Opinión
José Díaz Cervera
10/06/2026 | Mérida, Yucatán
Las expectativas que un libro puede incitar ante su lectura son tan variadas como sus efectos, lo que torna erróneo atribuirle valores unívocos, más aún si revisten apreciaciones morales cuyos juicios rondan campos ajenos a la literatura. Para comprender estos intentos de codificar el sentido de los textos en una dirección que determina un orden externo conviene situarse en el marco histórico que sostiene el objeto tratado porque expone las luchas ideológicas de su tiempo, que en su impetuoso despliegue arrastran consigo las realizaciones del proceso artístico fuera de su marco de origen.
La Francia decimonónica amasó el prestigio de autores que sobresalieron gracias a su genio creador, pero también dio espacio a otros que lograron renombre en proporción de la calidad de su trabajo y de factores ligados socialmente con él, si bien ajenos a su naturaleza. En este medio tan competido hubo quienes incorporaron la figura del escritor como protagonista de novelas y cuentos para recrear las vicisitudes de sus compañeros de oficio, con los gozos y las congojas que agitan sus relaciones personales. Los crímenes de la pluma, de Raoul de Navery, es un título que acoge caracteres de esta índole y a la vez reclama una lectura especial por las reflexiones que despierta.
Raoul de Navery es el seudónimo que adoptó Eugénie Caroline Saffray (1831-1885) quien, según sus apuntes biográficos, tuvo una formación católica muy estricta que manifiesta claramente en sus escritos. La novela referida distingue los conceptos del bien y del mal de manera tajante, y los aplica como atributos inmanentes de los libros, dando a entender que, por su contenido, unos guardan poderes bienhechores y otros son esencialmente perniciosos, sin mediaciones ni matices que atenúen la esencia que así les confiere. Su argumento adopta tintes melodramáticos que imprimen un signo de coherencia en el relato por estar presentes en él de manera invariable.
El personaje central es un escritor cuyos libros le reportan fama y fortuna, pero el público los juzga nocivos por describir vicios y delitos, engaños y abusos que sus personajes encarnan ejerciendo influjos malsanos en sus lectores, es decir, pasan a ser obras corruptoras y disolventes que logran una gran demanda en el mercado editorial, pero acaban por cobrar factura al autor en su vida doméstica y en la estima colectiva. El desenlace de la historia se vuelve previsible cuando, después del desastre afectivo y de la ruina, sobreviene el arrepentimiento de quien inoculó el veneno de la perversidad entre sus conciudadanos.
La contraparte del hombre de letras que experimenta un vuelco imprevisto en su destino, doloroso y abrumador, se hace visible en una autora de obras edificantes que también enfrenta sus propias desventuras, pero al fin se sobrepone a ellas; por sus características induce a pensar en una proyección que la propia Saffray–Navery deslizó en sus páginas dejando en ellas una huella de su persona. Este hecho pudiera interpretarse como rasgo distintivo de una labor profesional asumida en términos de apostolado que subordina la eficacia narrativa a propósitos que minimizan consideraciones de orden estético.
La novela de Navery denota atractivo en sus motivos, anécdotas y peripecias, pero pierde fuerza cuando hace de sus personajes recurso de propaganda religiosa confinándolos en un esquema de rigidez que afecta la recepción de la obra, por guiarse en criterios que presuponen valores contenidos en una profesión de fe, que aun cuando nada impida lo que pudiera juzgarse presencia legítima en un escrito de este género, siempre implica el riesgo de causar desequilibrios en el conjunto textual que representa. En su capítulo XIV se advierte también un rechazo absoluto de los movimientos que enarbolan reivindicaciones sociales, sobre todo acontecimientos de aquella centuria que atrajeron el interés popular, tal es el caso de la Comuna de París, aludida en un discurso de arrepentimiento del protagonista, que a su entender obnubiló a las masas “bajo pretexto de liberación”.
Si se evocan las corrientes literarias que disputaron la mirada de los lectores en el siglo XIX es inevitable reconocer el empuje que cobró el naturalismo como vertiente que extrae su materia prima de la realidad social en todas sus expresiones, incluyendo en ellas las que los sistemas morales consagrados por la tradición consideran censurables. Desde este punto de vista, las obras emanadas de una fuente dañina deben ser combatidas, convirtiendo las letras en una trinchera más para defender prácticas piadosas y compromisos de orden confesional.
Bajo la misma premisa y entre el sinnúmero de tribulaciones que la trama registra, los crímenes que la pluma fragua a su sombra exceden el terreno de las ficciones de entretenimiento masivo para dejarse ver en otras modalidades comunicativas, como la carta anónima, el libelo ominoso y la gacetilla infamante, variedad que engrosa los peligros agazapados tras el acto de leer.
Un punto de vista contrapuesto a los afanes redentores de Navery proviene de Jules Barbey D’aurevilly, contemporáneo suyo, católico también pero menos exaltado, quien en uno de los cuentos que reúne en Las diabólicas pone en voz del narrador la convicción de que incluso las muestras más atrevidas de la literatura quedan cortas frente a las atrocidades que se cometen cada día en los flancos tenebrosos de la sociedad, impedida por ello de reflejarse plena en las creaciones escritas, pálidas y desvanecidas aun si pretendiesen provocar a sus lectores con furor de escándalo.
Edición: Fernando Sierra