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Crónica de una chica MMC, a mediados de los 60 en Mérida. Segunda parte y última

Además del baile de fin de año en el Club Campestre, en Carnaval se realizaban el de gala, fantasía y terno
Foto: Facebook Margarita Robleda

Además del baile de fin de año en el Club Campestre, en Carnaval se realizaban el de gala, fantasía y el de terno, con sus ensayos pertinentes, para ligar, digo, conocer posibles candidatos. Patricia Roche y Lucía Molina me invitaron a ser dama en los bailes de sus reinados. No sé cuándo cancelaron la conexión con nuestras raíces, a través de bailar de terno. 

Uno de los más importantes del año era el fiestón que organizaba doña Lina Torre de Menéndez, para recaudar fondos para la Casa de la Cristiandad, ensayando en la mansión de su papá en la avenida Colón, llamada la esquina de los cuatro ladrones, porque decían que el cuarteto había sido gobernadores.

Por lo general, eran invitadas las debutantes del año y también llegaban infinidad de mamás aspirantes a que sus hijas fueran “conocidas”, por lo que enamoraban a doña Lina para colarse y ascender al Olimpo del conocimiento. El día de la venta de boletos y mesas, la cola iniciaba desde las cuatro de la mañana. 

Algunas pocas lograron romper el estigma de buscar marido como única meta, y cambiaron, con su presencia y talento, la escenografía de las universidades, como Susy Peniche o Beatriz Castilla, que alcanzaron sendos doctorados en el extranjero. Las demás, nos fuimos a Estados Unidos o a Suiza a estudiar uno o dos años antes de los 18 para salir al ruedo. Una barnizadita de cultura nunca está de más. Yo no hubiera tenido esa posibilidad si mis abuelos no hubieran vivido en San Antonio, Texas. Después de primaria, el barniz de salir al mundo me ensanchó el horizonte. En primer lugar, descubrí que Mérida no era el centro del universo; también, lo limitado de mi pensamiento al reconocer que niñas de los pueblos de la frontera norte eran lindas personas. El centralismo de Mérida era, ¿es?, apabullante, así como el espíritu discriminativo.  

Los domingos eran días de ocio después de asistir a la santa misa; había que encontrar algo de diversión, por lo que podías juntarte con la prima que tuviera coche para darse una vuelta al campo, como se llamaba el Campo Aéreo, a ver quién llegaba. Y si se viajaba, era muy importante localizar al Fox Moguel, reportero del Diario, para que difundiera la noticia. Recuerdo a un primo que había viajado a Japón, responderme cuando le pregunté cómo le fue: “Terrible, prima, a la ida, no encontré al Fox Moguel”. Otro de los paseos dominicales era ir a la Clínica Mérida, a ver a quién veías o si alguien había dado a luz para felicitarla. Sobraba tiempo.

Por la tarde, la cita era ir al Paseo Montejo, donde se daban vueltas en coche y los de a pie, a decir adiós al infinito, quizás, porque los que tenían coche eran conocidos. De ahí salían invitaciones a tomar un sorbete en el Colón, un granizado en la Reina de Montejo; ir al Drive Inn, al Smoking, que tenía unas mirruñas de sandwichitos deliciosos, o al Impala, con sus tortas cubanas con pan francés. No faltaban las idas a merendar panuchos y salbutes, con deliciosas horchatas, a Santa Ana o a Santiago después de ir al cine Rex. 

“Hasta hoy, te permito que pienses que soy simplemente tu amigo, hasta hoy, porque quiero que sepas que estoy, por tus ojos rendido…” 

Nos llevaban serenatas con la canción de Coquí Navarro. En el hoy, perdimos las serenatas y con ellas, la capacidad de expresar emociones cariñosas.

El final de nuestras historias de chicas MMC ha sido variado. Algunas tristes, otras, al reconocer la inexistencia de los cuentos de hadas y que nadie es perfecto, lograron, con sus altas y bajas, disfrutar la armonía. Algunas consiguieron aceptarse diferentes y terminaron conviviendo como gentiles “rumys”.

Otras descubrieron que el amor viene en variedad de colores y se atrevieron a investigar. Hubo quienes encontraron, siendo abuelos, la alegría que no conocieron como pareja. Las Jach yucatecas diluimos rejas, escribimos la realidad y avizoramos posibilidades; otras más mueren de envidia ante la libertad que tienen sus hijas de mandar a volar al susodicho, con menos culpas que las que le dio el responsable de sus penas, pero que no se atreven a soltarlo y mejor “cargan su cruz”, porque… ¿Qué creen? ¡Es conocido! 

Je, Je… La sabiduría de los años me enseñó que siempre seremos los conocidos de alguien.



Edición Estefanía Cardeña


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