Unidos y en un fracaso estrepitoso para el magnate. A mes y medio del inicio de la agresión ilegal, está claro que esos vaticinios se quedaron cortos en apreciar hasta qué punto el trumpismo se lanzó a la guerra con una absoluta ignorancia de las capacidades y la voluntad de resistencia de su adversario; sin un plan que fuera más allá de los bombardeos indiscriminados, sin una noción de qué podría presentarse como una victoria y, ante todo, sin un elemental análisis de las consecuencias de sus actos.
Ayer, el secretario de Guerra, Pete Hegseth, dijo que las fuerzas estadunidenses en Oriente Medio están preparadas para reanudar las operaciones de combate e impedir que cualquier embarcación entre o salga de los puertos iraníes en el estrecho de Ormuz si “Irán toma una mala decisión” (es decir, si no se pliega a las absurdas exigencias estadunidenses en la mesa de negociaciones). El problema es que supuestamente, el bloqueo naval ya estaba instalado y en plena operación. Con este enésimo bandazo, la Casa Blanca vuelve a humillarse a ojos del mundo al mostrar que sus amenazas están cada vez más huecas.
De este modo, al pasar de los días no sólo se han exhibido los límites del poderío militar de Washington para moldear el mundo a su antojo, sino también el inocultable deterioro cognitivo de Trump. Aunque no es sorprendente, sí resulta pasmoso el infantilismo con que el mandatario y su equipo comunican la guerra: “tienen que verlo, es muy cool: misiles lanzados, misiles lanzados, misiles en lanzamiento; están siendo lanzados; luego, en siete segundos, fuego, fuego, fuego; Fuego, ¡boom!, fuego, ¡boom!”, es la descripción textual del magnate sobre la destrucción que ordenó desencadenar en Teherán.
A este tipo de declaraciones se han sumado episodios como los ataques de Trump contra el papa León XIV y la publicación de una imagen generada con inteligencia artificial en la que el mandatario se hizo representar como Jesucristo, la cual tiene una carga de provocación difícil de digerir en una sociedad tan religiosa como la estadunidense, sobre todo si se considera que los fanáticos cristianos son el núcleo duro del electorado trumpiano. Además del plano simbólico, Trump se enajena a sus bases desde el bolsillo: el aumento de los precios de la gasolina a causa de la guerra contra Irán se ha convertido en el primer motivo de desencanto entre sus seguidores, quienes ven con buenos ojos cualquier abuso de poder, pero no toleran la amenaza contra un estilo de vida basado en el uso de automóviles privados sobredimensionados.
En este contexto, el fin de semana Barcelona será sede de un encuentro de jefes de Estado progresistas que reunirá al anfitrión, Pedro Sánchez, con pares como Luiz Inácio Lula da Silva, de Brasil; Gustavo Petro, de Colombia; Yamandú Orsi, de Uruguay, y la presidenta Claudia Sheinbaum, quien confirmó su asistencia y señaló que la reunión no tiene el objetivo de oponerse a Trump, “sino más bien es un mensaje a favor de la paz y la autodeterminación”. La diplomacia de la mandataria, siempre cuidadosa del vínculo con el primer socio comercial de México, no anula el hecho de que el destinatario obvio de un mensaje pacifista es el mayor belicista del momento, ni que un encuentro de gobernantes modernos y democráticos es necesariamente incómodo para quien se ha asumido valedor y patrocinador de la ultraderecha a nivel mundial.
Cabe esperar que la primera respuesta multilateral al trumpismo marque un punto de inflexión en la obsecuencia con que hasta ahora la comunidad internacional ha tratado a un hombre que se declara a sí mismo por encima de todas las leyes.
Edición: Ana Ordaz