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Foto: Rodrigo Díaz Guzmán

Próximamente, estaremos participando en ”XI Septiembre Cultural 2026” que organiza la UADY, a través de la FILEY, con la coordinación de la Dra. Sara Poot Herrera y la Asociación Internacional de UC-Mexicanistas. El año pasado, el tema fue: Mérida, la memoria y las artes, que me invitó a narrar los tiempos juveniles que viví y que hoy les comparto algunos trazos en la Crónica de una chica MMC, a mediados de los 60 en Mérida.

“Las chicas MMC, (mientras me caso), niña fresa, xnukninia, hija de familia…  Niñas bien a las que había que mandar con chaperona para que los niños mal no las contagiasen, o para que quedara muy claro que esta chica era una niña buena, decente que cuidaba “aquellito” entero, para llegar impoluta al altar. 

La realidad es que si bien, la mayoría, así llegaba, aunque no meto la mano al fuego, nunca se decía que algunas de esas niñas bien, disfrutaban darle a su niño mal, tan buena calentada que este tenía que ir a la zona roja a desahogarse y ella, tranquila su conciencia, no tenía razón para visitar el confesionario. 

Nadie nos decía que aquellas actividades juveniles, estaban encaminadas a pescar como marido, a un hombre, guapo y rico. Si no estaba guapo… la verdad, no había muchos Juniors García, por el que nos trepábamos a la barda del ex Country Club a verlo jugar tenis, o como los Peniche, que eran más grandes o un Tuto Iturralde, por el que acompañaba a una amiga para ver si lo veíamos asomarse a su ventana. También los altos eran escasos, por lo que mi hermanito Jorge Luis era muy solicitado como chambelán y dos primas y yo, ellas más altas, nos peleábamos por Fernando Espejo que era alto y muy amable. Así que lo más conveniente terminaba siendo un hombre rico, que no eran tantos. Y cuando la desesperación de la cantidad de años era ya insoportable, tocaba aceptar lo que sea, aunque que no fuera ni guapo, ni rico; ser hombre era más que suficiente. Y si el niño, salía patán, pues ni modos, se había logrado el objetivo de pescar marido, y éste, por lo menos era “conocido” y no quedaba de otra, más que cargar la cruz. 

El momento crucial de la vida de una jovencita de Mérida llegaba a los 18 años con su presentación en sociedad en el baile de fin de año en el Club Campestre. “Hija mía, te presento a la sociedad, sociedad, te presento a mi hermosa princesa, mírenla bien, ¿Quién la quiere? ¿Quién da más?” decían sin decir. 

A diferencia de ahora en que lo que importa es cuánto tienes, en aquellos tiempos ser “conocida”, pesaba más. ¿Qué pata puso ese huevo? ¿Hija de quién? Preguntaban las abuelas. Fue así como debuté en el Campestre, sin ser socia del club. Era mi generación la que debutaba y me uní a ellas, nadie me preguntó si era socia y yo tampoco pregunté si podía. 

Todas, de colegio de niñas, en los ensayos se comenzaban a conocer el menú de las posibilidades. En aquellos tiempos, lo peor que te podía suceder era que nadie te invitara y se quedara tu vestido largo, colgado. No era extraño enterarte de que el galán, era como tú, nieto de hacendado venido a menos, pero conocido y activo en la vida social, aunque para entrar al club, tuviera que brincar la albarrada trasera, cosa que se sabía y no impedían, ¡era conocido! Ellos también estaban a la caza de la fortuna.

Al final del baile, lo divertido era ir en el amanecer, aun vestida de largo, a Santa Ana o a Progreso, a disfrutar unos deliciosos tacos de cochinita y a comprar el Diario para ver quién había logrado captar la atención del fotógrafo Isidro Ávila, o el Novedades, con las crónicas de sociales de Elvia Rodríguez Cirerol.

Mientras los papás iban al centro nocturno Tulipanes, a nosotras nos invitaban a bailar al Mural del Hotel Panamericana, que, con una luz tan bajita, podían ocurrir sorpresas, o al Aloha del hotel Montejo Palace. En la temporada, la cita era todos sábados en Cocoteros, un club de playa. Donde se lucían las lindas chicas a go-go.

Ser “quedada”, era lo más terrible que te podía suceder. ¿Quién te iba a mantener en la ancianidad? Nadie te decía que, preparándote, podías ver por ti misma…

Continuará...


Edición: Fernando Sierra


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