Los rayos del sol todavía no eran inclementes, todavía, cuando el gentío empezó a llegar al Monumento a la Revolución. El ligero velo de frescura se disipaba conforme avanzó la mañana. Los fieles seguidores de la presidenta, Claudia Sheinbaum Pardo, comenzaron a colapsar las calles de Antonio Caso, Insurgentes, Reforma, La Fragua y Avenida de la República.
Un perifoneo saludaba al contingente: “Bienvenidos a la celebración del triunfo del pueblo de México. Honestidad, resultados y amor a la patria”. A las nueve de la mañana, ya fue imposible penetrar la explanada de la Plaza de la República, bajo el monumento. Sobre el templete donde había de arribar la presidenta Sheinbaum, una conductora cedía los micrófonos a autoridades estatales que, por vía remota, daban sus felicitaciones por el segundo aniversario del triunfo en las elecciones presidenciales. Luego, cámaras y micrófonos fuera del escenario que apuntaba hacia Avenida de la República. Y la gente común aparecía entonces en las pantallas gigantes que flanqueaban la plaza. “Vengo aquí desde Tlaxcala para sumar mi apoyo a la soberanía de México”, decía un hombre con la pequeña bandera patria en su asta delgada de madera.
A las diez de la mañana, ya bajo el ingente rayo del sol, fue imposible el paso de los automotores por los alrededores. “Vengo caminado desde Juárez”; “el Metrobús me dejo en la Glorieta de Insurgentes”; “Ando buscando entrada desde el Metro Revolución, rodeando hasta Reforma”, se escuchaba.
No cabía ni un alfiler en un radio trescientos metros. La banda sinaloense Corona de Reyes llegó tarde a la cita. Como si su sonido y su baile fuera sirena de ambulancia, abrió camino por Ignacio Ramírez entre el condensado humano, y se perdió, lentamente, su algarabía de metales rítmicos.
Y es que se había corrido la voz que por Ignacio Ramírez llegaría la presidenta, pues su sentido de norte a sur, estaba resguardado por vallas metálicas. Gente de seguridad con vestido civil y un motociclista de la Policía Federal, estaban constantemente en comunicación con sus aparatos de comunicación. No tardó en pasar el senador Gerardo Fernández Noroña y su camarógrafo Emiliano González por la calzada, tomándose selfies con quienes se lo pedían. Adán Augusto López prefirió hacerlo por fuera de la barrera y se perdió entre la multitud.
De pronto el Policía Federal montó en su máquina. Salió. Se contrajo el cerco. Y a las 11:15 horas, regresa en vanguardia abriendo paso a un chevrolito gris, austero, sin ninguna insignia que no fuera la misma Claudia, que acudía sin el aspaviento de seguridad de antaño ni medro alguno, a la cita para celebrar y rendir un informe sobre el estado de la patria en lo que va de su mandato.
“¡Presidenta, presidenta!”, se escuchaba el corifeo de los que estaban allí agolpados, esperándola. Pocos minutos después, hasta esas instancias sólo se escuchaba un ligero eco de su voz al iniciar con su discurso. Enseguida, el potente sonido gutural de los miles allí reunidos respondiendo a la presencia de su presidenta. Los que se quedaron en la retaguardia, lejos del epicentro, ya no se pudieron enterar con claridad del mensaje: el “buen precio” con el que se mantiene México. Su diatriba contra el “injerencismo extranjero”; su advertencia categórica: “México no es piñata de nadie”.