Opinión
La Jornada
01/07/2026 | Ciudad de México
Salvo un cambio de agenda de último minuto, los responsables de Comercio de Estados Unidos, México y Canadá se reunirán hoy de forma virtual y anunciarán si desean prorrogar el Tratado Comercial de América del Norte (T-MEC) por otros 16 años. Aunque la fecha se encuentra establecida desde meses atrás, hay revuelo en torno a la cumbre por la expectativa de que el presidente Donald Trump decida no extender el acuerdo.
Como en todos los asuntos que pasan por sus manos, en éste el magnate ha tenido una postura errática, llena de chantajes, golpes sobre la mesa, zigzagueos y amenazas que quedan en nada. Cuando el T-MEC negociado por su primera administración entró en vigor en 2020, lo llamó “el acuerdo comercial más justo, equilibrado y beneficioso que jamás hayamos promulgado”, pero desde entonces lo ha repudiado en múltiples ocasiones. Apenas el 10 de junio, afirmó ante la prensa que su gobierno “no busca” renovarlo, pues su país no necesita nada de lo que tienen sus socios, pero estos necesitan todo lo que tiene Estados Unidos. Una semana después, dijo que “nos va mejor como país si no tenemos un acuerdo” y que “preferiría no tenerlo, pero quizá lo firme”.
Ante el juego de expectativas, la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo aseveró que en México “estamos tranquilos porque hemos hecho lo que tenemos que hacer, pero en cualquier caso una postura en contra no quiere decir que se acabe el tratado mañana, pues sus disposiciones vigentes dan cuenta de 10 años”. En este mismo sentido se posicionó el secretario de Economía y principal responsable mexicano de las negociaciones, Marcelo Ebrard. Como ha hecho antes, el funcionario explicó los dos escenarios plausibles: el primero consiste en una revisión dentro de seis años, acompañada de una ampliación de la vigencia del tratado hasta 2042, lo que extendería el horizonte del acuerdo comercial por 16 años adicionales. El segundo implicaría mantener la vigencia de 10 años ya prevista en el tratado hasta 2036, con una revisión cada año, cuyo alcance sería cada vez más limitado.
En resumen, el T-MEC continuará, independientemente de si el inquilino de la Casa Blanca cumple sus amagos o recurre una vez más a su conocida maniobra TACO –Trump always chickens out o Trump siempre se acobarda–, expresión utilizada en Wall Street para describir la tendencia del presidente de Estados Unidos a hacer ultimátums y amenazas agresivas, para luego retractarse o suavizar sus medidas antes de que se cumplan los plazos. Además, como indicó la presidenta Sheinbaum, los empresarios estadunidenses son los principales defensores de la vigencia del tratado, porque muchos de ellos tienen cadenas de producción que abarcan los tres países.
A diferencia de otros temas en los que Trump cuenta con el respaldo de una porción significativa del electorado y de la clase política de su partido, la animadversión hacia el espacio de libre comercio de Norteamérica forma parte de sus taras personales, que lo oponen al consenso bipartidista e incluso a los dueños de grandes capitales a los que sirve. Por ello, México tiene poco que temer sobre la permanencia a largo plazo del tratado: si el magnate decide descarrilarlo, basta con esperar a su relevo en el Despacho Oval para ponerlo nuevamente en pie, y quizá en términos más favorables que con el trumpismo.
Edición: Estefanía Cardeña