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Foto: Tomada de web

En sus orígenes allá en el 3 mil 500 aC, la escritura se convirtió en una tecnología capaz de destruir distancias. Unos cuantos signos inscritos en tablillas de barro habilitaron a los de nuestra especie a ponerse en contacto con otros lejos de su alcance, fuera de la esfera presencial, más allá de la memoria del individuo. En unos párrafos memorables de Against the Grain. A Deep History of the Earliest States (traducido por Antonio de Cabo, José Riello y Ricardo Dorado al español como: Contra el Estado: Una historia de las civilizaciones del próximo Oriente antiguo), James Scott habló de la escritura como una forma de extractivismo que volvió legible, y luego entonces controlable, una gran diversidad de sistemas de producción para aquellos en el poder. El Estado, aseguraba sucintamente, no fue más que una máquina de registros en sus comienzos. Las famosas tabletas de Uruk no contenían representaciones del lenguaje oral, sino listas de granos, de mano de obra, de impuestos. Podría decirse, sin demasiada exageración, que esa escritura pragmática, diseñada como un sistema de contabilidad para llevar inventarios de bienes, incluyendo población, tierra, ganado, y esclavos, retaba sobre todo la preeminencia cuerpo.

La paradoja se alza ahí entre una práctica que atraviesa distancias, a veces enormes, pero a partir de –¿tal vez a costa de?– preservar la distancia misma. A los que, todos estos siglos después, nos interesa la materialidad de la escritura, nos importa sobre todo el lugar del cuerpo en esa multiplicación de lejanías: el cuerpo del lenguaje, el cuerpo de la escritora y sus contextos de producción, y el cuerpo de las tecnologías que median nuestro hacer, del lápiz y papel, la máquina de escribir, la computadora y, más recientemente, la inteligencia artificial.

La escritura literaria ha sido eminentemente capaz de producir efectos de cercanía sirviéndose de las herramientas a la vez humildes y poderosas del lenguaje. Los efectos resultan claros ahí donde nos sentimos extrañamente familiarizados con tramas enteras o escenas en particular, cuando nos convencemos de que conocemos a algún personaje, ya sea de ficción o de no ficción, y sobre todo cuando nuestros sentidos, apelados por la escritura misma, experimentan los aromas, claroscuros, rugosidades o reverberaciones de cada caso. Tengo la impresión de que la investigación asegura, o salvaguarda, esta posibilidad siempre en potencia. Entiéndase por investigación aquí no sólo a la exploración académica, sino a toda forma de curiosidad acuerpada que se manifiesta como una forma de cuidado.

He utilizado ya por muchos años la investigación en archivos, especialmente la transcripción manual de documentos viejos y no, para sostener, desde ahí, varios de mis libros. En el centro de tal actividad se encuentra el sentido del tacto tan apreciado por niños y amantes, pero descrito siempre con algo de desdén como una aptitud básica, si no es que tosca, en el ámbito de los quehaceres intelectuales. Leo con los ojos, pero me remito a la capacidad de las manos para convertirse, como lo quería Kant, “en la ventana de la mente”. Tocar los documentos y transcribirlos con cuidado se ha convertido en una especie de método que me permite aproximarme a la promesa implícita de la escritura desde sus orígenes: demoler esa distancia que no sólo nos deja aislados, sin pertenencia alguna, sino que también forja esa entelequia llamada individuo, no sólo neoliberal. El dolor de cuello o de espalda en largas sesiones de transcripción me indica que he atravesado un umbral: ahí está la huella palpable de otra escritura sobre la mía propia. Ahí está la conexión que, encaramada a o entreverada con otras estrategias escriturales, podrían llevarnos a esa forma de afectación profunda y carnal que es, también, la lectura.

¿Qué sería de esos libros si la investigación misma no pasara por el cuerpo? ¿Podría un proceso desprovisto de presencia contribuir o asegurar ese efecto de cercanía inscrito en la promesa de la escritura misma? ¿Son iguales los libros que resultan de la consulta en archivos digitales que los que se nutren del humildísimo papel? ¿Puede una novela wikipédica convertirse en un mecanismo de conocimiento táctil? ¿Es posible escribir con la inteligencia artificial sin someterse a su lógica, que es con frecuencia la lógica incorpórea de la corporación?

Las universidades regresan poco a poco a los exámenes presenciales, ya sea escritos a mano o ya en forma de discusión oral, para luchar contra el embate de la IA. No me mueve ese afán sólo parcialmente policiaco cuando me pregunto qué tanto podrá la lentitud, la desmesura, la avidez de la escritura táctil contra la distancia que preserva y multiplica la inteligencia artificial.


Edición: Ana Ordaz


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