Opinión
Francisco J. Rosado May
08/06/2026 | Chetumal, Quintana Roo
Una de las grandes aportaciones de Buda a la humanidad se describe en el dicho: “No es lucha entre el bien y el mal, es entre saber e ignorancia”. El budismo, como otras religiones, también aborda el tema del mal y del bien, pero no hace la diferencia en forma tajante. La expresión anterior lo refleja.
El trabajo de García Montaño, publicado en 2009 en la revista En-Claves del Pensamiento, vol. 3 núm. 5, pp. 101-113, es un excelente ejercicio académico para quienes quieran conocer mejor cómo el budismo aborda los malos pensamientos. Sin embargo, en un entorno donde las alternativas religiosas se construyen en el contexto del bien y del mal, la percepción de la maldad es fuerte.
Hay comunidades donde los vecinos han organizado grupos de WhatsApp con el fin de apoyarse mutuamente para atender problemas, robos, accidentes, etc. Uno de los avisos es el de grupos de muchachos tomando, haciendo escándalo o molestando a las personas que pasan por donde se encuentran.
¿Por qué no se reportan grupos de muchachos que están haciendo buenas cosas, ayudando a sus vecinos, o disfrutando de una reunión sana y mesurada?
El tema de los muchachos “malos” agrupados en pandillas no es ajeno a otro contexto. Basta con leer las noticias cualquier día para encontrar información como delincuentes de cuello blanco organizados para fraudes inmobiliarios, o bien políticos coludidos con narcos, o bien robos, asesinatos, levantones, etc. Y lo más malo es que este contexto se normaliza al grado que no extraña que los jóvenes se inclinen más hacia actividades ilícitas, malas, que a organizarse para hacer el bien.
¿Por qué las personas conocidas como “malas” tienen la tendencia a unirse, a identificarse entre sí? Esta pregunta ha sido abordada por gente de bien, con experiencia en administración o gestión pública o privada; la mayoría coincide en mencionar ejemplos de personal sea bajo su coordinación o no, en donde el mal ejemplo es de más fácil contagio que el buen ejemplo. Una expresión que ejemplifica lo anterior es “como hacen que me pagan, yo hago como que trabajo” y al revisar cuántos hacen uso de esa lógica el resultado es sorprendente.
No solo eso, sino que los que sí trabajan reciben más responsabilidades por parte de sus jefes porque “no vayan a protestar los que no hacen bien su trabajo”. ¿Por qué no hay sanciones? ¿Por qué se tolera y se expande la mala práctica? Otro ejemplo común, el horario de inicio de trabajo señala 8:00 am, alrededor de esa hora llega el personal, pero varios no inician su trabajo, sino que toman tiempo para desayunar, tiempo de horario de oficina; y los jefes no hacen nada por evitarlo, los usuarios de los servicios tienen que adaptarse a esa actitud y esperar a ser atendidos, aunque tengan prisa. ¿Por qué no hay ni protestas ni sanciones? ¿Por qué en ciertos entornos se tolera y se normaliza la mala práctica, al grado en que servidores públicos también ejercen actividades personales en horas oficiales de trabajo?
No se trata de proponer una sociedad casta, pura, de bien; se trata de que el tejido social no se caracterice por acciones ilícitas, basadas en la maldad. Este contexto puede explicar los altísimos niveles de corrupción que sociedades y gobierno de una u otra forma construyen. La encuesta reciente del INEGI es preocupante. La corrupción en México alcanza la cifra de casi 18 mil millones de pesos, el 84.1% de la población consideró frecuentes los actos de corrupción en el gobierno.
No es una situación sostenible.
Es cuanto.
Edición: Fernando Sierra