Opinión
Miguel Ángel Cocom
04/05/2026 | Mérida, Yucatán
Rosa María Padilla Díaz nació en Yaxcabá, una comunidad del oriente de Yucatán cuyo nombre significa “lugar de tierra verde”. Allí, entre patios amplios, caminos de piedra blanca y árboles que marcaban el ritmo de la vida cotidiana, comenzó a formarse una curiosidad que con el tiempo se convertiría en vocación docente. La infancia que recuerda está llena de movimiento, juegos y descubrimientos. “Crecí descalza, corriendo por el patio de la casa de mis padres, trepándome a los árboles y mirando el cielo”, ha contado. Sin saberlo entonces, ese deseo de explorar el mundo terminaría encontrando su cauce en la enseñanza.
Su historia familiar refleja la experiencia de muchas familias yucatecas: un hogar numeroso, nueve hijos, una madre dedicada al cuidado del hogar y un padre trabajador que sostenía a la familia con esfuerzo constante. En ese ambiente aprendió el valor de la disciplina, la responsabilidad y la educación como herramienta de transformación. También recuerda con especial cariño la voz de su abuela, quien, aunque no sabía leer, fingía hacerlo porque intuía el poder de las palabras. Aquella imagen quedó grabada como una metáfora temprana del valor del conocimiento.
La lengua maya forma parte esencial de sus raíces. La comprende plenamente y se siente orgullosa de ello, aunque reconoce que su expresión aún puede perfeccionarse. Para Padilla Díaz, reconocer las lenguas originarias también implica cuestionar inercias culturales heredadas. “Hay que desterrar el colonialismo arraigado, esa fuerza invisible que todavía ronda en nuestra sociedad”, ha señalado al reflexionar sobre la identidad cultural y la educación.
Su formación escolar comenzó en la Escuela Primaria Federal “Hermenegildo Galeana” y continuó en la Secundaria por Cooperación “Tiburcio Cosgaya y Solís”. La escuela fue desde entonces un espacio de encuentro y descubrimiento. Allí comenzó a gestarse una vocación que la llevaría a dedicar más de cuatro décadas a la educación.
En 1978, con apenas 17 años, dejó Yaxcabá para trasladarse a Mérida e ingresar a la Escuela Normal “Evelio González Montalvo”. Aquella decisión marcó el inicio de una etapa decisiva en su vida. La institución tenía fama de rigor académico y disciplina. Sus profesores, muchos de ellos recién jubilados, eran exigentes y estrictos. Con el paso del tiempo, Padilla Díaz reconoce con gratitud aquella formación. Años después comprendería que detrás de esa exigencia había un profundo compromiso por formar a nuevas generaciones de maestros.
En 1982 obtuvo su título como Profesora de Educación Primaria y, dos años más tarde, inició su servicio docente en la comunidad de Tahcabó, municipio de Calotmul. Aquella primera experiencia frente a grupo fue el inicio de una trayectoria de más de cuarenta años en la educación básica.
Su formación profesional continuó de manera constante. En 1993 concluyó la Licenciatura en Educación Primaria en la Universidad Pedagógica Nacional, sede Valladolid. Más adelante cursó la Maestría en Desarrollo Educativo con línea en Formación Docente en la UPN Ajusco y en 2013 obtuvo el Doctorado en Ciencias de la Educación por la Universidad Santander de Mérida.
Cada uno de esos pasos implicó desafíos personales y familiares. Durante sus estudios de maestría viajaba tres veces por semana de Valladolid a Mérida. Primero recogía a sus cuatro hijos de la escuela, los dejaba en casa y luego emprendía el trayecto hacia la capital del estado. Al regresar, cerca de las diez de la noche, todavía revisaba sus tareas antes de continuar con sus propios estudios. El cansancio era constante, pero también la convicción de que su preparación académica tendría un impacto directo en sus estudiantes.
Durante 29 años trabajó frente a grupo en distintas comunidades y cabeceras municipales del oriente de Yucatán: Tahcabó, Calotmul, Temozón, Tikuch y Valladolid. Cada escuela representó un contexto distinto, pero también una oportunidad para sembrar conocimiento y valores en generaciones de niñas y niños.
Para Padilla Díaz, la educación rural tiene un significado especial. “Provengo de una comunidad rural y sé de lo que hablo cuando pido equidad para todos los estudiantes”, ha señalado al referirse a la necesidad de garantizar que ningún niño o niña quede sin libros o sin maestros.
A lo largo de su carrera impulsó proyectos educativos orientados a fortalecer la lectoescritura, la formación en valores y la participación de la comunidad en la vida escolar. Uno de sus trabajos más destacados fue el proyecto “Potenciando la lectoescritura para la producción de diversos tipos de textos”, que recibió en 2018 el reconocimiento del Instituto Latinoamericano de la Comunicación Educativa como una práctica innovadora en Iberoamérica.
Para ella, el aula siempre ha sido un espacio de aprendizaje compartido. “El profesor también aprende cuando educa”, suele decir. En su visión, el docente no solo transmite conocimientos, también inspira, acompaña y aprende junto con sus estudiantes.
En 2013 obtuvo su clave como directora de educación básica, lo que abrió una nueva etapa en su trayectoria profesional. Dirigió la escuela Imelda Rivero Centeno en la comunidad de Popolá y, en 2014, la Escuela Primaria “Club de Leones 5” en Valladolid.
Desde la dirección escolar promovió una gestión basada en la colaboración. Considera que la educación es una tarea compartida que involucra a docentes, estudiantes, familias y autoridades. Acompañar la práctica docente, fortalecer el aprendizaje de los alumnos y fomentar la participación de los padres de familia se convirtieron en ejes centrales de su trabajo.
Paralelamente desarrolló una extensa trayectoria en la Universidad Pedagógica Nacional, donde colaboró durante 26 años. En esta institución fue docente, coordinadora administrativa de la subsede Valladolid, subdirectora académica de la Unidad 31-A en Mérida y enlace académico de la Maestría en Educación.
Desde la UPN participó activamente en la formación de nuevos maestros, asesoró tesis de licenciatura y posgrado, coordinó diplomados y participó en foros académicos nacionales e internacionales. En 2021 la universidad reconoció su trayectoria al dar su nombre a la biblioteca de la subsede Valladolid, un gesto que simboliza su legado académico y humano.
Su trabajo también la llevó a participar en congresos internacionales en ciudades como Barcelona, Buenos Aires y Leiría, donde presentó investigaciones sobre lectoescritura, formación en valores y gestión escolar.
En 2024 presentó el proyecto “Las relaciones sociales y la mediación comunitaria” en el Premio Yucatán de Ciencia y Tecnología, Innovación y Vinculación, y participó en el encuentro ESI Amlat realizado en Lima con una investigación titulada “La basura en la escuela”.
Ese mismo año, el 15 de mayo, en el marco del Día del Maestro, la Secretaría de Educación del Gobierno del Estado de Yucatán le otorgó el reconocimiento de Maestra Distinguida 2024.
Durante la ceremonia expresó que el premio representaba el esfuerzo cotidiano de miles de docentes en el estado. “Es un honor recibir este reconocimiento a nombre de los más de veinte mil maestros de Yucatán”, señaló al recordar a quienes caminan kilómetros para llegar a sus comunidades o recorren largas carreteras para enseñar.
Después de más de cuatro décadas en la educación básica y veintiséis años en la formación de docentes en educación superior, Padilla Díaz decidió cerrar un ciclo profesional en septiembre de 2024 con su jubilación.
Sin embargo, su relación con el aprendizaje continúa. Actualmente cursa un posdoctorado en Investigación y Ambientes de Aprendizaje en el Centro de Estudios de Educación Superior de Mérida, convencida de que el conocimiento es un proceso permanente.
Su trayectoria demuestra que la educación no se limita a un espacio o a una etapa de la vida. Es una práctica que se construye día a día y que se renueva con cada generación.
Desde los patios de Yaxcabá hasta las aulas universitarias, Rosa María Padilla Díaz ha dedicado su vida a enseñar, aprender y compartir. Su historia confirma que la educación, más que una profesión, puede convertirse en una forma de transformar la realidad.
Como ella misma lo expresa: educar también es aprender, inspirar y crecer junto con los demás.
Edición: Fernando Sierra