Opinión
Daniela Tarhuni
14/06/2026 | Mérida, Yucatán
Tras cuarenta años, esta semana México volvió a ser sede mundialista. Después de la inauguración con la aparición de Salma Hayek, de la controversia en redes sobre si Shakira era efectivamente Shakira, de la victoria de México 2-0 frente a Sudáfrica y de esa emoción que por unas horas parece suspenderlo todo, queda también la imagen de madres buscadoras, la movilización de la CNTE y otros sectores para colocar en el espacio público reclamos que no pueden suspenderse porque ruede un balón.
Y en medio de esa tensión aparece la pregunta sobre ¿qué puede dejarnos un Mundial? Porque, al menos, desde el Gobierno de México se impulsó el llamado Mundial Social México 2026 que busca dejar un legado deportivo, cultural y comunitario más allá de los estadios. En ese marco aparece la Copa FutBotMX, un torneo de futbol robótico impulsado por la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación (Secihti).
La iniciativa vincula la emoción mundialista con la robótica, la programación, la inteligencia artificial, el trabajo en equipo y la formación de talento tecnológico. En apariencia, la imagen es muy atractiva: estudiantes diseñando robots futbolistas. Pero justo ahí empieza la pregunta crítica. Si el Mundial Social busca dejar algo más que espectáculo, ¿qué puede dejar una copa de robótica en las escuelas y en las comunidades? ¿Entusiasmo? ¿Vocaciones? ¿Capacidades instaladas? ¿Redes de formación? ¿O solo una experiencia intensa, valiosa, pero pasajera?
La Copa FutBotMX no debería leerse únicamente como una competencia simpática entre robots. También puede leerse como una ventana para observar las condiciones reales de acceso a la ciencia y la tecnología en México. Porque una competencia nunca empieza el día del torneo: empieza en las escuelas que tienen o no laboratorios; en la formación de docentes; en el acceso a Internet y en la posibilidad de conseguir materiales y en los territorios que cuentan, o no, con redes de apoyo.
El caso de Yucatán permite ver tanto el potencial como los límites de estas iniciativas. En la sede regional se registraron más de diez equipos de educación superior y más de cincuenta jóvenes de distintas instituciones del estado como la Universidad Tecnológica Regional del Sur, en Tekax; el Instituto Tecnológico Superior del Sur de Yucatán, en Oxkutzcab; la Universidad Politécnica de Yucatán; la Universidad Tecnológica Metropolitana; la Universidad Modelo y el propio Centro de Investigación Científica de Yucatán, lo que permite pensar que la robótica puede funcionar como una puerta de entrada para reconocer talento más allá de los circuitos de innovación concentrados en las capitales.
Pero también obliga pensar hasta dónde llega esa puerta. Si la participación se concentra principalmente en educación superior, ¿qué ocurre con las niñeces y juventudes que todavía no han tenido contacto con laboratorios, programación, sensores o inteligencia artificial? ¿Cómo se construye una trayectoria científica antes de llegar a la universidad?
Por eso, la sede Yucatán muestra algo importante: el entusiasmo existe, el talento también. Pero el verdadero legado no debería medirse solo por el número de equipos registrados, las demostraciones de prototipos o la fotografía de jóvenes con robots. Tendría que medirse por lo que queda instalado después: talleres permanentes, docentes formados, redes entre instituciones, continuidad para los equipos, acompañamiento a estudiantes del interior del estado y oportunidades reales para quienes todavía no se imaginan como personas capaces de crear tecnología.
Una copa puede encender entusiasmo, pero no reemplaza una política sostenida de educación en ciencia y tecnología. El problema no está en organizar copas, concursos o torneos. Al contrario, son experiencias valiosas y estimulantes. El problema aparece cuando esos eventos se convierten en la principal evidencia de que estamos impulsando la ciencia y la tecnología en las escuelas.
FutBotMX puede ser una buena metáfora del Mundial Social: una iniciativa visible, pero cuya importancia dependerá menos del evento nacional a finales de junio que de su capacidad para dejar fortalezas instaladas en Yucatán. La pregunta es si esas capacidades podrán sostenerse cuando terminen las dos copas: la de robótica y la de la FIFA.
Edición: Fernando