Opinión
Astrid Sánchez
29/05/2026 | Mérida
Antes de salir de casa se vuelve a ir a luz, ya es la cuarta ¿o quinta? vez del día, apenas caen unas gotas de lluvia y comienzan los apagones y en mi colonia cada apagón representa también una pérdida de señal telefónica, ¿no que todo México es territorio Telcel?.
Comienzo a manejar bajo la lluvia, la aplicación de mapas web me marca 20 minutos para llegar a mi destino, voy a buena hora, pero manejaré despacio, ya sé que cuando llueve todos nos estresamos y empiezan los descuidos.
Siento que los primeros encharcamientos son normales, generalmente el centro suele inundarse rápidamente, pero conforme voy avanzando, no encuentro una sola calle libre. El mapa sigue marcando 20 minutos para llegar a pesar de que he avanzando un buen tramo.
Me sugiere desviarme a una calle, luego a otra, luego a otra, el camino azul pasa a ser amarillo y ya está lleno de puntos rojos. Esto indica que hay tráfico, accidente o algo que mantenga detenidos a los coches.
Ya no es buena hora, ya estoy al filo de mi cita y todo apunta a que no lograré ser puntual.
Veo que el nivel del agua ya ha subido algunos centímetros. Un hombre camina por fuera de su casa con el pantalón arremangado y el encharcamiento casi alcanza su rodilla, “esa es una buena foto”, pienso, pero no me detengo, es mayor mi temor a quedarme varada.
Todo el camino fue así: calles rebosantes de agua, caminos inciertos, sudor frío porque si me apaga el coche tendré dos problemas, no llegar a la entrevista y tampoco poder regresar a casa.
El Ayuntamiento emitió un comunicado en el que informó que esta lluvia fue histórica, nunca antes se sabía registrado tanta cantidad de agua durante el mes de mayo sobre Mérida, en un día llovió más de lo que generalmente llueve en todo el mes.
Recomienda a la ciudadanía no transitar por las calles inundadas, pero cuando toda la ciudad está bajo el agua ¿cómo es eso posible?.
Foto: Ayuntamiento de Mérida
Varios coches se han quedado en el camino y no sé a quién encomendarme para seguir avanzando. “Chaac, gracias por tus bendiciones, pero dame tregua papito, no estoy fiesteando, no me estoy portando mal, sólo quiero chambear”, me repito en mi cabeza una y otra vez.
Un recorrido que debió haber sido de 20 minutos ya se extendió a casi una hora, pero al fin veo la luz al final del túnel: faltan cuatro minutos para llegar en una línea recta, que si bien está completamente roja, me indica que lo voy a lograr.
Llegué 20 minutos tarde, un poco mojada por el trayecto del estacionamiento al lobby, me disculpo, les explico que la lluvia está rara, muy intensa y ellas, que están de visita en Mérida, me comentan que sí les pareció extraño el diluvio.
“De haber sabido lo hubiéramos hecho la semana pasada”, comentan. “La semana pasada estábamos en calor extremo y había sensaciones térmicas rondando los 40 grados”, les respondo.
Foto: Jusaeri
Me preguntan si aún con esos panoramas disfruto vivir aquí, que tal vez ellas no podrían. “Sí, vivir en Mérida no es para cualquiera, dejen de promocionar a la ciudad allá afuera”, les digo en un tono que les asegura que no es broma.
Victoria para Astrid: no se me apagó el coche, llegué a la entrevista y aproveché la histórica lluvia para poner mi granito de arena contra la gentrificación.