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Foto: Juan Pablo Navarro

Esta pregunta me ha acompañado toda mi vida. Si eres antropóloga o antropólogo, seguramente a ti también. Espero que mis palabras alienten a quienes se identifiquen con esta vocación para estudiarla y practicarla, como una actividad que les llene el alma. 

Sin duda, de 2021 a la fecha, mi campo de trabajo de una antropología de investigación se complementó con una antropología más participativa y, hasta cierto punto, desconocida. En este sentido, agradezco haber tenido la oportunidad de aprender una antropología práctica que se forma de acuerdo a cada tiempo y espacio.

En 2021, en plena pandemia, recibí una invitación por parte del Centro INAH Yucatán para formar parte de “las brigadas” asignadas al acompañamiento y seguimiento social en territorio durante la construcción de la línea ferroviaria del conocido megaproyecto del sexenio pasado.

Atendiendo a la invitación, acepté participar con la certeza de que, ante todo, se trataba de un ejercicio de resiliencia y de que el proyecto se iría definiendo, en parte, conforme a la realidad social. A partir de ello, en estas breves líneas expongo de manera general, a modo de recuerdo y memoria, cómo era el escenario social de aquel momento en el que se instaló el proyecto, específicamente en el estado de Yucatán.

Durante mi trabajo como brigadista del proyecto Tren Maya, al llegar a una comunidad o pueblo, resaltaba el valor de la cultura viva y la riqueza de sus diversas manifestaciones. En medio de un proyecto de “modernización”, sobresalieron varios aspectos conocidos para quienes hacemos antropología social: la solidaridad entre familias y habitantes de las comunidades en momentos críticos; las concepciones sobre la muerte y el duelo, puesto que nos encontrábamos en pandemia; y la ritualidad en el marco de la pérdida de amigos y familiares. También destacó la capacidad de resiliencia en medio de una crisis mundial de salud y enfermedad. En los pueblos, la vida tenía sus propios horarios: iniciaba antes del amanecer, se hacía una pausa durante la tarde y por la noche retomaba su dinamismo con las asambleas, las reuniones y el comercio en pequeña escala. Fue una realidad muy particular, que no habíamos vivido antes.

Como parte de la brigada, los integrantes del equipo solíamos participar en los rituales celebrados en el monte o a pie de vía para pedir permiso o solicitar el perdón de los seres dueños intangibles. Fuimos parte de quienes ofrendaban tabaco o dulces al adentrarnos en los recorridos, como parte de una norma de respeto. Incluso, escuchamos aquellas historias misteriosas vividas por algún topógrafo, arquitecto o ingeniero foráneo que muchas veces no entendía por qué “escuchaba voces”, ruidos o ecos, o por qué se le extraviaba algún objeto de trabajo durante las labores de campo.

Con todo ello, en medio de una pandemia silenciosa que nos confinaba, ¡qué maravilloso era estar nuevamente en campo! Durante ese tiempo, conviviendo con la gente de las comunidades, recobramos fuerza y comprendimos que la dinámica social seguía su curso y nos movía a todos. Había que continuar: una pandemia no es suficiente para detener a un pueblo.

Años después, las páginas continúan escribiéndose. La antropología sigue inmersa en ese entramado social, aprendiendo y nutriéndose de la cultura viva. Y quizá ahí se encuentra una respuesta a la pregunta inicial: las antropólogas observan, acompañan, aprenden y testimonian la fuerza con la que los pueblos sostienen la vida.

Patricia María Balam Gómez es antropóloga social, colaboradora eventual del Centro INAH Yucatán. [email protected]
Coordinadora editorial de la columna: 
María del Carmen Castillo Cisneros; profesora investigadora en Antropología Social




Edición: Estefanía Cardeña

 


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