Opinión
José Juan Cervera
04/06/2026 | Mérida, Yucatán
Los conflictos y la violencia han estado presentes en la historia de la humanidad porque sus motivaciones subyacen en la competencia por recursos escasos, en los afanes de expansión territorial y en el propósito de dominar a otros grupos humanos.
Etólogos connotados afirman que la conducta agresiva es en gran medida el fruto de un proceso de aprendizaje, pero su cultivo constante hace que se reproduzca en ambientes diversos. Así como hay individuos que se distinguen por la carga belicosa e invasiva de sus acciones, se sabe de entidades políticas que aplican los mismos patrones en sus relaciones con otras. Estados Unidos, bajo el mandato de Donald Trump, es un ejemplo patente de esta tendencia llevada a sus extremos más patéticos.
Las sucesivas administraciones estadunidenses ostentan un abultado expediente de intervenciones armadas en países de varios continentes en nombre de la supremacía que se atribuyen frente al resto del mundo. Esta falacia toma cuerpo en la doctrina Monroe, ajustada a los intereses de la potencia del norte con respecto al extenso territorio de América. Pero su voracidad se disemina en los dos hemisferios causando graves daños en las sociedades que busca someter a sus designios.
El gobierno de Estados Unidos inventa guerras y agravios, fragua cadenas de embustes que se extienden en medios convencionales y redes digitales además de convertirse en divisa de fuerzas políticas de extrema derecha, como las que se han hecho del poder en muchos países latinoamericanos, al modo de aquellos que a principios de marzo de 2026 fueron representados por sus presidentes en la constitución del llamado Escudo de las Américas, pantalla de obsesiones retrógradas y arrebatos golpistas.
La guerra que Trump y Netanyahu crearon a su arbitrio en Irán ha derivado en afectaciones que desbordan los límites de la región y resulta más complicada de lo que sus impulsores previeron. Por otra parte, el bloqueo contra Cuba, que lleva décadas de injustificada vigencia como parte de un acoso sistemático recrudecido en la segunda administración del presidente republicano, apenas pudo mitigarse al final del mandato de Barack Obama, quien viajó a la isla en marzo de 2026 en compañía de su familia y declaró que “el destino de Cuba no debe ser decidido por Estados Unidos o por cualquier otro país”; sin embargo, su sucesor canceló de inmediato los avances logrados en ese esfuerzo de concordia.
La propaganda yanqui ha mostrado a Cuba como foco de subversión y amenaza a la estabilidad continental, en un discurso de odio que replican sus aliados desfigurando una realidad compleja en visos grotescos. Recuérdese el exabrupto que emitió Jair Bolsonaro en septiembre de 2019 cuando el entonces presidente ultraderechista de Brasil elogió el golpe de Estado de 1973 en Chile declarando que los militares infidentes comandados por Augusto Pinochet, con asesoría de Estados Unidos, “tuvieron el valor” de impedir que el país sudamericano se convirtiera en “otra Cuba”.
Los comentaristas de enfoque sesgado y el periodismo superficial atribuyen a causas internas el estado emergente que vive el pueblo cubano, cuando es del todo evidente que un cerco económico brutal lo ha postrado hasta conducirlo a las condiciones actuales. Y es cada vez más probable una intervención militar de Estados Unidos en la isla, como puede inferirse de las acusaciones recientes de los poderes residentes en Washington contra Raúl Castro con motivo del derribo en 1996 de dos aviones tripulados por anticastristas que habían violado recurrentemente el espacio aéreo del país antillano; tanto el gobierno estadunidense como su Administración Federal de Aviación fueron advertidos de los hechos previos al incidente.
Esta clase de versiones falseadas han servido de pretexto para que Estados Unidos intervenga en otros países con todo el rigor de su armamento, de sus prejuicios y de su codicia. El gobierno de Cuba se vio orillado a emprender una acción defensiva en contra de un grupo de fanáticos con sede en Miami. Ese acontecimiento contrasta abismalmente con el atentado que perpetraron otros opositores al régimen cubano el 6 de octubre de 1976 con la autoría intelectual del exagente de la CÍA Luis Posada Carriles (1928-2018), hecho que significó la muerte de 73 personas a bordo de una nave de Cubana de Aviación que salía de Barbados. Se trató de un auténtico acto terrorista que permaneció impune con la complacencia de las autoridades estadunidenses.
La campaña de descrédito hacia Cuba causa efecto en sectores poco informados de la opinión pública mundial, y es el marco en el que trama nuevas agresiones quien fuera llamado en 2020 “el hombre más peligroso del mundo” en palabras de su sobrina la psicóloga Mary Trump, en un libro editado con el sello de Simon & Schuter. En estos términos sigue su curso el furor inextinguible de un sujeto que desprecia la legalidad y la ética, el equilibrio global y la conciencia empática con la especie humana y con la naturaleza.
Edición: Ana Ordaz