Opinión
Ulises Carrillo Cabrera y Ana Brun
14/05/2026 | Cannes, Francia
Hay algo particularmente revelador en el ambiente de este Festival de Cannes. Más allá de las alfombras rojas y del espectáculo mediático, muchas de las películas presentadas este año parecen compartir una misma obsesión: vidas que avanzan una junto a la otra sin tocarse completamente. Personas separadas por años, decisiones, guerras, ciudades o accidentes mínimos que terminan construyendo relatos paralelos. Historias simultáneas que de pronto se cruzan apenas unos segundos y luego vuelven a separarse.
Y quizá eso sea exactamente la vida humana. En ese contexto aparece Vies Parallèles, dirigida por Asghar Farhadi y protagonizada por Isabelle Huppert, Tahar Rahim y Virginie Efira, una película que parece entender algo esencial sobre la relación entre ficción y realidad. La ficción nunca nace completamente de la imaginación.
Toda gran historia necesita un anclaje profundo de credibilidad. Incluso las novelas más fantásticas funcionan porque contienen algo emocionalmente verdadero: una conversación posible, un miedo reconocible, una pérdida auténtica, un deseo humano universal.
La ficción no escapa de la realidad. Se alimenta de ella. Y quizá por eso las grandes películas conmueven tanto. Porque, aunque los personajes no existan, siempre contienen algo reconocible. Algo que parece haber sido vivido antes por alguien en alguna parte.
Vies Parallèles trabaja precisamente sobre esa sensación. La película parece construida a partir de pequeños fragmentos de vida observados con enorme precisión: silencios incómodos, encuentros casuales y decisiones aparentemente insignificantes que terminan alterando destinos enteros. Nada se siente completamente inventado. Todo tiene la textura emocional de las cosas reales. Eso hace el gran arte narrativo.
No crea desde la nada. Transforma experiencia humana en relato. Pero la película también sugiere algo todavía más interesante: que la relación entre ficción y realidad funciona en ambos sentidos.
Así como la vida alimenta las historias, las historias también terminan enseñando a vivir. Las personas aprenden a nombrar emociones leyendo novelas. Aprenden a entender el amor, la pérdida, el miedo o la ambición viendo personajes atravesar experiencias similares. Muchísimas veces las emociones primero son conocidas a través de relatos antes de ser experimentadas directamente. Y eso tiene algo profundamente humano.
Las historias amplían la experiencia de vida. Permiten habitar otras perspectivas sin abandonar la propia existencia. Funcionan como una especie de entrenamiento emocional para futuros posibles, hermosos o terribles. Tal vez por eso algunas novelas llegan a sentirse más reales que ciertos recuerdos.
Y Cannes entero parece construido alrededor de esa intuición. Una película habla sobre guerras, otra sobre infancia, otra sobre duelo o memoria histórica. Pero en el fondo casi todas intentan responder la misma pregunta: cómo darle sentido al caos de estar vivos.
Por eso Vies Parallèles resulta tan poderosa. No intenta impresionar con espectacularidad vacía. Hace algo mucho más complejo: observa a las personas con suficiente profundidad hasta volverlas universales. Porque quizá toda ficción importante funciona igual. Primero, observa la realidad con honestidad brutal. Y después devuelve esa realidad transformada en significado.
Eso explica por qué las novelas y el cine siguen siendo indispensables incluso en una época dominada por algoritmos y velocidad. Los seres humanos no viven solamente de hechos Viven relatos. Convierten coincidencias en destino. Recuerdos en narraciones. Personas en personajes y personajes en personas.
Y al hacerlo, intentan entender sus propias vidas.
Edición: Estefanía Cardeña