Opinión
César Guzmán Tovar
05/06/2026 | Mérida, Yucatán
No soy arquitecto, pero cuando era adolescente quise serlo. Finalmente, caminé por los senderos de la sociología y desde allí quiero compartir que hay un edificio en la Ciudad de México que tiene una fascinación para mí. Se trata de la Torre Manacar, ubicada sobre la avenida Insurgentes y Río Churubusco. Mi fascinación es por la creatividad de su diseño arquitectónico: desde cada punto donde se le mire, su forma exterior cambia. Así, la persona que observa tiene ante sí no sólo uno, sino múltiples edificios. Para mí, este edificio expresa la imposibilidad de una perspectiva única ante la experiencia; este edificio habla de lo múltiple y lo diverso. Me pregunto si las personas que habitan o visitan este edificio tienen la misma fascinación que yo.
¿Se han preguntado si los espacios que habitamos cotidianamente influyen en lo que hacemos y cómo lo hacemos? Atendiendo a esa inquietud, el historiador estadunidense Peter Galison, en su libro Imagen y lógica (1997), hizo una exploración sobre la relación entre la materialidad de los espacios físicos de los laboratorios de física y la manera en que allí se hace ciencia. La idea de Galison es que existe una cultura material (instrumentos, artefactos, laboratorios) que se debe tener en cuenta para comprender los procesos del conocimiento científico.
El arquitecto que nunca fui persiste en mí y, siguiendo la senda de Galison, me ha llevado a preguntarme de qué manera la arquitectura y la distribución de los espacios influyen en las prácticas y en las subjetividades de las y los científicos de la península de Yucatán. Mi interés como sociólogo radica en comprender de qué manera los diseños arquitectónicos (las disposiciones materiales y simbólicas en ellos) posibilitan o dificultan el arte de hacer ciencia y de ser una persona científica.
Los edificios donde hoy se ubican los laboratorios, centros e institutos de investigación científica en la península de Yucatán tienen una historia fascinante sobre cómo, dónde y para qué los construyeron. Su arquitectura habla acerca de esas historias, habla sobre cómo las personas conciben y se imaginan el hacer ciencia. Algunos, como el Centro Peninsular de Humanidades y Ciencias Sociales (CEPHCIS) de la UNAM –ubicado en el Centro de Mérida– fueron construidos para fines distintos a la investigación científica. En el pasado, sus pasillos fueron transitados por enfermeras, médicos y pacientes; hoy, la bella arquitectura de esta edificación –restaurada en 2004– es aprovechada por científicos y científicas sociales, quienes le han dado un nuevo sentido a sus recintos. O también el Centro de Investigaciones Históricas y Sociales (CIHS) de la Universidad Autónoma de Campeche, que se encuentra en un edificio concebido para la investigación biomédica y ha tenido que adaptarse y adecuarse teniendo como vecinos a microscopios, reactivos y muestras orgánicas, propios de un laboratorio de las ciencias biológicas.
Otros edificios fueron pensados, diseñados y construidos con una intencionalidad específica. Es el caso del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS), Unidad Peninsular, ubicado en el Parque Científico y Tecnológico de Yucatán. Allí, su diseño ovalado, la amplitud de sus espacios de trabajo y los grandes ventanales de las oficinas invitan, siempre en compañía de los sonidos de las aves alrededor, a pensar y crear conocimientos de manera consecuente con los ritmos de las ciencias sociales. Otro ejemplo es El Colegio de la Frontera Sur (ECOSUR), Unidad Chetumal, que fue concebido para integrar investigaciones en áreas de la ecología, oceanografía, sustentabilidad y economía. Desde su creación en 1995, ECOSUR ha ampliado sus edificaciones y ha rediseñado algunos de sus espacios. Un tercer caso es el campus principal de la Universidad Autónoma del Carmen, ubicado en el centro geográfico de Ciudad del Carmen, en Campeche. El campus destaca por el equilibrio entre las edificaciones y la vegetación que las circunda y porque la distribución de los edificios parece haber sido planificada para aprovechar el espacio. El campus es un paréntesis de tranquilidad en medio de la dinámica y el bullicio de la ciudad. Algo similar ocurre en el amplio campus de la Universidad Autónoma de Quintana Roo; allí las zonas verdes dialogan constantemente con el cuidadoso diseño de las edificaciones. Los edificios del campus combinan diseños semicirculares, octagonales y rectilíneos acompañados por una multiplicidad de arcos y columnas, mientras la cercanía al mar propicia la inspiración y potencia los pensamientos. Y hablando de la inspiración que provoca la cercanía al mar, no puedo dejar de mencionar la Unidad Académica de Sistemas Arrecifales (UASA) de la UNAM, ubicada en Puerto Morelos, Quintana Roo. Allí, entre las dos plantas de uno de sus edificios, se genera la forma del marco de un cuadro en donde se ve el Mar Caribe de fondo. “Esta es la pintura que veo todos los días”, como nos comentó uno de los investigadores de la UASA.
Gracias a la investigación realizada junto con compañeros y compañeras de la Escuela Nacional de Estudios Superiores, Unidad Mérida de la UNAM, hemos podido conocer la belleza arquitectónica de edificaciones como las del Instituto Tecnológico Superior de Calkiní (Campeche). Allí la arquitectura pareciera ser el vínculo entre el legado científico de los pueblos mayas y los saberes de las nuevas generaciones de investigadores e investigadoras. El arte del diseño arquitectónico también se puede apreciar en el edificio principal de la Universidad del Caribe, ubicada al nororiente de Cancún, en donde trabajan varios cuerpos académicos dedicados a la investigación en temas de ambiente, cultura, educación, economía, entre otros. Este edificio oscila entre la simplicidad y la elegancia. La sutil curvatura de su estructura combina perfectamente con los espacios en forma de medialuna, generando una sensación de dinámica y movimiento.
Finalmente, en la investigación que estamos realizando hemos identificado dos cosas en común en todos estos lugares: 1) la dificultad para albergar cómodamente a todas las personas que habitan estos edificios (investigadores, técnicos académicos, estudiantes y científicos visitantes), y 2) los presupuestos limitados para su mantenimiento, remodelación o ampliación, así como para la adecuación de oficinas, laboratorios y aulas. En algunos casos estas situaciones son más críticas que en otros, pero siempre están latentes. La arquitectura habla de creatividad, de estética y de representaciones sobre la ciencia y las personas científicas; pero también habla de las condiciones reales en las que se hace la ciencia en nuestro país y de las dificultades que muchas veces tienen las y los científicos para llevar a buen término los proyectos de investigación. Por eso, mi llamado a las autoridades que regulan los presupuestos para ciencia y tecnología es que escuchen lo que la arquitectura habla desde el exterior de sus fachadas y el interior de sus atavíos.
Edición: Estefanía Cardeña