Opinión
La Jornada
11/05/2026 | Ciudad de México
De acuerdo con los registros del sistema de monitoreo aéreo FlightRadar24, el gobierno de Estados Unidos ha incrementado en forma significativa los vuelos de aviones y drones de inteligencia militar alrededor de Cuba, particularmente cerca de La Habana y de Santiago. Ello se suma a los recientes amagos de Donald Trump contra la isla y al paquete de nuevas agresiones económicas impuesto la semana pasada por la Casa Blanca, que criminaliza toda cooperación internacional con el gobierno cubano.
El régimen estadunidense se ha embarcado así en una ofensiva cuádruple contra Cuba: económica, militar, mediática y sicológica, en la que alterna amenazas, endurecimientos del bloqueo y mentiras llanas, como la que profirió hace unos días el secretario de Estado, Marco Rubio, sobre una supuesta “ayuda humanitaria” por 100 millones de dólares a la isla, la cual habría sido rechazada por La Habana.
La preocupación por una posible agresión armada estadunidense en la Antilla mayor tiene sobrados fundamentos, si se considera que Trump anda en desesperada búsqueda de algún asunto que le permita alejar los reflectores del desastre estratégico al que llevó a su país al atacar a Irán, de la caída estrepitosa de su popularidad –incluso entre sus propios seguidores y aliados–, del mal desempeño de la economía de Estados Unidos, del multiplicado descontento político y de las dudas crecientes sobre su salud física y mental y sobre sus capacidades para seguir en el cargo; todo ello, a pocos meses de una elección de término medio que se augura como catastrófica para él y para su partido, el Republicano.
Por otra parte, debe considerarse que una incursión bélica contra la isla tendría escasas probabilidades de éxito a corto plazo y muchas de convertirse en un nuevo pantano para el régimen trumpista. El viernes pasado el canciller cubano, Bruno Rodríguez, advirtió que de concretarse, los amagos belicistas contra su país procedentes de la Casa Blanca podrían desembocar en “una catástrofe humanitaria, un genocidio, la pérdida de vidas cubanas y de jóvenes estadunidenses” y en “un baño de sangre” en la isla.
Debe advertirse, adicionalmente, que los nunca superados designios militares de Estados Unidos contra Cuba han perdido respaldo en la sociedad en general, e incluso en la comunidad cubanoestadunidense, en la que la trasnochada fobia anticomunista ha perdido hegemonía y ha ido cediendo paso a nuevas posiciones que, por elemental sentido humanitario o por mero pragmatismo, se oponen a tales fantasías de agresión.
En otro sentido, el sádico bloqueo económico originado hace más de seis décadas y acentuado en las dos administraciones trumpistas no sólo degrada hasta niveles inimaginables las condiciones de vida de la población cubana, sino que es un agravio contra la soberanía de otros gobiernos –incluido el de México– y contra los intereses de actores económicos que se ven impedidos de realizar negocios en la isla.
Así pues, pese a las renovadas amenazas de una agresión militar directa de Washington contra Cuba, no le será fácil concretarla al grupo que detenta el poder en la Casa Blanca. En este contexto, la opinión pública de Estados Unidos y la internacional deben movilizarse para evitar que el trumpismo perpetre lo que sería uno más de sus crímenes.
Edición: Ana Ordaz