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Foto: Wikimedia Commons

Últimamente, entre los hispanófilos ha emergido una necesidad un tanto extrema de exculpar a los conquistadores españoles del siglo XVI de sus intervenciones violentas, destructivas e incluso genocidas. Antes, los hispanistas presumían que “un puñado de valientes” llegaron a México y conquistaron todo. Los territorios 10 veces más extensos que la propia España. De ahí que Hernán Cortés haya sido visto como un conquistador de la talla de Julio César, conducido en esa hazaña increíble por la Divina Providencia.

Este discurso, conocido como providencialista en la historiografía, estuvo vigente hasta buena parte del siglo XX. Pero, como reafirmaba un carácter destructor y autoritario, lo han cambiado. Entonces han retomado el asunto de que eran pocos y mandaron “la bronca de la destrucción” a los indios aliados, tlaxcaltecas principalmente. Así se lavan las manos. Hay personajes que llegan a decir que la Conquista no existió. O que España no hizo ninguna conquista de México. Y reciben los aplausos de la nueva hispanofilia, porque la aleja de sus crímenes: un recurso muy común, aunque un tanto cobarde.

Ahora bien, la destrucción de Tenochtitlan puede verse de varias maneras. Por ejemplo, el sitio de Tenochtitlan fue brutal. Por meses estuvieron encerrados, sin agua potable, acceso a alimentos y cosas así. Además, aparecieron enfermedades epidémicas como la viruela, el sarampión y las paperas Ambas cosas, las enfermedades y la técnica de asedio, son productos directos del Viejo Mundo. Ni el asedio, ni esas enfermedades existían antes de la presencia de los europeos. 

El asedio es una acción premeditada de destrucción. Las enfermedades se supone que no se usaron como arma, aunque no está muy claro el asunto y teniendo a un sujeto como Cortés, es razonable pensar que sabía de los contagios y en parte por ello los encerró. No hay que ser muy listo para entender esto. Después vinieron algunos meses de batallas directas contra los mexicas. Es parte de la estrategia de sitiar al enemigo. Hay que recordar que, en Europa, los asedios podían prolongarse no solo durante meses, sino incluso durante años, convirtiéndose en auténticas guerras de desgaste donde la paciencia, el suministro y la resistencia eran tan decisivos como la fuerza militar.

Una vez destruida la resistencia y capturado “el rey", la destrucción de la ciudad cesó por un tiempo. Después, los misioneros evangelizadores pidieron a Cortés que destruyera los templos de Satanás (las pirámides) porque los diablos habitaban físicamente en ellos y en las noches salían, bajaban, hablaban con los indios y los alentaban a rebelarse contra los cristianos. De ahí que, en su forma de ver las cosas, la evangelización no avanzara tan rápido como habían previsto. 

Cortés les hizo caso y fue demoliendo edificaciones, una tras otra, o sepultándolas para erigir sus propios templos, palacios y casas. Esto fue también una forma de manifestar el poder superior del nuevo Dios sobre los anteriores. 

De acuerdo con Eric Hobsbawm, un destacado historiador reconocido internacionalmente, la historia está siendo revisada o inventada por personas que no desean conocer el verdadero pasado, sino aquel que se acomoda a sus objetivos. La actual es la gran era de la mitología histórica. La defensa de la historia por sus profesionales es más urgente que nunca.

El problema es que los divulgadores no son necesariamente historiadores. Muchos suelen no haber leído rigurosa y críticamente los documentos de la época para enterarse bien de lo que aconteció. Que les gane la necesidad emocional, su deseo de no sentirse descendientes de unos criminales o la búsqueda de una buena retribución monetaria los lleva a negar la parte de la realidad que no les conviene. Pero esa realidad está ahí, y cualquiera puede verla, si lee las fuentes de primera mano y hace a un lado sus prejuicios y temores. De ahí la importancia de estudiar y entrenarse en la formación profesional de una disciplina como la Historia.

Por último, lo que señalé sobre la presencia de Satanás y sus sirvientes (diablos y otros) puede leerse en varios textos, como el de Motolinía. Por muy sabio que fuese, no puede pasarse por alto que, en aquella época, la comprensión de la historia descansaba fundamentalmente en los textos bíblicos. Aún no existía la teoría de la evolución, disciplinas como la geología o la geografía moderna; incluso la astrología y buena parte del saber natural seguían considerándose ámbitos morales y especulativos antes que ciencias empíricas. Conviene recordar, además, que Motolinía fue el mismo autor que en su tiempo atacó duramente a Bartolomé de Las Casas y que hoy suele ser reivindicado por ciertos sectores rosalegendarios.

Iván Vallado Fajardo es profesor investigador en Historia.

Coordinadora editorial de la columna: 
María del Carmen Castillo Cisneros; profesora investigadora en Antropología Social


Lea, de la misma columna: Ser arquitecta del INAH

Edición: Estefanía Cardeña



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