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El libro, nicho de las transformaciones

El arte y el pensamiento no son manifestaciones naturales, sino estrictamente humanas
Foto: Jusaeri

Todos somos parte del mundo, de un lugar determinado en el universo. Todos somos uno y ninguno, porque también somos todos. Aunque cada uno de nosotros mantiene una diferencia respecto de los demás, entre todos conformamos una identidad colectiva, inevitablemente. Cada quien es quien es, y se hace diferente de los otros, sin que dejemos de parecernos a los demás. Es más, uno mismo es diferente de sí mismo a través de los años y, sin embargo, seguimos siendo el mismo en sí mismo y respecto de todos los otros. Somos uno y todos, somos nosotros y los otros.

Ahora bien, esta identidad en la que cabemos todos y, al mismo tiempo, la diversidad que nos distingue uno del otro es la dimensión en la que se desarrollan las relaciones humanas, entre las que destacan de modo prominente las relaciones culturales. En estas relaciones culturales es donde todos los seres humanos, ya sea en grupo o como individuos, expresamos nuestras visiones más profundas de la vida y del mundo que compartimos, a través del arte y el pensamiento. 

Sin embargo, el arte y el pensamiento no son manifestaciones naturales, sino estrictamente humanas, que muchas veces arremeten contra la naturaleza de las cosas y los fenómenos naturales. Finalmente, el hombre transforma la naturaleza para crear otra naturaleza. He aquí el poder mágico de la transformación de la naturaleza, que es la esencia de la cultura y el arte y que es la forma más humana del ser y de ser.

En estos procesos de transformación humana, en estas dimensiones de la cultura y el arte, es por lo que los seres humanos hemos apostado siempre, a pesar de todo: de los clichés, de los esquemas culturales rígidos, de los programas nacionales desprestigiados (recuérdese los 117 errores ortográficos en los Libros de Texto Gratuitos de la SEP en la primera década del siglo XXI), entre otros. Apostar por la transformación de las relaciones culturales permitiría la liberación de la inteligencia y la crítica, favorecería el desarrollo de los pueblos y de las personas y nos haría más humanos.

Para ello, el libro ha sido el promotor de tales transformaciones individuales y sociales desde hace muchos siglos. Desde sus inicios, el libro ha servido a la transformación humana mediante la promoción de las ideas y la imaginación. A través del libro, ha sido posible que la ciencia, el arte y el pensamiento hayan encontrado la mejor forma de divulgación. Sin el libro, tal vez a la humanidad le haya costado más tiempo y esfuerzo haber conseguido la transformación del ser humano y su mundo como lo es en la actualidad.    

Sin embargo, no es suficiente contar con libros, es decir, estos objetos integrados por páginas llenas de textos e imágenes de apoyo, estadísticas, fórmulas y demás contenidos. Es imprescindible leerlos y discutirlos. Y parece que aquí radica un problema más grave: cada vez hay menos personas que leen y mucho menos que discuten los contenidos de los libros. Existe un analfabetismo funcional impresionante en la mayoría de las poblaciones del mundo. Y esta circunstancia obliga a todos a detenerse, en este Día Mundial del Libro, y reflexionar profundamente que tiene que hacer todo el mundo para resolver este conflicto estrictamente humano.

Si bien en las escuelas todos aprenden actualmente a leer y escribir, parece que hoy no es suficiente. Nadie podrá negar que el analfabetismo ha disminuido en todas las estadísticas mundiales, pero no se entiende por qué, si la gente aprendió el mecanismo de la lectoescritura, una cantidad considerable de individuos no lee ni escribe, o lee y escribe muy poco. Ni qué decir de que la gente discuta con otros sus lecturas. 

Por ello, no creo que valga la pena celebrar a secas el Día Mundial del Libro bajo estas circunstancias graves de analfabetismo funcional. Pero sí sería meritorio que se promoviera la lectura, la escritura, la discusión y otras formas de relacionarse con el libro. Les toca a las autoridades de educación y cultura, tanto nacionales como estatales, y a la sociedad en general impulsar programas de lectura y redacción y otros proyectos que impliquen abrir un libro, para lo que cada quien haga lo que se le ocurra a partir de la lectura. 
contacto@lajornadamaya




Edición: Estefanía Cardeña


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