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La agresión armada ocurrida el sábado pasado en el hotel Hilton Washington en momentos en que tenía lugar allí la cena del presidente con la Asociación de Corresponsales –un encuentro tradicional que Donald Trump suspendió durante su primer mandato y al que asistía por primera vez en el segundo– arroja interrogantes sobre la gestación del episodio, sobre la funcionalidad del actual gobierno de Estados Unidos y sobre lo que falta por ver no sólo durante los 32 meses que faltan para la próxima elección presidencial, sino incluso durante los siete que restan para la elección de medio término, a celebrarse en noviembre de este año.

Por principio de cuentas, la acción violenta pareciera obedecer al conocido patrón estadunidense de ataques con armas de fuego perpetrados sin razón aparente por individuos aislados y podría atribuirse a un intento de su perpetrador de llevar a cabo un tiroteo masivo, de no ser porque ocurrió en un sitio que, en teoría, tendría que haber estado protegido por un dispositivo de seguridad excepcional e incluso abrumador, como los que acompañan en todo momento a cualquier titular del Ejecutivo estadunidense, tanto en su país como en sus viajes al extranjero. Y aunque en esta ocasión Trump no estuvo en ningún momento en la mira del tirador, el hecho de que éste haya logrado actuar tan cerca del entorno presidencial sólo puede entenderse de dos maneras.

Pudo tratarse de una falla catastrófica del Servicio Secreto –denominación popular del equipo de protección de los mandatarios del país vecino–, particularmente grave si se consideran el ya referido contexto de la violencia estadunidense y la extremada polarización que suscita la figura de Trump, quien ya fue víctima de un atentado que estuvo muy cerca de ser fatal durante su segunda campaña presidencial en julio de 2024 en Pensilvania.

Por otro lado, si se toma en cuenta el pronunciado declive del millonario neoyorquino en la aceptación de la sociedad, su imposibilidad de encontrar una salida mínimamente verosímil y presentable a la guerra que él mismo desató contra Irán sin justificación alguna, el daño geoestratégico que ha causado al pelear con la red de aliados de Washington en el mundo y el deterioro que sus arbitrariedades han generado a la economía planetaria, no puede descartarse que la acción de un individuo armado con una escopeta en el vestíbulo del salón donde se realizaba la cena de la Asociación de Corresponsales sea un intento de cortina de humo urdida desde las entrañas del trumpismo para desviar la atención de la cada vez menos sostenible situación de su líder en la Casa Blanca.

No debe pasarse por alto, a este respecto, el hecho de que una amplia reunión con periodistas sería la circunstancia más mediática posible para asegurar un gran impacto inmediato y extenso en la opinión pública estadunidense y mundial. A fin de cuentas, buena parte de los extravíos del magnate se explican por su tendencia a gobernar no con lógicas políticas, sino con golpes de efecto característicos de los reality shows en los que él mismo ha tenido una intensa participación; no debe olvidarse que el principio central de ese negocio mediático consiste en hacer que un sucedáneo de la vida real ocurra a cámara.

Sea cual sea la verdad de lo ocurrido, el ataque del sábado en el hotel Hilton Washington deja flotando en el aire dos grotescas paradojas: el presidente que tanto ha ambicionado el Premio Nobel de la Paz no quiere o no puede pacificar su propio país; al mismo tiempo, en menos de dos años, el que tanta destrucción bélica ha provocado contra personas inocentes en diversos puntos del mundo con el pretexto de fortalecer la seguridad nacional de Estados Unidos ha estado en dos ocasiones a unos metros de un tirador dispuesto a acabar con su vida, y el enorme poderío militar, económico, judicial, tecnológico, mediático y diplomático del país que preside no ha podido hacer nada por evitarlo.


Edición: Ana Ordaz


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