Opinión
La Jornada Maya
11/05/2026 | Mérida, Yucatán
Ser arquitecta dentro del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) no es una decisión cualquiera; implica, en muchos sentidos, asumir una forma distinta de entender la disciplina. Para mí ha significado entre otras cosas, dejar de ver los edificios como objetos terminados y empezar a leerlos como historias abiertas, como testimonios materiales de lo que hemos sido y de lo que seguimos siendo como sociedad.
Desde que comencé a interesarme por este camino, entendí que aquí el ejercicio profesional va mucho más allá del diseño de espacios nuevos. No se trata de imponer una visión nueva, sino de aprender a escuchar lo que ya existe; ya que cada muro antiguo, cada grieta o cada modificación acumulada con el tiempo habla de distintas épocas, de usos cambiantes y de personas que habitaron esos espacios mucho antes que nosotros llegáramos. Trabajar en el INAH implica por tanto, desarrollar una gran sensibilidad para interpretar todas esas huellas y tomar decisiones que no borren la memoria acumulada.
En lugar de transformar radicalmente, me atrae profundamente la idea de intervenir con respeto al mismo tiempo que acompañar procesos de conservación, estabilización y restauración sin falsificar. Todos son ejercicios de equilibrio constante entre lo técnico y lo histórico, entre lo estructural y lo simbólico. En este sentido es que la arquitectura se vuelve más un acto de mediación entre el pasado y el presente.
También he comprendido que este camino exige una preparación distinta, ya que la formación académica tradicional en arquitectura es solo el punto de partida, para desarrollarse en este ámbito. Sin embargo, para el trabajo que aquí realizamos es necesario conocer a fondo las normativas que regulan las intervenciones y, sobre todo, adquirir experiencia directa en campo.
Algo que resulta especialmente significativo es el trabajo interdisciplinario. En el INAH, una arquitecta no trabaja sola; colabora con historiadores, restauradores, arqueólogos, ingenieros y otros especialistas. Esta diversidad de miradas enriquece cada proyecto y obliga a cuestionar constantemente las propias decisiones. No se trata de tener la última palabra, sino de construir soluciones colectivas que respeten la complejidad de los bienes patrimoniales.
Por otro lado, también soy consciente de los retos. No es un campo fácil, aun así, lejos de desanimarme, esto refuerza mi interés: me hace ver la importancia de contar con profesionales comprometidos, dispuestos a trabajar con rigor y paciencia.
Hay algo profundamente valioso en saber que el impacto de este trabajo no siempre será inmediato o visible, pero sin duda, será duradero. Conservar un edificio histórico no es solo proteger una estructura; es preservar una parte de la identidad y memoria colectivas. Es permitir que futuras generaciones puedan conocer, recorrer y entender dichos espacios significativos. Esa dimensión social y cultural es, para mí, una de las principales motivaciones.
En lo personal, me imagino recorriendo zonas históricas, analizando estructuras, documentando procesos constructivos tradicionales y participando en proyectos que requieran una intervención cuidadosa. Me veo aprendiendo constantemente, enfrentando desafíos específicos en cada inmueble y desarrollando un criterio propio basado en la experiencia y el conocimiento.
Lo que más me atrae de ser arquitecta en el INAH es la posibilidad de ejercer la profesión con un sentido profundo. No solo construir o intervenir, sino cuidar, interpretar y transmitir. Es una forma de arquitectura que exige sensibilidad, responsabilidad y compromiso, pero que también ofrece una enorme riqueza en términos de aprendizaje y significado. No se trata de congelar el pasado, sino de integrarlo de manera consciente en el presente.
Elegir este camino ha sido apostar por una arquitectura que no busca protagonismo, sino permanencia; que entiende que el tiempo es un material más, y que trabajar con él implica respeto, paciencia y una mirada atenta. En ese sentido, más que transformar el entorno, se trata de integrarse a él, de reconocer su valor y de contribuir a su continuidad. De este modo, la experiencia directa, el contacto con los sitios y la participación en proyectos reales son insustituibles.
Coordinadora editorial de la columna:
María del Carmen Castillo Cisneros; profesora investigadora en Antropología Social del Centro INAH Yucatán,
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Edición: Fernando Sierra