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Foto: Rodrigo Díaz Guzmán

Abrahan Collí Tun

La comunidad de Cháak —como nombran los pobladores a su localidad, Telchaquillo— se mantienen firmes exigiendo la coadministración del territorio arqueológico de Mayapán, ubicado en su demarcación local. El Comité de lucha indígena de Telchaquillo reclama la reconfiguración de los mecanismos de gestión del sitio, administrado únicamente por el INAH durante décadas. Piden comunitariamente la ratificación de su personalidad jurídica y de la autoridad agraria, así como el reconocimiento de sus derechos como pueblo maya.

La relación de las comunidades locales con los sitios arqueológicos no puede generalizarse en una única noción de patrimonio, una que resalta el valor turístico y hace primar la monumentalidad. Distintas formas de vincularse existen entre las personas mayas con estos espacios. La noción de zona arqueológica prescribe formas específicas de relación que difieren de las locales, las de los pueblos que, históricamente, interactúan con estos espacios, mantienen vínculos de interdependencia y les nombra de modos distintos.

En la península de Yucatán se piensa, relata, habita y visita a los muulo’ob de muchas formas. Muul, xlab pak’, kuj no siempre comparten el mismo significado y relación que “ruina”, concepto más difundido sobre las edificaciones precoloniales entre los viajeros de los siglos XIX y XX. Hay quienes les refieren como casa de “los antiguos”, le úuchben máako’obo’, vestigios de otras poblaciones mayas que antecedieron a las actuales. Otros relatan que fueron edificadas por los p’uuso’ob, humanos encorvados y fuertes que, aunque construyeron enormes palacios, no sobrevivieron al Diluvio. En algunos pueblos donde hay edificaciones mayas precoloniales se advierte que, llegado el mediodía, quien se acerque a un muul o un sak bej corre el riesgo de cargar un mal viento. 

Todos los casos reconocen el carácter sagrado de estos lugares, a los que se debe respeto, reverencia y cuidado. Hay una interacción cotidiana con estos sitios: no solamente con los muulo’ob, sino también con los montes y pueblos donde se encuentran, cuerpos de agua naturales o aljibes arqueológicos colindantes y en funciones. Pensar creativamente en nuevos formatos de coadministración implica reconocer modos de intercambio, cuidado y aprovechamiento que muchas comunidades alrededor de los sitios mantienen. 

Otros modos de vinculación se han gestado en procesos de investigación arqueológica. No son pocos los casos en que personas mayas de poblaciones aledañas a determinado sitio compartieron experiencias con arqueólogos, fueron sus guías en los montes, aprendieron y también enseñaron. Los sitios arqueológicos no pueden seguir pensándose como aislados del territorio que los cobija. Devienen en su relación constante con sus habitantes, visitantes, y en esta complejidad de formas de relación urge replanteamientos en sus formas de gestión. Es decir, se requieren nuevos modos de gobernanza.

Muy bien puede gestarse una forma de coadministración según las peticiones y necesidades de los pobladores de Telchaquillo. Antecedentes de esto son las que se han tejido entre el INAH y otras agencias ya sea adheridas al aparato estatal como con CULTUR, o bien las de índole privada, como es el caso de Xcaret. Otros casos son con las municipalidades, como Mérida, con los llamados “parques arqueológicos”, como el de Xoclán, cuya forma de gestión privilegia el ámbito social y educativo de la ciudadanía, como ha apuntado Ligorred (2019). ¿Por qué no crear una que parta del reconocimiento jurídico de Telchaquillo en tanto comunidad maya?

La propuesta de la localidad, emergida desde lo comunitario para coadministrar activamente el sitio de Mayapán, reconoce la complejidad de formas de relación, valoración, y la consideración de beneficios laborales y de dinamización económica local. Es una oportunidad para diversificar los modelos de gestión del Estado y una circunstancia favorable para sanear la relación del INAH con las comunidades mayas actuales y sus diferentes modos de asociación y organización social y jurídica, de comprometerse con alternativas de entender patrimonio que tanto se evoca, y consignar las implicaciones de justicia para con las comunidades mayas y sus territorios arqueológicos. 

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Edición: Fernando Sierra


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