Opinión
Rafael Robles de Benito
10/05/2026 | Mérida, Yucatán
El once de mayo de 1926, hace ya un siglo, nació Alfredo Barrera Marín, hijo del celebérrimo mayista Alfredo Barrera Vázquez. Un par de décadas después se convertiría en uno de los primeros biólogos egresados del Instituto Politécnico Nacional. Después sería el diseñador y fundador del Museo de Historia Natural de la Ciudad de México, en la tercera sección del bosque de Chapultepec, donde los chicos de mi generación tuvimos nuestras primeras impresiones acerca del vasto universo de la biodiversidad. También fue parte de la cohorte de profesores que formaron a las generaciones de biólogos terminaron por constituir la base humana de la política ambiental mexicana, que tuvieron el raro privilegio de ver el trabajo en aulas y laboratorios de personajes como Gonzalo Halfter, creador de la primera reserva de la biosfera mexicana, en el Bolsón de Mapimí, Arturo Gómez pompa, fundador de lo que sería durante años el corazón de la generación de conocimiento acerca del capital natural de México, el Instituto Nacional de Investigación sobre Recursos Bióticos, donde también colaboró el Dr. Barrera en los años ochenta, en la ciudad de Xalapa; o el Doctor José Sarukhan Kermez, que terminaría por presidir la más valiosa experiencia que haya emprendido nuestro país en materia de recursos bióticos, al crear y encabezar la CONABIO. Aunque tuvimos muchos otros maestros, algunos muy distinguidos, estos cuatro fueron los pilares de lo que fue el edificio mexicano de la biología, durante décadas.
Conocí a Alfredo Barrera Marín antes de entender siquiera lo que significaba el término “biogeografía”, mientras hacía esfuerzos más o menos desordenados y desorientados para convertirme en algo parecido a un biólogo.
Durante los últimos semestres de la carrera de biología, sostuve varias conversaciones con quien había sido mi profesora de Botanica IV (Rosa María, de quien he olvidado el apellido). Ahí empezó la idea que acabó por convertirse en mi tesis de licenciatura y que me condujo a la puerta del laboratorio de Biogeografía, donde trabajaba el Dr. Barrera, entre otras cosas investigando la distribución de pulgas en las poblaciones de ratones de la zona de los volcanes. El planteamiento que le propuse para emprender la formulación de una tesis era sencillo: si los huertos tradicionales de los pueblos originarios del país incluían en arreglos pluriespecíficos árboles frutales y maderables, arbustos y hierbas comestibles, plantas medicinales, forrajeras y especies de ornato, su estructura en estratos y su diversidad podrían resultar semejantes a las de las selvas de la región; y vendrían siendo algo así como la evolución cultural de un proceso de manejo de la vegetación natural, que terminaba por substituir la composición florística de la selva por un sistema de especies útiles, sin alterar demasiado su estructura, índice de diversidad y resiliencia, en un proceso que daba lugar a sistemas agroecológicos sustentables y resilientes, importantes contribuciones a la seguridad alimentaria de las comunidades rurales. Para mi sorpresa, no sólo me escuchó, sino que la idea le resultó interesante. Me hizo una serie de preguntas que dejaron claro que me faltaba mucho trabajo por hacer y accedió a dirigir mis esfuerzos para formular una tesis.
El doctor se tiró un clavado al espíritu de mi propuesta, que terminó por convertirse en la tesis para obtener el título de licenciado en biología, titulada “Los Huertos de Frutales de Coatlán del Río como Comunidades Vegetales” y me brindó aportes que marcaron para siempre mi recorrido por las ciencias naturales. Lo que fue apareciendo a lo largo del trabajo fue algo mucho más valioso que el mero análisis ecológico: al acompañarme a algunas salidas de campo, Alfredo Barrera me fue mostrando atisbos de preguntas que hoy siguen siendo fundamentales para entender la relación de los pueblos con su entorno, la riqueza cultural del México prehispánico y la urgencia de encontrar espacios de encuentro que permitan la realización efectiva de un diálogo de saberes sin permitir que la narrativa científica convencional de occidente descalifique las de los pueblos originarios. Me enseñó también, con una calidez sin par, el real talante de un naturalista. Y es que Alfredo Barrera veía el entorno integralmente. Lo mismo si estudiaba los ectoparásitos de los ratones que, si se preguntaba por el significado de las figuras de plantas y animales en los códices o las estales prehispánicos, su perspectiva abarcaba el paisaje completo, las culturas que lo habitan o lo habitaron antaño y los múltiples significados que podían leerse en cada observación.
Por desgracia, Alfredo Barrera Marín no pudo acompañarme hasta el final de la elaboración de mi tesis. Un agresivo cáncer se lo llevó sin más, truncando una trayectoria que tendría que haber sido aún más valiosa de lo que fue. Las últimas correcciones que hizo a mi proyecto, las hizo desde la cama del hospital, en reuniones que resultaban más que tristes. Después de su deceso. Alicia Bárcena accedió generosamente a terminar de dirigir mi proyecto, de manera que me pude recibir. No sólo lo que quedó en aquel ensayo, sino todo lo que hice después en mi trabajo como biólogo, llevó siempre la impronta del Doctor Barrera. Su figura fue la del naturalista al que habría que aspirar, de una sobria elegancia, un carácter profundamente humanista y una clara visión integradora. Sirvan estas líneas como un homenaje a su memoria.
Edición: Fernando Sierra