Opinión
Juan Salvador R. Sánchez
02/07/2026 | Mérida
Y que sale el caballo de rodeo, ese payaso dorado que es de fiesta, de abrir pistas o de poner en la madrugada antes de la tornafiesta. Esa rolita que acompaña bien a todos: niños, jóvenes, mujeres, hombres que no bailan y, por supuesto, borrachos que ya no cuadran. Saliendo de sendas bocinas echadas a mano por transeúntes que, sabiendo de hacerse la fiesta, andaban entre la gente. Personas en formaciones amorfas y compactas a lo largo de la calle de Montejo con la Patria de fondo y no solo el monumento, el paseo perfecto para tener de escenario el recuerdo del rodeo que México le puso a Ecuador.
Partido menos cardiaco de lo esperado, dominado por los nuevos ídolos, con un Quiñones de patria nuestra. La esperanza de nueva estrella con el Morita, y un Raúl que sentenció el marcador. Así, entre el caos de la celebración que se iba formando, por un partido jugado que diera pie a abrir la emoción a un sueño supuesto. Minutos antes de que acabara el partido mismo –eran las nueve y veinte– y la gente iba ocupando los espacios vacíos que aún se encontraban a un costado del Salvador Alvarado, en vista de encontrarse ya cerrada por la policía la av. del Deportista.
La caminata del festejo daba inicio, andando por aquella calle a modo de túnel de entrada a las emociones compartidas. El monumento a la patria se encontraba al fondo, aún vacío, con personas y banderas comenzando el festejo. Mientras una perimetral de calles cerradas y destacados de la policía local a modo de vallas servían de filtro, solicitando de vez en vez la revisión de algún bulto, y una vez inspeccionado y si su contenido no era de materia prohibida, daban paso franco. A pesar de ello, no faltaba el astuto con lata en mano, celebrando con su fermentada cebada.
Conforme el tiempo pasaba, los gritos de los asistentes formaban una cúpula que daba la bienvenida al espacio de la rotonda. La cual se fragmentaba en espacios festivos, entre los que se contaba un miniescenario frente a la esquina de las hamburguesas del payaso, donde las rancheras comenzaban a tomar su propio ritmo. Mientras que en su cara a la Montejo, sobre el monumento mismo, la gente ya ondeaba banderas, peloteaban un globo con figura de balón, y canturreaban el México lindo y querido.
Foto: Jusaeri
Las viejas amistades se reencontraban con saludo y abrazo y las nuevas se hacían al grito de ¡Ganamos! Y chocando puño. A lo largo de la calle que ve al monumento de frente. Los gritos y vítores continuaban; servía la avenida de afluente continuo de personas, abrevando nuevos rostros y voces al espacio elegido para el festejo. Sin importar tu adscripción de ser lo que fueras, se trataba de una celebración de compañerismo; todos eran bienvenidos. Cornetas de aire con sonidos de claxon de tráiler; se hacía con el aire contenido en una, dejando salir notas graves y sonoras, que retumbaban en el pecho mismo por su fuerza. Matracas o manitas aplaudidoras, sonaban de aquí por allá; por momentos lejanas, en otras se sentían juntito a la oreja. Y tamboras que, con el ritmo primitivo de un golpe, nos retumban desde adentro.
La fiesta se encaramaba del lado opuesto, allá en la prolongación Montejo, que, con menor afluente, daba paso a poder tomar un respiro, con un poco más de espacio, no sin que faltaran los vítores y las banderas. A lo ancho de todo el espacio, grupos diversos, ya fueran de pares, tríos, familias, amistades de a cinco o grupos más numerosos, seguían llenando a la Patria. Era el momento de emocionar el alma, engrosando con su llegada aquellos núcleos dispersos que se compactaban según el festejo del momento. Entre los cuales se encontraban los que en ocasiones lanzaba a algún crédulo por los aires, cachando en brazos, o los luchadores por la libre, enmascarados que en espectáculo se lanzaban en la simulada tercera cuerda, y daban por zanjada la lucha una vez que alguno de los que, sin perder la máscara, era rendido.
Tocó estar en el momento en que uno de estos bocineros que iban de un lado al otro, creando sus pistas de homenajes, cargando su no más liviana bocina a cuestas, sobre el hombro, la cabeza o a mano alzada. Escuchando salir de ellos, en diferentes espacios y al mismo tiempo, los compases de La chona, El Rey, la boda del Huitlacoche o a Juanga con su Noa Noa, y sin faltar Cielito lindo. Mientras los celulares asomaban para transmitir, grabar o resguardar el suceso, había los medios que transmitían o registraban, mientras la señal de celular decaía por momentos, para volverse lenta y pausada, a causa de tanto humano con tecnología que había en torno al monumento.
No faltaba el vendedor en espera de un agosto, generando de entre el festejo la vendimia para acabar mejor su día: chicharrones, aguas en botella, banderas y banderines, todo a la venta. Marquesitas de las que había con fila, de las que se dice pagan su apuesta al pasar a octavos. También aquellas en las que, sin esperar, te preparaban la propia y te pasabas sin más. Y mientras disfrutabas o fotografiabas tu marquesita, se paseaban los personajes menos esperados, ajolotes rosas, dinosaurios verdes o salchichas en hot dog, todos individuos en disfraces cerrados, que fueron superados por una pijama de cocodrilo, que a pesar del calor propio de la ciudad, se mantenían vestidos de pies a cabeza en sus personajes.
La fiesta continuaba al quitarme -rondando las doce y media- resonando nuevamente, en un círculo nuevo, al costado del monumento, por la calle que me sacaba ya de regreso al Salvador Alvarado, aquella de Caballo Dorado, la de la fiesta buena: el Payaso de rodeo. Porque la de relleno: No rompas más, mi pobre corazón, esa no prende tanto, es más como para ir cerrando la pista.
Edición: Estefanía Cardeña