Opinión
Felipe Escalante Tió
03/05/2026 | Mérida, Yucatán
“De Sonora a Yucatán se usan sombreros Tardán”, rezaba un anuncio radiofónico hace ya casi 100 años. Muy probablemente esto no era así, pero lo cierto es que la estación que emitía esa publicidad sí se escuchaba en los extremos del país. Hace un siglo, muy pocos asuntos vincularon a estos estados, tan distantes geográficamente, pero que de alguna manera han establecido puntos de unión.
Desde el siglo XIX y hasta bien entrado el siglo XX, el Estado mexicano libró simultáneamente dos guerras contra poblaciones indígenas: la conocida como “Guerra de Castas” en la península de Yucatán (1847 -1901) y la del Yaqui, en Sonora (1880 -1925); aunque debe reconocerse que ambos son conflictos inconclusos, especialmente el sonorense.
Entre 1900 y 1902 fueron desterrados cientos de indígenas yaquis. Oficialmente se menciona a 400, pero este conteo suele no incluir a mujeres y niños. En fuentes no muy confiables, se habla de hasta 8 mil desplazados forzosamente. ¿El destino? Algunas haciendas henequeneras de Yucatán, desde donde todos aquellos cautivos soñaban con regresar a Sonora. Alrededor de 1911, algunos actores políticos como José María Pino Suárez y Tomás Pérez Ponce, aprovecharon esta esperanza para emplearlos como grupos de choque en la campaña electoral, ofreciéndoles a cambio un barco para el retorno, el cual por varios motivos nunca llegó.
Ahora, ¿cómo tomarían los yucatecos de entonces, y especialmente los habitantes de Mérida, a quienes otro sector de la prensa animaba a protestar contra la presencia de los yaquis? No se crea que el periódico que promovía la candidatura de Delio Moreno Cantón, contraria a la de Pino Suárez, tenía motivos humanitarios; al contrario, su intención fue la de producir alarma ante la movilización de indígenas a los que no controlaba.
Precisamente en un momento un tanto convulso en Yucatán, una empresa de espectáculos se animó a presentar en el Circo Teatro Yucateco un estreno de que no se ofrecen detalles acerca de quiénes serían los intérpretes, pero la nota, publicada el 14 de diciembre de 1911 en el Diario Yucateco, ofrece un muy interesante resumen del argumento.
Con el título “La función de hoy en el Circo Teatro”, el Diario anunciaba que la Empresa Treviño estrenaría “la pantomima La Sonora”, que por lo que se deduce era una representación en tres actos y retrataba un episodio de la guerra con los yaquis.
“La escena representa el interior de una casa del pueblo de Torin, donde festejan el santo de la hija de los dueños. Van llegando los amigos e invitados y se sientan a la mesa ya dispuesta. Dos de ellos bailan un jarabe tapatío entre frenéticos vivas de los convidados. Cuando están más engolfados en su fiesta, llega un soldado con un parte, ordenando al jefe de la familia que se ponga inmediatamente en camino porque los indios han asaltado un pueblo llamado Pótam. El jefe de la familia se va a cumplir su obligación y deja la esposa afligida, a la que tratan de consolar los amigos presentes. Preséntanse dos indios yaquis que piden de comer, pues aseguran se encuentran extenuados de hambre. Mandan darles de comer y ellos suplican les dejen dormir en el patio, a lo que acceden los dueños de la casa. Se retiran todos a descansar, pero el criado queda en acecho porque ha sospechado que los indios traen un plan de asalto. Efectivamente, a poco los indios se acerca a la tapia y franquean la puerta a sus numerosos compañeros que del otro lado les esperaban y se disponen a asaltar la casa. El criado sale corriendo a avisar a las fuerzas rurales del campamento cercano. Aparece el campamento de rurales. Estos descansan mientras las soldaderas preparan la comida. Entre tanto los yaquis han sorprendido a la familia, matando a la esposa del dueño de la casa y robándose a su niño.”
Hasta aquí, el cuadro tiene la intención de producir temor en quienes observan la escena, introduciendo varios elementos: la ruptura de la paz, que permite el festejo familiar; la posibilidad de caer en un engaño por parte de los yaquis, y el efecto es la desintegración de la familia y del patrimonio. Es, en suma, un mensaje de propaganda que construye al enemigo. La trama continúa en el siguiente acto:
“Llega el criado al campamento de los rurales y avisa que los indios han asaltado la casa. Las fuerzas marchan inmediatamente al lugar del suceso.
“La familia va huyendo de los yaquis que tratan de matarlos, cuando llegan los rurales empeñándose en un rudo combate que termina con la muerte y dispersión de los indios y la completa victoria de los rurales”.
No deja de ser sumamente curioso que se refiera a las fuerzas federales como “rurales”, cuando estos eran un cuerpo de milicia asociado plenamente al gobierno de Porfirio Díaz. Entonces, La Sonora resultaba una obra que, a pesar de encontrarse en tiempos maderistas, evocaba el orden porfiriano, adelantándose por lo menos dos décadas a las películas que hicieron lo propio, pero eso sí que es otro tema, para otras notas y otros tiempos.
Edición: Fernando Sierra