Opinión
Cristina Rivera Garza
16/06/2026 | Ciudad de México
Hace no mucho, Olga Tokarczuk dijo, o entiendo que dijo, que ha utilizado los recursos de la inteligencia artificial para llevar a cabo investigaciones preliminares para su próxima novela. También declaró que adquirió un modelo de lenguaje prémium al que consultó, de manera más bien amigable, para explorar potenciales giros de la trama. Ante la nada sorpresiva oleada de comentarios negativos generados por tales declaraciones, la ganadora del Premio Nobel de Literatura en 2018 se apresuró a defenderse, asegurando que la IA no ha escrito sus novelas y que ella escribe sola. No estoy segura de que, así expuesta, esta sea la mejor línea de defensa.
Tengo años ya argumentando que en la escritura no hay soledad. Aunque a los fotógrafos les gusta retratar a los escritores a solas, rodeados únicamente de su estática biblioteca mientras miran hacia el infinito, las actividades que conducen a la escritura y publicación de un libro son variadas e involucran mayores o menores cantidades de colaboración. Desde la lectura de libros que han nutrido tanto la imaginación como el oficio hasta el quehacer especializado de los archivistas, ningún libro se escribe a solas. Para bien o para mal, existen los lectores confiables que comentan y sugieren cambios, traductores que mueven lenguaje de un registro a otro, agentes que reprueban ciertas líneas de trabajo, editores que señalan peligros de enunciación, correctores de estilo y de pruebas –una serie de mediaciones que afectan un texto que se va entretejiendo en común a medida que llega a su forma final–.
Google it, google it. He utilizado esa frase a menudo cuando algún interlocutor no puede recordar un dato preciso o cuando algún estudiante se pregunta por asuntos de bibliografía básica. En Immediacy, or The Style of Too Late Capitalism, la crítica Anna Kornbluh argumentaba que, en tiempos de gran precarización, cuando los autores carecen de fondos de investigación, seguro médico o sindicatos, lo único que les queda es la experiencia personal como materia prima de trabajo –de ahí las estéticas del yo que proliferan ahora–. Habría que agregar que no son pocos los escritores que, en estas circunstancias, se han servido de motores de búsqueda como Google y, más tarde, Wikipedia, para dar con hechos oscuros, o traer a colación fechas o nombres exactos. En efecto, lo que las élites de antaño se aseguraban para sí a través de generaciones de bibliotecas privadas, universidades de abolengo y largas excursiones en el extranjero, se consigue ahora, con algo de discernimiento y a más velocidad, mediante esas herramientas digitales.
Pero los libros elaborados con base en información wikipédica, que carecen ya de la base artesanal del trabajo de investigación, se hacen del trabajo acumulado y gratuito de muchos –esa especie de inteligencia general que se pone a disposición del usuario en las pantallas más variadas (siempre y cuando, por supuesto, se tenga una pantalla). Desde sus inicios, la Fundación Wikipedia, que vive de donaciones públicas, se fue armando con base en el trabajo colaborativo de una amplia red de voluntarios, cuya creación o modificación de artículos tenía, por fuerza, que incluir fuentes identificables y ser, en su conjunto, verificable. Los autores wikipédicos articulaban una pregunta, leían con cuidado materiales curados por una comunidad amplia y trabajaban en la composición de textos que podían, al menos potencialmente, alzarse contra modelos hegemónicos del saber.
He llamado novelas wikipédicas, sin embargo, a ese tipo de libro de apariencia erudita que congrega una multitud de datos –un cierto ángulo oscuro de alguna disciplina científica u obras poco conocidas del mundo del arte–, no para subvertir o criticar ese efecto de erudición patricia, sino precisamente para confirmarlo, multiplicándolo. No es un libro que ponga en cuestión el estado de las cosas, sino que, por el contrario, contribuye al estado de las cosas –jerárquico y desigual– mediante cierto efecto de sapiencia que apabulla al lector.
Aun así, la novela wikipédica y la novela IA parten de relaciones de trabajo muy distintas. Los modelos de lenguaje que ha puesto la IA en el mercado se han construido a partir de la apropiación ilegal de millones de oraciones, párrafos y libros escritos por humanos. Comprar una versión prémium de una corporación implica una relación distinta tanto con el lenguaje (que es poder) como con el saber (que también es económico). No sólo es cuestión de que la IA tome decisiones por el autor, sino que tales decisiones han sido delineadas por el trabajo no reconocido, ocluido de hecho, de otros en circunstancias de precarización inducida.
Edición: Estefanía Cardeña