Opinión
La Jornada Maya
20/04/2026 | Mérida, Yucatán
Algo falló este lunes en la zona arqueológica de Teotihuacán, y la consecuencia es la muerte de dos personas: una turista canadiense y el presunto agresor. Pudieron ser más, de confirmarse la cantidad de disparos efectuados por el atacante; empero, hay también cuatro personas lesionadas por arma de fuego, otras tres con diferentes heridas y 15 más que se lastimaron al huir del tiroteo, lo que implicó descender lo más rápido que les fue posible de la pirámide de la Luna.
Con toda seguridad, hay una historia humana detrás de estos hechos violentos. El agresor aún no ha sido identificado más que como ciudadano canadiense y, al cierre de esta edición, no se habían dado a conocer los detalles del modo en que ingresó a la zona arqueológica.
Un tiroteo en Teotihuacán no es un asunto menor. Al contrario, revela un relajamiento injustificado de la seguridad interna. La ciudad prehispánica suele ser la más visitada en el país, disputando esa posición con Chichén Itzá, en el estado de Yucatán; pero a diferencia de ésta, se encuentra muy cerca de la Ciudad de México.
Por ser un sitio que produce ingresos a las arcas nacionales y que se encuentra bajo jurisdicción federal, es hasta natural suponer que existe un dispositivo de vigilancia permanente, así como un despliegue permanente de la fuerza pública, atendiendo a la cantidad de personas que acuden y para prevenir, precisamente, hechos como los ocurridos ayer, que han llevado a un incidente diplomático con el Reino Unido, al cual pertenece Canadá.
No se debe culpar al Instituto Nacional de Antropología e Historia por esta falla. Los denominados custodios de la zona tienen como función principal verificar que no se dañe el patrimonio arqueológico de la nación; pero ni están autorizados para portar armas, ni capacitados para intervenir en una crisis de seguridad como la que se generó; y en caso de estar contratados por Capítulo 3000, de ninguna manera están obligados a arriesgar su integridad. El problema surgió desde los puntos de acceso a Teotihuacán, dado que tanto los visitantes afectados como el agresor debieron atravesar por filtros de vigilancia, comenzando por la taquilla, donde pudo haberse dado la oportunidad de reportar alguna anomalía con el grupo, hasta los torniquetes de ingreso, donde suele ubicarse algún vigilante perteneciente a las corporaciones policiacas estatales o federales.
La situación de peligro fue real. El reporte que se dé acerca del avance de las investigaciones deberá explicar cómo fue posible el ingreso de un arma de fuego, un arma blanca y cartuchos útiles, e igualmente precisar cuántos tiros fueron disparados. Le corresponderá posteriormente a la Secretaría de Gobernación anunciar cambios en el dispositivo de seguridad, específicamente en Teotihuacán. Ante esta falla, desde la ciudadanía, corresponde también demandar una revisión de las matrices de riesgo en las zonas arqueológicas abiertas al público y de los protocolos de seguridad.
Por último, es necesario reconocer que quienes visitan las zonas arqueológicas merecen contar con seguridad durante su recorrido. Muchos llegan después de recorrer grandes distancias porque conocer alguna urbe prehispánica es hasta una ilusión, y las cuotas de ingreso, tanto para extranjeros como para nacionales no residentes, suelen ser bastante elevadas; más si se tiene en cuenta que quienes acuden lo hacen en familia.
El gabinete de Seguridad tiene en manos una oportunidad para hacer ajustes en lo que haya fallado, pero especialmente para brindar garantías a quienes con motivo del Mundial de futbol llegarán al país y aprovecharán conocer algunos de sus mayores atractivos, entre los que las zonas arqueológicas destacan por mérito propio.
Edición: Estefanía Cardeña